viernes, 1 de agosto de 2014

La legalidad de la gente de amarillo

En la tribuna del estadio Metropolitano de Barranquilla, cubiertos con impermeables y entre una multitud de camisetas amarillas, estamos por fin mi mujer y yo. Es la tarde del seis de septiembre del 2013 y, aunque la lluvia se ha aplacado, todavía se ven algunas gotas rezagadas. Nuestros semblantes lucen alegres, pero en las manos sentimos la tensión de estos primeros minutos del partido de Colombia frente a Ecuador, en parte porque el marcador va igualado a cero sobre los riesgos e imprecisiones de un césped húmedo y, por otra parte, por la zozobra de estar ocupando unos asientos que no nos pertenecen.


A pesar de haber llegado con tiempo, nuestras sillas ya estaban ocupadas. Aunque no es norma que la gente ocupe asientos distintos a los asignados, no es costumbre en el caribe hacer reclamo por estas cuestiones. Nuestra urbanidad flexible dicta que uno debe buscarse otros asientos cercanos pero dejando claro, eso sí, que en el caso de que el legítimo titular llegue a reclamar su lugar, no queda otra opción que hacer lo mismo con los nuestros. Y esa es la razón por la que ahora estamos aquí, unos cuantos lugares más a la derecha y dos filas más arriba, en unos puestos ajenos. Estas pequeñas concesiones se conocen en la costa caribe con el nombre de «La Legalidad», que son simples y tácitos acuerdos colectivos para procurar el buen ambiente. Y es necesario hacer estas aclaraciones porque muchos de los espectadores que hoy asisten al estadio provienen de otras regiones del país trayendo consigo un estricto sentido del orden.


Más temprano, aún en Cartagena de Indias, cuando apenas salía el sol y con las esperanzas casi perdidas, buscábamos algún transporte que nos llevara a Barranquilla. Mi mujer ─morena alegre de sortijas alborotadas en el pelo─ me reclamaba impaciente por no haber conseguido pasajes desde ayer. Y es que no habían; y no hubo cómo convencerla. Pero si hay algo peor que una mujer dando cantaleta, es cuando después se queda callada, impotente, con la rabia bullendo por dentro y los ojos brillantes. Como la idea era no llegar a ese extremo, decidimos movernos para seguir con la búsqueda; porque una caminata de pasos rápidos es el terapeuta inmediato para el que está desesperado. No habíamos avanzado veinte metros cuando la legalidad vestida de amarillo nos lanzó un salvavidas: «¿necesitan transporte?». La pregunta llegó a nuestros oídos como la medicina al enfermo: un par de enamorados necesitaban dos pasajeros para conseguir lo del combustible y los suministros de su negocio de almuerzos, y a nosotros nos bastaba con un par de asientos cómodos. Fue así como llegamos a Barranquilla, hora y media después, en el asiento trasero de un Chevrolet Aveo.


Ahora estoy de amarillo; pero hace unas horas, en el almuerzo, todavía tenía puesta una camiseta negra. Las calles de Barranquilla eran de un amarillo unánime sin espacio para la vestimenta sobria. Por eso, con el doble propósito de mitigar, por un lado, los estragos digestivos del pastel de cerdo que acabábamos de terminar y, por el otro, de conseguir una camiseta amarilla, caminamos las doce cuadras que nos separaban de la calle 72. Hasta ese momento el sol era un látigo en la nuca, la humedad una cortina sofocante y mi estado físico una catástrofe de jadeos. Al llegar vimos que habían camisetas de todos los estilos, colores y precios. Habían camisetas de todo tipo, digo, excepto una de mi talla. Gordo no te preocupes que yo te la consigo; cógela suave y siéntate ahí que estás como sofocado; niño ponle el ventilador pa’ que se refresque... Y quince minutos más tarde ya tenía mi camiseta amarilla de la selección Colombia, idéntica a la original, por un precio diez veces menor.


No es un asunto sencillo ese de ganarse el sustento desde la calle. Los cronogramas, las proyecciones de ventas o las estrategias publicitarias no son las prioridades del que no ha conseguido aún lo del almuerzo bajo el sol demoledor de la una de la tarde. La etiqueta en la tela que otorga el pomposo calificativo de original, se vuelve allí un accesorio irrelevante; sin embargo, los más puristas defensores del orden moral se apresuran a poner en duda la calidad de los fanáticos rebuscando un paralelo absurdo entre la legítima pasión por la selección y la legítima procedencia de un trapo amarillo, escriturando el sofisma sobre una moralidad de cartón. Es que no han entendido que la legalidad a la que me refiero nada tiene que ver con leyes y juzgados. La legalidad de esta gente de amarillo, que por almacén tiene un cambuche de cañas y que te atiende como si estuvieras en la sala de su propia casa, es todo lo opuesto al mezquino arribismo exhibicionista de precios. La legalidad de la gente de amarillo es la alternativa para aquellos presupuestos que no califican en el almacén oficial del patrocinador; es decir, los de la mayoría.


Cuando el reloj daba las tres de la tarde, justo antes de entrar al estadio, se desató el peor vendaval que se haya registrado en los últimos diez años en Barranquilla, amenazando con la suspensión del partido. Se desbordaron los arroyos, se inundaron las calles, se estremecieron los muros. Fueron dos horas de férrea lluvia ininterrumpida de la que tuvimos que resguardarnos de emergencia bajo los altos techos de los locales de Metroplaza ─modesto centro comercial construido con el propósito de reubicar a los vendedores callejeros que ocupaban una acera cercana─. La electricidad se hizo intermitente. Los comerciantes apagaron los televisores y los equipos de sonido. Tuvimos, entonces, que aguzar el oído para seguir las noticias desde un radio de baterías en las manos de un viejo vestido de amarillo. Cuando anunciaron la retirada de la lluvia y el comienzo inminente del partido, salimos de Metroplaza hacia el estadio cubiertos con impermeables. El excelente estado de la cancha a pesar de la lluvia, contrasta de forma agreste con el barrial que hay en las afueras del estadio, y me pregunto si la legalidad de toda esta gente de amarillo será correspondida alguna vez por la legalidad oficial de estado.

Pero ahora la lluvia ya ha parado por completo. La tribuna es una sola fiesta amarilla. Los impermeables son ahora una bola de hule bajo los asientos. El balón rueda sobre la grama húmeda. El cronómetro completa los treinta minutos de juego. ¡Atención Colombia! El defensor colombiano Carlos Sánchez rechaza el balón con la cabeza. La pelota rebota cerca de los pies de Radamel Falcao García y, frente a él, una desordenada defensa trata de detener el ataque. La gente en la tribuna se levanta de sus asientos. Antes de que la pelota rebote por segunda vez, Falcao, con la gracia de un bailarín, se la pasa a Teófilo Gutiérrez. James Rodríguez se perfila raudo por la izquierda. El silencio se hace piedra en los labios. Teófilo la devuelve a Falcao con un toque sutil hacia atrás. La tensión en mis manos es insoportable. La pelota tímida va retrocediendo en pequeños botes mientras que Falcao, como un tigre a su presa, va a su encuentro calculando los diez pasos que necesita para patear con pierna derecha. El disparo es potente y certero abriéndose camino por treinta metros hacia el arco. El balón pica delante del portero y este lo rechaza con las manos hacia un lado. James Rodríguez, que nunca perdió de vista la pelota, se adelanta a la reacción de los defensores y saca un remate difícil de pierna izquierda. ¡Golazo, James! ¡Golazo, Colombia! Y nos volvemos locos, y nos abrazamos, y me río y grito por la emoción del gol, pero sobre todo por el alivio que me da la certeza de que ya nadie va a venir a reclamarme por estos asientos ajenos.

jueves, 5 de junio de 2014

Protesta de sol bajo la lluvia


De este lado del mundo casi siempre llueve. Es una llovizna impertinente que desamarra cualquier anhelo y obliga a andar cabizbajo. Para mí, que vengo del sol, esto ha sido toda una contrariedad. La lluvia le impone a la vida ese afán enfermizo que detesto. Caminar se vuelve una lucha desesperante de los ojos contra las gotas en los lentes y me ofusca que la gente, presa del hábito, no tenga el menor cuidado si al pasar salpica el agua de los charcos bajo los adoquines. Nadie se disculpa, nadie se detiene, nadie mira a los ojos. Supongo que esos pequeños episodios abusivos no son más que los gajes de vivir en este lado del mundo.

Una tarde la lluvia arreció más de lo normal. Mucho más. Y yo, que vengo del sol, no tengo la costumbre de andar con paraguas. Entonces no me quedó otra opción que refugiarme en un café a sorber el tedio. Era una sola cortina líquida de esas que no admiten afán sino que, al contrario, detienen la vida por completo. Cosa que también detesto porque una vez que escampa y se reactiva la vida, todo eso que estaba represado estalla en un caos absoluto. Y es allí cuando las calles se convierten en una pesadilla, los transeúntes en zombis y los taxistas en oligarcas. Por eso, buscando anticiparme, fue que quise comprar un paraguas; pero con lo que me cobraron habría podido comer una semana; y no exagero. Y me parece insólito porque la verdad no le conozco a un paraguas otra función distinta a la de ampliar el área de cobertura de un sombrero al tiempo que desmejora la presencia del individuo que lo sostiene.

Del lado del sol, cuando llueve, huele a tierra húmeda; de este lado del mundo, a perro mojado. Tal vez sea una de las consecuencias de reemplazar lo verde por el gris del progreso. Porque en estas tierras el único progreso que cuenta es el que se arma con cemento. Y no falta el que salga a decir que soy un amargado, o el que me cuestione por andar de este lado del mundo, como si la opinión sencilla de un hombre común tuviera alguna incidencia sobre estas cuestiones añejas; como si al marcharse el que disiente todo mejorara. Esa lluvia impertinente no es otra cosa que el pretexto más cómodo para justificar las mezquindades; del mismo modo que la somnolencia selectiva es siempre el escudo de párpados para no ceder el puesto en un autobús.

Hoy voy con los hombros empapados, la nariz roja y los dobladillos sucios; en fin, males menores. O eso creía. Hasta que veo del otro lado de la calle una mujer que lucha con la lluvia porque la brisa le ha virado su paraguas al revés. A mi lado, en un paradero, un grupo de irreverentes universitarios se burla. La lluvia es inclemente. Justo suena mi teléfono celular y del otro lado mi madre angustiada me dice con voz entrecortada que el taxista que la llevaba acaba de obligarla a bajar del vehículo porque, según le dijo, estaba perdiendo mucho tiempo en ese recorrido por lo pesado que el tráfico se hace con la lluvia. Ella, que también viene del sol, no tiene con qué guarecerse. Si este es el precio por vivir de este lado del mundo, lo entiendo, pero no me callo. Como un puño cerrado, que desde el hígado me sube a la garganta, el trueno de la indignación me explota en un grito arrabalero que retumba en los tímpanos y ojalá en la conciencia de estos irreverentes de cartón: ¡coman mierda, ignorantes! Y se les borró la risa, y hunden sus ojos en el pavimento y se hacen los desentendidos.

Ahora, luego del desahogo, mientras pienso en mi madre que busca un techo bajo la lluvia fría ─que es de las cosas más tristes que un hijo puede imaginar─ camufladas entre las gotas gruesas un par de lagrimitas me lubrican el pecho para facilitar el tránsito de esta congoja hasta la vesícula biliar. Pronto nos veremos, amigo sol.

jueves, 29 de mayo de 2014

El Corroncho Es Universal

Uno de los comportamientos más extraños que he podido observar es aquel que le sigue a la llegada de un avión a su sitio de parqueo. Hombres, niños y mujeres saltan de sus asientos al pasillo del avión como si se les activara un resorte en el momento en que este se detiene. Y no entiendo ese desespero porque la tripulación abre la puerta solo cuando estima que es seguro hacerlo. Además, caminar desde el último asiento hasta la puerta no le toma a uno más de tres minutos. Aparte, muchas veces, luego de salir del avión hay que esperar en un autobús por el resto de personas. Y si después de todo eso además hay que esperar por las maletas frente a una banda transportadora ─maletas que en el mejor de los casos llegan diez minutos después que uno─ entonces ese impulso salvaje de desabrochar el cinturón, invadir el pasillo y quedarse allí parado a esperar a que abran la puerta es una corronchada completa. Y como esto lo he vivido en toda clase de vuelos, con pasajeros de diferentes nacionalidades y por distintas aerolíneas, puedo inferir entonces que el corroncho es universal.


En las regiones del caribe el término «corroncho» tiene un amplio rango de usos. Uno de ellos es para referirse a los desaciertos en la vestimenta. Por eso, se les llama corronchos a aquellos que tienen un sentido de la estética tal que, sin sonrojarse, combinan un pantalón negro con zapatos blancos; o una bermuda de rayas con una camisa a cuadros; o llevan la guayabera por dentro; o corbata con camisa manga corta; o usan sandalias con medias.

En otras ocasiones se usa para nombrar el afán por alardear de lo recién comprado. Es el caso de un primo al que sus padres le regalaron una motocicleta en su temprana juventud. Si recuerdo bien creo que era por motivos de documentos que no podía salir en su moto; sin embargo, eso no fue impedimento para que, mientras se completaban los trámites, él anduviera por allí a pie llevando orgulloso la llave colgada en el cuello. Yo también hace poco compré una cajetilla de habanos sin saber siquiera cómo se fuman; pero, como buen corroncho, igual la conservo visible en uno de los estantes de mi casa.

Otras veces se refiere al desconcierto que produce el ingenuo desconocimiento de las cosas. Son esos que en la inauguración de un centro comercial hacen largas filas para subirse a las escaleras eléctricas. O aquellos que prefieren servirse la comida fría para no tener que enfrentarse a un horno microondas. O como le pasó a una vieja amiga que, estando de viaje en Bucaramanga, quiso sorprender a su familia en los Montes de María llevando en el bus de regreso diez kilos de arroz, dos manos de plátano y una caja de yuca. Yo mismo fui víctima de ese desconocimiento la primera vez que entré a una ducha de agua caliente, y creo que el lector podrá hacerse una idea de lo que sucedió.

Pero en su acepción más despiadada el término «corroncho» se usa para castigar la falta de sentido común. Como cuando la gente decide casarse de smoking en una iglesia a puerta cerrada, sobre las tres de la tarde y con treinta grados de temperatura. O cuando bajo el mismo sol abrasador entusiastas muchachos salen vestidos con pasamontañas y buzos. O cuando hombres, niños y mujeres se paran en el pasillo de un avión a esperar a que abran la puerta.

Estoy seguro de que en todos los países del mundo existe este tipo de comportamientos y quizá otros que no imagino. En ese sentido se reafirma mi tesis de que el corroncho es universal. Pero, a pesar de eso, también estoy seguro de que son muy pocos los países en donde tantas personas votan por un candidato a la presidencia que ha mentido, que abiertamente ha dicho que prefiere la vía armada al diálogo, que desconoce las instituciones democráticas, que propuso hundir la ley de víctimas y que además no tiene independencia e ideas propias porque sus movimientos obedecen a los hilos y designios de un titiritero mayor. Y ese, querido lector, es un contrasentido que no se explica con la corronchera, sino con la estupidez.

domingo, 11 de mayo de 2014

Nostalgias de un cuarto piso

Tengo la buena suerte de vivir en un cuarto piso. Un lugar lo bastante alto como para tener una bonita vista, para tener a los insectos fuera de alcance y para que llegue diluido el ruido de carros apurados y niños corriendo; y a la vez no es tan alto como para fatigarme subiendo las escaleras cuando el ascensor no funcione.Tengo además la buena suerte de tener un balcón al que salgo los sábados y por el que me asomo por encima de los techos para ver el tren de la sabana y los cerros bogotanos.

Pero tengo también la mala suerte de vivir en un cuarto piso. Un lugar ubicado justo debajo de un apartamento en donde vive un matrimonio que parece feliz. Yo nunca los he visto, aclaro, pues sucede que en esta ciudad de ocho millones de habitantes la gente no se mira entre sí; pero deduzco que son felices por el ajetreo que se siente en algunas noches y porque de unas madrugadas para acá se oye el llanto de un infante que supongo fue producto de ese ajetreo. Esto trae consigo trasnochadas canciones de cuna que se cuelan hasta mi cama y que tienen el mismo poder conmovedor de un metrónomo y el mismo efecto arrullador de un grillo de solitaria cuerda metálica. Claro, sé por experiencia que los hijos llenan a los padres de una alegría enorme; pero esa alegría ajena es la tortura que hoy me toca. No me quiero imaginar cuando esa alegría empiece a gatear y a estrellar los juguetes contra el piso.

De la misma forma tengo la mala suerte de tener un balcón al que salgo los sábados. Pues, al ver el tren y los cerros y a esos niños pateando un balón vestidos de jean y pesados abrigos, la nostalgia se me hace ojos bajo las gafas. Nadie lo nota pero el alma me da un salto a la memoria: un salto de 2600 metros hacia abajo y 25 años hacia atrás y aterriza girando como flor de roble en un caribe ardiente cubierto de un polvillo rojo por donde caminé descalzo y descamisado, escuálido entre bermudas de palmeras brillantes, con la camiseta en una mano, las chancletas de tres puntas en la otra y en la boca la felicidad agarrada de la comisura de mis labios.

Desde ese mismo balcón veo a mi hija vestida de jean y pesado abrigo y va sonriendo y saludándome con la mano mientras pedalea los últimos momentos de su niñez equilibrando en esa bicicleta este destino andino que le tocó y las nostalgias de un mar que aún le adeudo.

jueves, 1 de mayo de 2014

Desagravio a una dama roja


Antes de saber a qué sabía, fue el rojo lo que me atrajo. El rojo de satín bajo esa piel de cristal. Esa nota escarlata y justa entre un pentagrama de colores. Ese rojo eterno y elemental. Pero, como los tiempos que corren no admiten demora y la demanda es inoportuna y feroz, se hizo necesario trasquilarle la cabellera a la prosa y dejarla de un trágico estilo militar porque el tendero no sabe sino de urgencias menudeadas. Un insolente mercachifle que no ve más allá del vidrio y las letras blancas. Con esa misma negligencia rencorosa con que un cotero carga un piano, el tendero me tiende lo que él entiende como una botella ─ bella dama de curvas renacentistas─ sin antes exigir el pago por adelantado. Quédese con el cambio, tendero desalmado, pero antes despácheme un pan de queso que es el complemento legítimo para esta Kola Román, bella dama que usted agravia cuando insiste en ponerla al mismo nivel de las demás gaseosas.

miércoles, 23 de abril de 2014

Breve defensa de la pelota caliente


Es el deporte de la simetría y los talentos precisos. La fuerza bruta ─escasa, opaca y mal vista─ no tiene eco allí. Son nueve jugadores por bando, y cada bando tiene nueve oportunidades para vencer sin tener que llevar la ridícula cuenta circular de las manecillas implacables. Su hábitat es un diamante pulcro de cerquillos blancos, y por allí se pasea como un animal vistoso de andar sosegado, porque no hay elegancia en el afán ni deleite en el apuro. Su dinámica se compone de explosiones instantáneas entre remansos y de corcheas de júbilo entre dos silencios, como un amor adolescente, como un canto de sinsonte. Aquí lo hemos rebautizado como la pelota caliente por la modesta razón de que «béisbol» no tiene la fuerza poética suficiente ni la contundencia lingüística necesaria para que los hombres y las mujeres del caribe puedan nombrar ese estado del alma en que la vida se detiene por el breve momento que transcurre entre la danza hipnótica del lanzador y el mordisco seco de la pelota en la madera.

lunes, 21 de abril de 2014

Monólogo de un champetúo ilustrado

No te atrevas a interrumpirme porque vengo emputao y, cuando me emputo, mi vale, se me da es por hablar. Es que ese es el problema, creen que un champetúo no puede ser conocedor, y se equivocan. Nadie conoce mejor que yo los rincones de la media luna y sus putitas arrabaleras, cada uno de los callejones del barrio chino y las esquinas de mala muerte de Olaya. Que lo mismo cuesta entrar al parque del centenario que a la biblioteca pública, ni un peso, mi llave; y salen los cerebritos creyéndose la gran vaina porque leen un libro o dos. Para que lo sepas, un libro lo lee cualquiera; pero, mira tú, hay quienes van por la vida posando de tesos por esa sola razón. ¿No sabes lo que es un teso? Te veo mal. Si supieras todo lo que toca hacer en un barrio como en el que yo vivo para ser un teso.


Yo me gano la vida es vendiendo la jugada; si eso es lo que da plata. Quién dijo que el objetivo de uno es joderse el cuero por unos centavos; quién se cree el cuento de que el trabajo dignifica, si hasta a la guarida donde yo me paro a vender llegan abogados, médicos o ingenieros renegando de sus trabajos de mierda y buscando dos papeletas de bazuco o de perico que los anestesie por un rato de esa vida que llevan. ¿Y eso es vida? Gran vida esa: pasar cinco años o más estudiando una carrera para terminar comprando el vicio que les vendo yo, un champetúo, pero tapiñao mi vale porque es tan ruín esa vida que ni les alcanza para dar la cara. Todo lo que se hace a escondidas lleva consigo algo de culpa. Yo hago lo que se me viene en gana y si quiero darme mis toques me los doy, o si quiero fumarme un tabaco de marihuana me lo fumo, y pa’ lante, si al fin y al cabo esa plata me la gano de manera honrada dándole a la gente lo que necesita. ¿O no? Si yo no obligo a nadie, ni trato de convencerlos de nada, ni tengo letrero, ni página de internet. Aquí el que llega a comprar sabe a lo que viene, atraviesan media ciudad para llegar y si no estoy hasta me esperan. Ya quisieran esos infelices tener un trabajo como el mío, que abro cuando quiero, cierro cuando me da la gana y no le rindo cuentas a nadie. Ni a Dios, porque a esta esquina al pie de la ciénaga, que está tan lejos del mundo, ni el camión de la basura llega, y las oraciones se estancan entre la maraña de cables improvisados sobre los techos de zinc.


¿El respeto? La gente piensa que el respeto se lo dan los títulos o la plata; por eso ves tú a tanto hijueputa que va por ahí, andando por la calle como si acabara de comprarla. Y ni quien los baje de ese viaje. Pobres pendejos. Hay otros, los más faltones, que confunden el respeto con el miedo y por eso se la pasan con un fierro en la pretina, porque sin el fierro no son más que otros negros mal vestidos. El respeto es otra vaina mi vale. Yo diría que es algo cercano a dejar hablar al otro, escucharlo atento y, si tiene la razón, otorgársela. Uno aquí hace lo que puede, evitando la mala hora para mantenerse vivo.


Los estudios, mi vale, son en realidad la opción del que no tiene mayores talentos. ¿Quién con un talento como el de Pambelé o El Pibe preferirá andar enjaulado en aulas tristes de profesores que no trascienden más allá de lo teórico y de estudiantes grises cuya aspiración máxima es la nota que le niegan? No señor, no confundas inteligencia con disciplina. Yo aprendí de cuanto me enseñaron en el colegio, que no fue mucho tampoco; leía por gusto lo que me cayera en las manos; me iba a pie a estudiar porque me gustaba y en las pruebas del último año, cuando se aprobaba con 250 de un total de 400, yo saqué 368. Pero eso pa’ qué, si desde los catorce años me gano en una semana lo que un profesional en un mes. Si el objetivo de entrar a una universidad para ser profesional es graduarse lo antes posible para empezar a ganar plata, entonces para qué voy desgastarme en ese paso innecesario. En lugar de eso sigo leyendo de vez en cuando, si me queda tiempo, porque no por champetúo entonces uno es un desocupado; es que la gente vive engañada. Cada tanto, cuando me embalo, vuelvo a las páginas del quijote; que no sé como será en los demás pero en mi caso esa es la única forma de entrarle a esa pared. Además, las páginas ya leídas me sirven para envolver los tabacos de marihuana que vendo; por eso, con risa, siempre digo que aquellos flacos descamisados que ves en aquella esquina han devorado más letras que cualquier literato.


Son solo dos los requisitos que pido: la cédula y la plata. En ese orden. Porque uno puede ser champetúo y ácido pero no hijueputa. Lo que no hacen en casa no se lo voy a resolver yo, aunque se sabe que eso es caso perdido cuando se meten de lleno en el viaje; pero por esas extrañas gomitas de azúcar con las que la conciencia se conforma, duermo más tranquilo si el que me compra ya es mayor de edad. Conmigo o se es indocumentado o se es feliz, pero no las dos cosas. Porque, aquí entre nos, lo que yo vendo es alegría; efímera, pero alegría al fin y al cabo. Y solo por eso sé que hago más que un poco.


El pobre de por aquí, a diferencia de lo que la gente cree, no vive con hambre; vive con rabia. Y eso a la postre es lo que lo jode a uno. Aquí la gente atraca más por resentimiento que por necesidad. Seguro viejo man. Donde le diga. Lo que pasa es que los intereses de cada pobre son distintos, pero los estudiosos de cartón insisten en meternos a todos en el mismo saco. Aunque al final eso tampoco sirve para un carajo. Digo, para qué tantos estudios y palabrerías si al final el progreso tampoco llega hasta acá. Por estos lados la política no tiene efecto, solo votos; aquí tenemos nuestra propia república bajo nuestras propias reglas. El político llega hablando monserga y la gente se alegra; pero no porque venga a darles comida, cemento o tejas, sino porque por un día les cambia la rutina a los que viven hastiados del solo chisme y la brisa monótona y nauseabunda. El tombo que se mete hasta acá, el policía digo, no infunde un respeto mayor que el ilusorio que le da el arma que lleva en el cinto; y ni así mi vale, porque ese tipo tiene que ver bien por dónde es que se mete y con quién.


Ya ni me acuerdo por qué era que venía emputao, pero igual la rabia no se me quita. Eso va como en la sangre, sabes. Pero uno se acostumbra a ella del mismo modo en que se acostumbra uno al hedor de la ciénaga porque llena todo el espacio de estas calles tapizadas de fango. O te acostumbras o te jodes. Simple. A veces salgo al mundo, como le decimos nosotros, y por momentos hasta pienso que el hedor de allá es peor que el de aquí. Basta con ojear el Q’hubo para darse cuenta.


Claro, yo soy negro como mi madre y mi abuela. Hay otros que piensan que dejan de ser negros cuando salen de pobres. Mira tú, lo que no saben es que el pobre sigue siendo pobre así tenga plata. Pero así es esta gente. Párale bolas que el contentillo que se dan algunos es tener menos óxido en el techo del que tiene el vecino en el suyo. Fíjate tú en ese contentillo: el mismo techo de zinc que chilla con el sol del mediodía es el que les moja el alma por las goteras cuando llueve. Se sacan en cara la condición de un techo machucho y maltrecho que nos moja a todos por igual y que no protege del mono. Cuando la vida es poca, la tontería es mucha mi vale. Pero la cuestión no es por plata. Aquí hay negros que se ponen los mismos tenis que Michael Jordan. Esto se trata de otra cosa más añeja y profunda. Estamos hechos de esa misma sustancia con que se tiñe la orilla del miedo porque, aunque guapos, somos inseguros. Ese es el asunto, pero no nos gusta escucharlo; nos fastidia que nos toquen esos temas. Por eso, de este lado del mundo, una de las formas de matar las penas y llevar los problemas es poniendo el equipo de sonido a todo volumen, así el mundo se esté cayendo.


Mi vale, me abro. Para la próxima, además de la cédula, trae plata porque yo no doy muestras gratis. Ya está oscuro. Si a la salida te encuentras con algún brete o si alguno te frentea, dile que vas de parte mía, que todo bien. Y anota en la libreta porque después de la traba todos quedamos como al principio, es decir, un poco peor.