jueves, 23 de abril de 2015

No quiero morirme

Creíste que sería fácil, y mira en la que te encuentras. Todo porque no escuchas. Desde la orilla todo se ve sencillo, en la orilla nadie se ahoga. Pero no entendiste que ese miedo congénito a los yates, lanchas, botes, balsas, chalupas y casi todo lo que flote, no era gratuito. Te fuiste de valiente y aquí estás, luchando ahora por salir a la superficie.
Desde el mismo momento en que elegiste los zapatos verdes, supe que aquello iba mal. Pero no escuchas. Ir al río con zapatos verdes siempre ha sido señal de mala fortuna. No lo sabías, cierto es; pero sospecho que tampoco te habría importado. Diste tu palabra y eso fue todo. No tuviste alternativa. No es posible llevarle la contraria a una morena como esa.
En la oficina de excursiones viste cómo te sudaban las manos; y ni así diste marcha atrás. En mal momento llegaron los otros también a inscribirse, pues tú, valiente galán, no ibas a ser menos que ellos, ni de fundas. Y entonces compraste los boletos. Y no es que tuvieras esa obligación. No. Bien sabías que era un actividad innecesaria. De simple recreación. Palabrería rápida en el trajinado discurso de los negociantes de San Gil. Hábiles vendedores que te engatusaron con la idea de la aventura para que te olvidaras del miedo.
En vano estuve advirtiéndote desde temprano: hice que trastabillaras cuando te ponías la bermuda; hice que olvidaras la billetera sobre la mesa de noche; hice que te pisaras los cordones al salir. Nada funcionó. No escuchas. Al contrario: en menos de una hora ya estabas acomodado en la balsa de hule —todavía en tierra— recibiendo las instrucciones de cómo sortear las aguas rápidas del río Fonce.
Pero el mapa de la desgracia se teje nudo a nudo. Para empezar, los chalecos salvavidas que se compran al por mayor no están hechos para gente de tu talla. Luego, con la razonable idea de que la fuerza física viene atada a la robustez, te situaron en la punta izquierda de la balsa —donde la corriente azota más duro— con la esperanza de que ayudaras a impulsar mejor la remada. Y, para colmo, como si todo eso no fuera ya suficiente desventaja, unas gotas burlonas de incipiente lluvia empezaron a azuzar al animal contenido, al río montaraz.
Pero ya es tarde para arrepentirse. Ahora la espuma blanca de este remolino te tiene contra las cuerdas. Atrás quedaron los primeros rápidos que sorteaste bien. Atrás quedaron los saludos de remos con los compañeros, la valentía en el pecho, la confianza en la labor. Aquí tampoco tuviste alternativa: ese último rápido fue demasiado brutal. La balsa intrusa se convirtió en juguete del Fonce y terminó por voltearse. Y tú, solo tú, saliste arrastrado al centro de la corriente rabiosa. Solo tú por ir en la punta izquierda. Allá arriba está la luz y el aire; aquí abajo, solo nosotros y el agua. El chaleco, aliado por principio, es ahora nuestro enemigo anclado en tu cuello. Así que, si no es mucha molestia, escúchame por una vez en tu vida: ya estabilizaron la balsa de nuevo, y allí va tu morena, con risa grande, remando en dirección a tu hija que está más abajo, en la otra orilla, esperándolos en el pueblo. Así que, si no es mucho pedir, patalea más fuerte, agárrate de la vida y haz un último esfuerzo por salir de estas aguas brutas, porque yo tampoco quiero morirme.
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