jueves, 23 de abril de 2015

El Gabo que conocí

La muerte de Gabo me conmovió hasta la raíz del alma. No sé bien el porqué. Hacía varios años que Gabo había dejado de escribir y se encontraba en una edad donde morirse no es ninguna sorpresa. No éramos parientes, no fuimos amigos, nunca me firmó un libro, jamás lo vi en persona y tampoco conozco a nadie que lo haya conocido. Lo más cerca que estuve fue una vez que, entrando a un restaurante, mi mujer me dijo que creyó haberlo visto sentado y rodeado de varias personas todas vestidas de blanco. No me detuve y seguí derecho hasta las mesas del fondo. Aunque a ella nunca la he notado muy convencida de aquello que vio, de todas formas mi timidez no me habría dejado proceder de otra manera; ni siquiera para asomarme con una mirada furtiva.
Me conmovió su muerte, digo, y sospecho que fue por el gran aprecio que le tengo a su obra; y también por esa admiración secreta que siempre he tenido por los hombres y mujeres que, habiendo nacido en el mismo áspero salitre que yo, encontraron la forma de sobreponerse a la adversidad con la fuerza de su talento. Desde muy niño ya sabía que el talento y la disciplina eran la vía para ganarle al hambre; lo que a esa edad no imaginaba era que nuestra raza también pudiera aspirar a las cosas más grandes y además lograrlas. Es que en la mentalidad caribe de aquella época, con el fin de ahuyentar al fantasma del fracaso mediante un cómodo conformismo, los padres solían transmitirle a sus hijos en su carga genética un pesimismo metódico que nos hacía creer que los grandes triunfos estaban reservados para unas manos diferentes a las nuestras. Con el paso de los años eso fue cambiando hasta el punto que hoy, si bien nos alegramos y las celebramos, las victorias dejaron de ser un motivo de asombro y, por el contrario, casi que se nos ha vuelto una exigencia triunfar sin complejos.
Pero a mis diez años la historia era otra. Aún llevábamos marcados en la frente los mismos temores de nuestros mayores, pero que de a poco iban borrándose gracias a las enseñanzas de algunos buenos profesores que veían en nosotros las esperanzas de sembrar el entusiasmo que en ellos mismos no había alcanzado a germinar. De aquella época tengo el recuerdo nítido de la primera vez que escuché nombrar a Gabo. Fue en una clase de ciencias sociales en que la profesora Ana Isabel Roncallo, saliéndose del tema por una pregunta indiscreta de una estudiante y con una capacidad de evocación sorprendente, nos contaba retazos de su infancia en su pueblo natal. Nos confesó que solía esconderse en el baño para leer algunos textos prohibidos que los adultos consideraban nocivos para las mentes jóvenes. Entonces, con una sonrisa involuntaria por la satisfacción del recuerdo, se puso de pie y tomó todo el aire que le cabía en los pulmones para revelar el nombre del autor. Lo hizo regodeándose con cada letra y con una solemnidad de hierro para que sus estudiantes lo recordáramos bien por el resto de nuestras vidas: "Gabriel Eligio García Márquez, único premio Nobel colombiano y nuestra gloria más grande en la literatura".
El nombre no me significó nada; lo que me estremeció fue el orgullo con que lo dijo. Yo no solo ignoraba lo que era un premio Nobel, sino que además no tenía idea de quién era García Márquez. Por la solemnidad de la profesora Ana Isabel entendí que se trataba de un hombre fuera de serie; su calidad de Nobel, sin embargo, por mero desconocimiento, la interpreté como otro de los tantos títulos que se le otorgaban a las personas adineradas y que eran tan diferentes a nosotros, como lo eran el presidente, el alcalde o el rector del colegio, pues en ese entonces tenía la idea de que para ser escritor había que nacer en cuna de oro porque de otra forma no podía entender que alguien se dedicara a escribir en lugar de ponerse a trabajar. Con el tiempo entendí que la gran virtud literaria de Gabo no fue haber ganado el Nobel, como se enseña en la escuela primaria; la gran virtud de Gabo fue llegar a la convicción absoluta de preferir morirse de hambre, aún en las condiciones más duras de la vida, antes que renunciar a su vocación y a su talento de narrador.
Por los días de su muerte me sorprendió la cantidad de historias que se publicaron. La mayoría de ellas se referían a encuentros personales de los autores con Gabo; otras eran lastimeras cavilaciones figuradas para llorar su muerte empleando el mismo lenguaje de sus libros; otras pocas fueron cargas de odio y escupitajos a su figura y su obra; incluso tuve el infortunio de leer un desvergonzado publireportaje disfrazado de crónica en donde el autor se apoyaba en una muy improbable visita del Nobel a cierto restaurante con el fin único de hacerle propaganda. Mi caso, en cambio, es tal vez más simple y, a la fuerza, menos pretencioso porque yo solo conocí al Gabo de sus libros; y fue un genio de una prosa bellísima y monumental. Y así como yo, seguro que fueron muchos los que solo lo conocieron a través de la letra impresa que es el lugar que la historia le ha reservado a su memoria. Imagino entonces que a eso era que se refería David Sánchez Juliao cuando dijo que los hombres escriben para que la muerte no tenga la última palabra.

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