jueves, 23 de abril de 2015

A la salud de las cachorras

Frente a mi mesa hay tres mujeres tomando cerveza ligera y fumando cigarrillos mentolados. Dos de ellas me dan la espalda; la otra me queda de frente. Solo unos pocos pasos nos separan y es por eso que el humo reciclado de sus pulmones me pica en la nariz. Esa es la razón por la cual hace un momento quise cambiarme de sitio; pero han transcurrido tres minutos desde entonces y aún no me muevo de aquí. Es que justo cuando empezaba a levantarme, me llamó la atención la forma en que sus ademanes exagerados y sus ropas juveniles no se corresponden con la cuenta de sus años que —calculo— ya pasó de los cincuenta.
Entonces decidí quedarme a beber una cerveza.
Para no delatar mis intenciones finjo que reviso alguna cosa en mi celular; pero en realidad estoy tomando nota de todo lo que dicen. Si aquí sigo a pesar del humo es porque, además de sus atuendos y maneras, me resulta divertido que hablen del calcio, del dolor en las articulaciones, de sus calores repentinos y demás achaques de la mediana edad con el mismo lenguaje que los jovencitos usan en las redes sociales.
A una de ellas le suena el teléfono. Tiene una curiosa distribución de canas que comienzan en su frente y le cubren, hacia atrás, hasta un tercio del pelo. El timbre de la llamada es un reguetón de moda. Contesta. Es rápida y locuaz. Mientras busca alguna referencia en la calle —un cartel publicitario, una señal llamativa— se esfuerza para dar a su interlocutor las instrucciones de cómo llegar. Esta ciudad no se rige por calles y carreras numeradas, así que dar una dirección no es un asunto sencillo. Por eso la señora, que ahora se enreda en los detalles, se da vuelta para pedirme ayuda sin dejar el teléfono y sacudiendo con la otra mano las cenizas del cigarrillo.
La verdad es que conozco poco y no puedo ayudarle. No señora, ni idea, le digo haciéndome el despistado. Entonces, sin interrumpir la llamada, me guiña un ojo como agradeciendo por nada mientras se traga otra bocanada de humo. De algún modo se las arregla con las indicaciones porque al final de la conversación se despide diciendo que bueno, pero no te demores porque ya pedimos. De esa forma me entero de que están esperando a una cuarta amiga para salir de fiesta aprovechando que los jueves en la noche, en la mayoría de los bares, las mujeres no pagan cover.
Pido entonces otra cerveza solo para seguir escuchando.
Ahora que acaba de llegar la amiga que faltaba es que me percato que entre ellas se llaman cachorras. Curioso remoquete para unas mujeres que bien podrían estar mimando nietos. La recién llegada, que es la más desenvuelta, propone un brindis; uno muy poco común pues no lo hacen chocando los vasos de cerveza sino sus cigarrillos apagados, que van encendiendo uno a uno, al tiempo que repiten “a la salud de nosotras”.
Siguen la conversación en medio del humo. Ahora los temas se alternan entre las minucias amorosas de la oficina, sus publicaciones en las redes sociales y los chistes recibidos por Whatsapp. Suspenden la charla un momento para escrutar sin recato a dos muchachos que entran al restaurante. Luego de la recia inspección, en medio de risitas cómplices, las cachorras intercambian un cuchicheo inaudible que —intuyo— está cargado de una morbosa picardía. Vuelven a mirar con el rabillo del ojo y sueltan la carcajada.
Para disimular la risa, clavo mis ojos en la pantalla estéril de mi celular que ya se va quedando sin batería.
Allí viene la mesera con la cerveza que pedí. Cuando pasa por el lado de las cachorras, la recién llegada, con falsa severidad y conteniendo la risa, le reclama que ellas habían ordenado primero. La mesera sonríe nerviosa; se sonroja. Entonces levanto el vaso para disculparme y ellas me devuelven el gesto de la misma manera. Yo imaginaba que estas señoras refinadas habían ordenado algún plato liviano: una ensalada o tal vez una bandeja de frutas. En lugar de eso, un mesero les trae a cada una un delantal plástico, un mazo y una tabla, y pone sobre la mesa cuatro cubos llenos de cangrejos.
La destreza para horadar y sacar la carne de debajo del cascarón, contrasta con sus uñas largas y peinados perfectos. Entre succiones, golpes del mazo, malabares de la lengua y sorbos de cerveza van acabando, implacables, con patas y tenazas. La cachorra del pelo entrecano, interrumpe de pronto. Cuenta con impostada tristeza que comer cangrejos era el plan favorito de su exmarido. Dice que se separó de él hace once años por un caso de compatibilidad extrema de caracteres. Las caras de desconcierto de sus amigas no la sorprenden. Será incompatibilidad, le corrige una. Pero ella, imperturbable, bebe un largo trago de cerveza y explica sin sobresaltos: no, querida; compatibilidad extrema de caracteres; es que a él también le gustan los hombres. Entonces se hace un silencio tenso. Todas la miran. Ella se lleva a la boca otra pata de cangrejo. Luego levanta los ojos, mira una a una a sus amigas, y estalla en una sonora carcajada que contagia a sus amigas y de paso a mí.
En vano trato de esconderme con mi insostenible técnica de mirar el celular totalmente descargado.
Son mujeres en la plenitud de su desparpajo y se lo gozan sin ataduras ni complejos. Ahora que terminaron de comer piden café. Una de ellas dice que es lo mejor para la hora porque les abre la mente y les reactiva el ánimo. Al oír estas palabras, la cachorra que llegó de último, se incorpora de repente y propone que entonces le agreguen a cada taza dos copitas de aguardiente para ver si, además de la mente, se abren los sentidos y quién quita que otras cosas también. Vuelven a reir.
Hacen enrevesados juegos de palabras con el divorcio y la intolerancia a la lactosa, con sus maduros pretendientes y medicamentos azules, con la pista de baile y el óxido en las articulaciones, con los muchachos y las bondades del colágeno. Todo eso con sus gestos y palabras juveniles.
Yo ya no puedo más. En este punto mi fachada del celular es inútil. No puedo evitar reirme con descaro. Ahora las cachorras se ríen abiertamente conmigo celebrando sus propias ocurrencias. Me han hecho la noche. No me queda sino pagar la cuenta. Antes de irme me despido de ellas y les invito otra ronda de cervezas deseándoles en silencio una larga vida de desparpajo mientras brindo por la salud de las cachorra.

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