lunes, 5 de enero de 2015

Fútbol: escenario de riesgo

Le decían Cabas, pero nunca supimos su nombre verdadero. El remoquete surgió automático de la similitud de su pelo alborotado con el del cantante Andrés Cabas. Es que en la gente del Caribe, rebautizar a otro con un apodo, es un arte que florece al primer golpe de vista. Él era un muchacho de unos veinte años, fuerte, de huesos largos, de vestimenta descuidada y zapatos rotos, de maneras toscas e hirsutos cabellos caóticos del color del óxido. No tenía más ropa que la que llevaba puesta, ni más aspiraciones que seguir a su equipo, de ciudad en ciudad, sin tener con qué comer ni un catre donde dormir.
Esa vocación de abnegado hincha viajero era la fina línea que lo separaba de su cruel realidad de pobre para situarlo en un lugar destacado dentro de las barras bravas del Junior de Barranquilla. Y es que en ese raro conjunto de códigos, esa capacidad de abstraerse de la adversidad económica o personal para apoyar a un equipo de fútbol en cualquier circunstancia, es una virtud muy valorada en ese círculo de fanatismo. Le llaman aguante y es también un intrincado sistema moral en donde la disposición a defender los colores del equipo, a golpes o a cuchillo si es necesario, es sinónimo de prestigio y estatus dentro del grupo.
A Cabas lo conocimos en la tribuna norte del estadio Alfonso López una noche del 2004 en que se enfrentaban, por el torneo de primera división, el Atlético Bucaramanga y el Junior de Barranquilla. Para evitar enfrentamientos la tribuna norte suele ser el espacio que se reserva en los estadios para los hinchas del equipo visitante; y allí estábamos esa vez haciendo fuerza por el Junior sin saber muy bien cómo llegamos. Nos recomendaron ir sin cinturones porque los quitan a la entrada, y con camisetas de colores neutros para minimizar el riesgo de algún altercado a la salida. Esa era la segunda vez que iba a ver un partido de fútbol.
La primera había sido en el año 99, en ese mismo estadio y con los mismos equipos; sin embargo, aquella vez nos situamos en la tribuna occidental —sombra— donde los controles a la entrada eran mínimos y el ambiente festivo; incluso, algunos iban con la camiseta del Junior sin más riesgos que las típicas burlas entre aficionados. Esa tarde ganó el Atlético Bucaramanga dos goles a uno y, aún así, a la salida, a pesar de la victoria, los barras bravas de la tribuna sur, enardecidos porque salíamos contentos, nos arrojaron toda clase de objetos desde los altos del estadio.
En el partido del 2004 la situación fue muy diferente: los controles policiales en la entrada eran escalonados y exhaustivos, y el ambiente fue tenso desde el primer momento. Éramos unos extraños en medio de esa cofradía de hinchas. Luego del pitazo inicial me sorprendió ver que los miembros de las barras bravas apenas si atendían el partido; casi todos estaban absortos en una especie de trance, saltando todo el tiempo, descamisados algunos, agitando el brazo en lo alto, ondeando banderas rudimentarias y entonando sin descanso unos cánticos básicos de torpe rima con impostado acento argentino, aún cuando la mayoría de ellos era de origen caribe. Esta situación fue invariable hasta que sonó el silbatazo que marcó el final de la primera parte.
El segundo tiempo fue un calco del primero, con la única novedad de que hacia el final del partido Hayder Palacios, mediocampista de Junior, anotó un gol de tiro libre. Esto provocó un estallido de euforia, un instante de caos, un momento de locura colectiva. La gente bajaba corriendo desde las gradas altas atropellando todo a su paso. Y entonces entonaron con más fuerza los mismos cánticos de toda la noche y lo que al principio para nosotros fue una chispa de alegría, derivó rápido en un agitado nerviosismo. A nuestro alrededor todo era alboroto y saltos y más cánticos. En la tribuna diametralmente opuesta la barra del Atlético Bucaramanga hacía lo propio tratando de alentar a su equipo, y en ese vaivén de ánimos encontrados se fueron los minutos que quedaban.
Si durante el partido estuvimos inquietos y nerviosos, la salida estuvo peor: tuvimos que salir resguardados por el escuadrón antidisturbios de la policía y un grupo de carabineros montados. Después entendí que el fin de esta maniobra era proteger más al resto del estadio que a los propios escoltados; el objetivo era alejar el peligro unas diez cuadras; porque la barra brava del equipo local, que conoce bien estas operaciones, esperan a que el cerco policial se disuelva para emprender la batalla contra los hinchas rivales. Ante la advertencia que nos dieron los hinchas veteranos nos escabullimos por las callecitas aledañas a la Universidad.
Nunca supe en qué terminó esa noche. No supe si al final hubo pelea. Solo sé que por cuatro o cinco días Cabas estuvo viviendo con nosotros porque el bus de la barra brava se fue sin él y no tenía con qué devolverse para Barranquilla. Nuestro presupuesto no alcanzaba sino para darle posada y ofrecerle dos platos fiados de comida al día. Cabas no hablaba de otra cosa que no fuera el barrismo; día y noche; nos recitó un origen incierto y un dudoso recuento histórico de las barras bravas; con su voz deshilachada nos cantó algunos estribillos de apoyo al equipo; para ello siempre ponía ese raro acento argentino; nos contó de sus viajes y sus peleas; las veces que salía se armaba de un exacto —que en otra regiones se le conoce como bisturí o estilete y sirve para cortar cartón o papel— porque vivía en una constante paranoia de que iba a ser atacado por los enemigos. Ignoro si estudiaba, trabajaba o tenía familia; parece que no tenía otra vocación que ser hincha furibundo.
Desde esa vez comprendí que ser barra brava no tiene nada que ver con ganar o perder. En la victoria o en la derrota la paranoia, la rabia y la violencia son las mismas. El partido de fútbol y los colores del equipo son apenas el vínculo que necesitan para no sentirse vándalos sino héroes. Piensan que están haciendo lo correcto porque ese retorcido condicionamiento moral, que es su honor y que ellos creen superior, les da la idea de legitimidad. Se agrede porque es un deber, se ataca porque el bando contrario hace lo mismo, no es su culpa —piensan— si por la calle otra persona, imprudente, lleva en su camiseta los colores equivocados. Así el fútbol ha dejado de ser espectáculo para convertirse en un escenario de riesgo.

No tenemos todo el día; la tarde sí

Para mí era una gran angustia que mi madre caminara tan rápido. Se me perdía entre el tumulto de gente en las callecitas estrechas del centro. Su afán no daba tregua. Por eso, siendo niño, mi mayor preocupación era pensar que un día se adelantaría tanto que ya no sería capaz de alcanzarla. Yo, que siempre he sido de paso lento, no entendía por qué todas sus diligencias tenían que ser con ese apuro. Me la pasaba esquivando transeúntes, portones y chazas de dulces para tratar de seguirle el ritmo; pero por mucho que lo intentara siempre iba rezagado. Ella, sin dejar de caminar, casi levitando, de tanto en tanto volvía la cabeza y, sin mirarme, levantaba desafiante la barbilla como diciendo «apúrate que no tenemos todo el día».
En aquel entonces el centro de Cartagena no era el apacible corral para turistas que es hoy sino un lugar bastante agitado y popular por donde se movía casi todo el comercio de la ciudad. En medio del gentío, a pesar de su vocecita casi inexistente, las instrucciones de mi madre eran implacables. Apura que vamos para la gobernación y después para la alcaldía; rápido que cierran el banco; ya que estamos por aquí saquemos una copia del registro civil, es que uno nunca sabe; aprovechemos para que te tomen las fotos del colegio, espérame que ya vengo; pero no te quedes atrás que te puedes perder; cortemos camino por el Magali París, que además nos refrescamos con el aire acondicionado; pero cansado de qué si aún no hemos caminado nada...
Cuánta agonía para un niño que nada entendía de afanes. Pero mi gran consuelo, después de tanto correr persiguiéndola y después de tanta fatiga bajo el sol, era que cuando llegaba la una de la tarde todo ese ritmo frenético se detenía de tajo; y entonces ella, mi madre, me compraba un milo gigante en los puestos de jugos de la avenida Venezuela y después entrábamos a comer en el Dragón de Oro. Cómo me gustaba ese arroz chino y el acuario de peces raros y la decoración de atuendos orientales y, sobre todo, el aire acondicionado. Mi madre apenas si probaba bocado, pedía una coca cola helada y con eso tenía. Luego de comer, el resto de la tarde era un largo paseo, que era siempre el mismo paseo, y del que nunca me aburría.
Del restaurante íbamos al parque Fernández de Madrid por un raspao de kola. Luego pasábamos por la iglesia Santo Toribio cuando aún no era una próspera empresa de asuntos sacramentales; allí mi madre mascullaba alguna oración desde las puertas gigantes y cuando terminaba íbamos a la plaza de San Diego a comprar galletas griegas nada menos que al Griego —a don Luis Mármol— con su pregón de «es que no me oyen o es que no me ven». Después veíamos los restos agónicos de La Serrezuela como un monumental, horadado y circular esqueleto de desidia. Bordeábamos las murallas hasta llegar a Las Bóvedas. Subíamos a las murallas por la rampa y era justo allí que ante mis ojos se abría el mar espléndido, que era como quitarle el velo a la monotonía para descubrir, todas las veces, la infinita turquesa del Tuerto López.
Seguíamos entonces la línea de las murallas con el mar y la brisa a la derecha. A veces pasaba algún vendedor de paletas y de vez en cuando se veía alguna pareja de enamorados al lado de las garitas. Luego bajábamos para ir al parque de La Marina que, por fortuna, hace poco fue recuperado del sórdido parqueadero en que lo habían convertido; allí nos sentábamos en el borde de la fuente para refrescarnos con las chispas de agua y después rematábamos la jornada con las funciones vespertinas de los teatros Colón, Bucanero, Cartagena o Calamarí: grandes piezas arquitectónicas hoy tiradas al olvido. Ahora que hago esta pequeña remembranza caigo en la cuenta de que Cartagena cada vez se parece menos a la de mis recuerdos: lo popular muta a lo exclusivo; lo cultural es válido cuando es rentable; el caos busca imponerse como nueva identidad y el cerco de exclusión está cada vez más apretado; es decir, cada día va un poco peor. Confío en que pronto despertemos.
Pero, mientras eso, me quedo con los buenos recuerdos que son incorruptibles. De aquellas lejanas jornadas con mi madre entendí, con el tiempo, que aquel afán en sus diligencias era en realidad la manera que ella tenía de asegurar la tarde para nosotros. Para no sucumbir a la rutina. En esos largos paseos era poco lo que hablábamos porque pocas personas son tan inexpresivas como ella y yo; pero no nos hacía falta; al contrario: cuando hay dos personas que caminan y se ríen juntas, me parece que las palabras estorban.

Luces que son puentes

Con las puntas de unas tijeras va rizando un trozo de cinta roja y dorada que poco a poco va tomando la forma de una flor. Ella me mira, sonríe y me corrige: no es una flor; es un lazo. Estimo que le tomará toda la tarde completar los que le faltan. Dice que le invertirá el tiempo que sea necesario. Entonces levanto los ojos y al verla a contraluz, seria y rodeada de cintas, escarcha, renos de felpa, guirnaldas y luces, noto que la navidad ha llegado este año a mediados de un noviembre frío que es ajeno a nuestra manera de celebrar. Percibo en su forma de decorar, tan meticulosa y dedicada, un silencioso ritual que busca paliar la amarga nostalgia de saberse lejos.
Mis torpes manos de elefante, que apenas si me alcanzan para teclear sin confundir las letras, no pueden ayudarle en esa fina tarea. Me limito entonces a aportar con fuerza física donde el talento no cabe, y con un poco de vigor en actividades secundarias. Eso quiere decir levantar y mover cajas, sostener las tiras de luces para que no se enreden, buscar y conectar las extensiones eléctricas y dar un benévolo concepto en caso de que ella lo pida. En resumen mi labor es sostenerle el andamio mientras ella se encarga de llenar de luz y color lo que hasta ayer era gris.
Es que en nuestra memoria la navidad es diferente. Es una navidad de casas apretadas. Con cadenetas de colores que cruzan la calle de lado a lado, de una casa a la de enfrente, hasta formar un techo discontinuo, ondulante y translúcido que va de una esquina a la otra dejando con el sol un mosaico multicolor a lo largo del pavimento. Una navidad donde se pintan de blanco los bordes de las aceras y los postes de luz. Una donde cada tantos metros se dibujan un par de campanas. Una donde los vecinos ponen canciones navideñas y regalan comida. Es decir, la navidad que tenemos en la memoria es de un ambiente sencillo y cotidiano que resulta de una voluntad colectiva y simple.
Pero ahora, con los años que llevamos aquí, nos parece que los únicos indicios de que la navidad ha llegado son las luces intermitentes y los arbolitos decorados que se alcanzan a ver allá detrás de las ventanas remotas y desconocidas; bueno, también lo son las novenas sin niños y la imposibilidad de conseguir taxis. Es un desencanto que se entiende mejor con cifras: este es un conjunto de cinco torres, cada una de diecisiete pisos y en cada piso hay cuatro apartamentos; saquen la cuenta. Y dentro de esa mole de vidrio, cemento y luces, en la nochebuena pasada, no habían más de tres apartamentos con música y vida. Son costumbres, es cierto; pero no son las nuestras.
Por eso en esta tarde que se va cerrando prematura con el sol de las cinco y media, aquí adentro, lo que era un reguero de cintas, renos, guirnaldas y luces, ahora son, por obra suya, una pequeña maravilla que alivia el pecho y que empuja hacia afuera ese gris que busca encajarse en los huesos. Ella no lo nota, pero cuando cuelga el último lazo una sonrisa se le asoma por sus labios de negra. Con esa misma sonrisa mira complacida cómo le ha quedado todo. Y yo aquí, en silencio, siento que no necesito nada más porque con esa sonrisa suya, con esa sola sonrisa, sé que en realidad no estoy tan lejos.

De chismosas y borrachines

Hay dos elementos que no faltan en un barrio popular: un grupito de borrachines y una cuadrilla de chismosas. Elementos que con frecuencia son complementarios. Cuando la agitada agenda de las chismosas se queda sin novedades, entonces recurren al inagotable comodín de criticar a los borrachitos de siempre; y cuando los borrachines se quedan sin trago, motor etílico de sus tertulias y sus noches, se consuelan achacando su mala fama a las viejas chismosas que han renunciado al noble propósito del buen vivir por el fin abnegado de entrometerse en la vida ajena.
De estos dos bandos, en términos generales, simpatizo más con el de los borrachos. Primero porque los borrachines de barrio, salvo algunas excepciones, son una especie de logia donde la camaradería gira alrededor de su embriagante afición que solo los compromete a ellos. El solitario oficio de las chismosas, en cambio, es de mezquina y descarnada saña contra los demás y, en mayor medida, contra sus propias colegas. Además, el método de los borrachines suele ser de un efecto discreto; el de las chismosas, de estridente imprudencia.
Aún cuando pudiera pensarse que chismosas y borrachines son militantes de tiempo completo, en realidad no es así; pues, como en todo oficio, tienen jornadas definidas que además son opuestas. Los borrachines inician su faena poco después de que la última chismosa se acuesta, se beben tres o cuatro botellas del trago más barato y finalizan su turno justo antes de que salga el sol. Las chismosas, por su parte, tienen una rutina más compleja: aún con ropa de dormir salen a la calle con los primeros gallos, llevan una escoba en las manos como pretexto, simulan barrer el frente de sus casas aguzando el oído, furtivas, listas para cazar cualquier conversación, porque es en el fresco de la mañana cuando mejor se transmite el sonido. Con esto complementan lo que hayan podido escuchar o imaginar la noche anterior a través de las paredes alcahuetas.
Esta etapa de cacería acaba cuando hijos y maridos salen hacia sus estudios y labores. Después de eso, los datos que han recogido pasan por un aplicado proceso de exageración, adaptación, edición y tergiversación. Tanta es la experiencia que tienen en este oficio que un primer borrador es suficiente. Entonces, cuando cada chismosa tiene su versión retocada o degenerada de la realidad, a modo de calentamiento, empiezan a soltar unos concisos y calculados titulares para generar expectativa y tantear el impacto potencial de cada boletín. El objetivo es concentrar el veneno en los dardos más eficaces: «quién lo iba a pensar, la que no mataba una mosca», diría una; «es que entre cielo y tierra no hay nada oculto», replicaría otra; «no tengo necesidad: hasta la puerta de mi casa me llegan todos los cuentos». Como ninguna quiere precipitarse a revelar sus cartas, estas primeras escaramuzas se hacen bajo la modalidad de la indirecta.
Aunque simulan no hacerlo, cada chismosa escucha atenta cada pregón y en seguida deciden si es una agresión a rebatir o si son elementos que le dan soporte a sus propias versiones. Dependiendo de ello, preparan las siguientes rondas bien sea con contraataques o con confabulaciones provisionales: «tú ni hables que todos saben que tu marido te sacó de un burdel», grita la una; «eso sí es verdad, y de eso dan fe esas carnes trajinadas», apoya la otra; «si a eso vamos, mis amores, aparte de servirme de colchón parece que ustedes hicieron bastantes horas extras», se defiende la aludida. Y así sigue la dinámica viperina subiendo de intensidad, color, volumen e improperios de ida y vuelta hasta que llega al punto en que una de las chismosas, vencida en su dignidad, dice que mejor se mete a su casa porque no le gusta el chisme. Lo sorprendente es que casi nunca se pasa del insulto al golpe. Al rato las chismosas siguen con sus labores del día a día.
Los borrachines, por su lado, se dedican a alguna actividad sencilla que no implique madrugar y que les permita rebuscarse lo de la cuota diaria de ron. Luego esperan la noche quieta para sentarse en torno a la botella y empezar un nuevo ciclo de cotidianidad. Aunque la forma puede ser discutible, lo que destaco es que en el fondo, chismosas y borrachines, han encontrado la manera de vencer al tedio sin matarse. Por ello, esa afición por el vidrio por parte de los borrachines, y la afición por la lengua por parte de las chismosas, las anoto como un triunfo del ocio intrascendente y del lenguaje desparpajado sobre aquella otra violencia de extremos que nos pesa tanto y que es la que al final se impone llevándose por delante tantas vidas. Salud entonces a las recias chismosas y a los perniciosos borrachines.

Un asunto de memoria

Una tarde de diciembre caminaba por el Paseo de la Castellana. A varios metros, en una placita, vi un conjunto de unos veinte pupitres dispuestos en un amplio cuadrado. En cada uno había un muchacho silencioso, cabizbajo y pensativo. En el interior del cuadrado un señor corpulento iba de puesto en puesto en una ronda perpetua. Se trataba de una partida simultánea de ajedrez.
No conozco Madrid. Por ello, el Paseo de la Castellana al que me refiero no es otro que aquel centro comercial que está enmarcado entre la Avenida Pedro de Heredia y la Avenida del Consulado, cerca a la clínica Blas de Lezo en Cartagena de Indias. La diligencia que me ocupaba esa vez era la de recoger unas fotografías 3x4 fondo azul que me habían tomado el día anterior. Yo lucía serio, con el pelo recién cortado, bien peinado y formal; en fin, fotos de carné. En aquellos locales de fotografía solían entregar una tirilla ínfima que se debía presentar al momento de retirar las fotos. Yo la había perdido; así que, aunque la cara impresa en la película era la mía, y a pesar de que en el archivador de cuentas había un recibo del servicio pagado, la joven del mostrador se negó a entregarme las fotos. Cuando el protocolo se hace muy estricto el desconcierto me ahoga. La única solución que me dio fue esperar a la gerente del local para que autorizara la entrega; es decir, esperar dos horas.
Por fortuna, cuando se es joven y desempleado lo único que se tiene de sobra es tiempo. Entonces, para distraer la espera, caminé hasta los pupitres para ver de cerca la partida. Me interesaba porque yo mismo era un asiduo perdedor del ajedrez de a cinco minutos contra los pensionados eternos del parque de Bolívar que, al igual que yo, tenían todo el tiempo del mundo; excepto en su día de pago. Por eso se los veía a diario acomodados en los escaños del parque moviendo alfiles y caballos en lances frenéticos, atropellados, automáticos, pensando apenas las jugadas.
En la formación de pupitres ya uno había quedado desocupado por un jaque mate prematuro. El silencio de la partida estaba cercado por una baranda metálica en la que yo apoyaba los codos. Desde allí podía ver al maestro en su recorrido por cada pupitre moviendo las piezas con el tedio de quien ha anticipado con bastante suficiencia las intenciones de su adversario. Yo, por mi parte, jugaba en mi mente con la idea de que podía vencerlo porque pocos días atrás ─como nunca─ había derrotado a Ariel: el más desocupado y recio de mis veteranos contendores en el parque de Bolívar. Así que en una de las rondas, cuando el maestro estuvo cerca, venciendo mi terrible timidez, le pregunté si podía participar. Sin detenerse a mirarme pero con amabilidad me dijo desde el otro lado de la baranda, con marcado acento caribe, que debía hablar con los organizadores.
iLos organizadores! Resulta que lo que creí que era una partida libre y espontánea era en realidad un evento privado al que había que inscribirse con dos meses de antelación y donde había que pagar una tarifa para poder jugar. Cada participante, sin importar el resultado de la partida, recibiría al final un diploma junto con una estatuilla de recuerdo en forma de alcatraz y una foto con el maestro cubano de ajedrez contratado para la ocasión. Sentí pena por los muchachos y por el maestro que habían sido utilizados para ese burdo exhibicionismo; para esa vanidosa necesidad de atención. Odié ─tal vez sin motivos válidos─ ese añejo anhelo colonial de pavonearse ante el resto de los mortales igual de jodidos. ¿Por cuál otra razón se usaba un espacio abierto al público para un evento privado? ¿Acaso no era más cómodo un elegante salón de hotel? Los organizadores eran los padres de algunos de los muchachos en los pupitres y tenían que demostrar a toda costa lo mucho que hacían por sus hijos.
Decepcionado empecé a alejarme del lugar. Cuando había avanzado unos pocos pasos, desde el otro lado de la baranda, el maestro cubano que había seguido mi conversación con los organizadores, me gritó: «oye chico ¿al fin vas a jugar?». «No estoy inscrito», le dije con desgano. «Entra, siéntate y arma el tablero». Los pocos espectadores aplaudieron el gesto del maestro al salirse del protocolo. Yo estaba disgustado, pero rechazar aquella partida habría sido responder con una cachetada a la mano extendida del maestro. El tablero era de cartón y las piezas de plástico. Jugaría entonces con las negras. Los organizadores me hicieron saber que no habría diploma ni estatuilla ni foto. La soberbia de algunos es la vergüenza de otros.
El maestro siguió con su rutina. Cuando llegó a mi puesto me tendió la mano, sonrió y me dijo «tú tranquilo, que el que decide quién juega soy yo». Abrió con peón de rey y yo respondí con la defensa siciliana. Aunque sé que a usted, estimado lector, le encantaría saber el detalle de aquella partida, debo decir que es poco lo que recuerdo, o lo que quiero recordar; que al fin y al cabo vienen siendo lo mismo. Un asunto de memoria, supongo. Lo cierto es que a las pocas rondas ya el maestro me tenía contra la cuerdas. Yo no encontraba salida. Ya había perdido la dama, un caballo y una torre. El desenlace era claro. Cuando el maestro llegó de nuevo a mi puesto una ráfaga repentina de viento tiró el tablero y las piezas por el suelo desbaratando la partida. Viendo las piezas regadas por el piso se me escapó una sonrisita de alivio. El maestro, impasible, esperó a que pasara la brisa, me miró a los ojos y con naturalidad pasmosa me dijo: «no te preocupes chico, yo me acuerdo dónde estaba cada pieza».

La leyenda del Tigre Leal

Cuando Abel Leal se salió un momento de la caja de bateo para tomar un respiro, su compadre Humberto Bayuelo, que era el bateador prevenido, se le acercó y le dijo: «compadre no se deje ponchar; hágalo por mi mamá». Era la tarde del sábado 30 de septiembre de 1972 y se jugaba la final del campeonato nacional de béisbol.
En las cabinas de prensa del estadio Rafael Hernández Pardo de la ciudad de Santa Marta el narrador Édgar Perea, con todo el acero de su voz, transmitía por radio para Barranquilla y animaba a su audiencia para que se alistaran para el carnaval y a los carros de bomberos para que sonaran sus sirenas porque el triunfo de la selección del Atlántico era inminente frente a Bolívar. Napoleón Perea Castro, por su parte, narraba para Cartagena dándole esperanzas a una multitud que lo seguía desde sus casas con las caras largas. Era la época mágica de la radio en donde había que formarse las imágenes en la cabeza a través de las palabras de los narradores.
Dos meses atrás había muerto doña Carlota Zetién, la madre de Humberto Bayuelo, que un día lo hizo arrodillarse junto con su amigo del alma Abel Leal para que juraran ante ella que nunca caerían en una discusión; juramento que han cumplido hasta hoy cuando ambos superan los setenta años de edad. Por eso en aquella tarde de sábado, en el terreno de juego, ese acuerdo de confianza entre los dos peloteros tenía un fuerte lazo espiritual, tan esencial en jugadores de ese talante como el bate de madera en sus manos.
En la última entrada, en medio del calor asfixiante, el equipo de Bolívar perdía por diferencia de una carrera. El lanzador de Atlántico, Ascensión Díaz, ya había retirado a dos bateadores y estaba a un out de alcanzar el título. En la alineación de Bolívar lo normal era que Humberto Bayuelo bateara de tercero y Abel Leal de cuarto; pero en aquella tarde ─no se sabe por cuál razón─ "el loco" Ruiz, mánager de Bolívar, había decidido invertir el orden, así que el turno era para Abel Leal quien no había conectado de hit en todo el partido: el mejor bateador de la historia del béisbol colombiano había fallado en cinco oportunidades ese día.
En aquel sexto turno Abel Leal caminó hacia el plato llevando un bate Louisville 125 que Orlando "el ñato" Ramírez le había traído de Estados Unidos y que hasta ese momento no se había decidido a usar; se encomendó a Dios, aferró sus manos al madero y se cuadró para batear. El lanzador tomó impulso, levantó los brazos y lanzó el primer strike. Abel Leal, paciente bateador, se cuadró de nuevo. El lanzador volvió a la carga y con una recta de fuego consiguió el segundo strike. Con dos outs en la novena entrada, sin corredores en las almohadillas, perdiendo tres a dos y con dos strikes en la cuenta, el panorama era desalentador para el equipo de Bolívar. Eso explica la euforia de Édgar Perea en la transmisión. Luego de dos lanzamientos más, por la disciplina que siempre tuvo al bate, Abel Leal pudo igualar la cuenta a dos bolas y dos strikes. Después, ante sendos envíos de Ascensión Díaz, Abel Leal conectó tres fouls consecutivos. Todo parecía perdido. Fue en ese momento que Abel Leal se salió de la caja de bateo para tomar un respiro y fue justo allí que se le acercó su compadre Bayuelo con aquel pedido trascendental: hágalo por mi mamá.
Abel Leal regresó a la caja de bateo. Ascensión Díaz recibió la seña del receptor, acomodó los dedos índice y corazón sobre las costuras de la pelota, tomó impulso, levantó los brazos y soltó un lanzamiento en curva que no desarrolló todo lo que debía, quedándose en el centro del plato. Abel Leal, excelso bateador, tuvo que haber descifrado la trayectoria de la pelota con solo ver su rotación, tensó los músculos del abdomen y de sus antebrazos, aguzó su visión de tigre y le hizo swing grande. El estadio enmudeció. Solo se oyó el golpe seco de la madera descosiendo la pelota. Desde el mismo momento del impacto Abel Leal supo que se iba de jonrón. Con ese batazo se empató el partido en la novena entrada.
Se dice que en ese batazo la pelota recorrió una distancia cercana a los seiscientos pies; se dice que dos señores en Cartagena murieron por la emoción del jonrón; se dice que el público en el estadio, loco de júbilo, invadió el terreno de juego; se dice que se necesitaron veinte minutos para reanudar el partido; se dice que a Édgar Perea se le quebró su voz de acero y se dice que en Barranquilla no hallaban dónde esconder los carros de bomberos. De lo que no hay dudas es que en la undécima entrada Bolívar ganó el campeonato con hit de Tomás Moreno. Esa tarde de septiembre de 1972 se escribió la leyenda de Abel "el tigre" Leal que, después de cuarenta y dos años, vuelvo y la cuento para que no se extravíe en nuestra memoria líquida. Desde aquella época son varios los que han querido llevar un tigre por apodo; pero tigre, lo que se dice tigre, solo hay uno, y ese es el eterno Abel Leal Díaz.

Oficinistas inconformes

Los oficinistas inconformes somos, por decirlo de alguna manera, gente extraña. Impulsamos el progreso, pero somos infelices. Nadie que se levante de la cama cuando aún tiene sueño puede ser feliz; menos aún si tras de eso hay que vestirse a las carreras, tomar el desayuno apurado, caminar diez cuadras hasta el paradero, a veces bajo la lluvia, subirse a un bus lleno de otros oficinistas inconformes que dormitan en los incómodos asientos o que fingen dormir para no ceder el puesto a los oficinistas mayores, soportar los insulsos programas radiales en las bocinas del bus, abrirse paso a codazos para poder bajarse, caminar otras diez cuadras hasta la oficina, apurar el paso porque vamos tarde, saludar a los compañeros también inconformes y sumergirse luego en esa niebla laboral a la que los más ingenuos consideran que dignifica al hombre.
Pero esto es solo de lunes a jueves porque los viernes, aunque la rutina es la misma, la actitud es otra: los oficinistas amamos el viernes más que a cualquier otro día de la semana. Es el día en que se aflojan los grilletes, se estiran las cadenas, prescindimos de lo formal y nos vestimos de jean; y también es el día en que nos embrutecemos de alcohol y soltamos todas las frustraciones acumuladas, no digamos de la semana, sino de media vida. Por eso no es raro que sea el viernes el día en que más muertes violentas y más accidentes de tránsito se registran en el país.
Se entiende entonces que de lunes a jueves somos unos autómatas dedicados a completar tareas y a contar las horas; somos esclavos de la esquina inferior derecha de la pantalla y somos buscadores implacables de festivos en el calendario. Y si alguien nos preguntara si acaso no es más fácil y sano renunciar y buscar un nuevo empleo, entonces tendríamos que responder que no; porque en este país la gente no trabaja en lo que quiere, sino en lo que consigue, y conseguir no es tarea sencilla; y si bien es cierto que hay que agradecer por tener un medio para el sustento, también lo es que una jornada laboral de cuarenta y ocho horas semanales dista mucho de ser una experiencia placentera. De esa forma es que se va cocinando a presión el inconformismo que luego estalla al final de la semana.
Pero no hay que confundir inconformismo con desidia. Empujar el desarrollo nunca ha sido una tarea para resignados. No veo nada que se asemeje más al estancamiento que el conformismo. Albert Einstein antes de publicar su teoría de la relatividad era un inconforme clausurado en una oficina de patentes. Franz Kafka fue otro inconforme oficinista del sector de las aseguradoras. Igual Saramago. Un caso notable es el de Mario Benedetti, también oficinista por muchos años, pues es el único poeta que conozco que ha dedicado una obra a los oficinistas en su colección Poemas de Oficina. Entre nosotros siempre hay unos que son más inconformes que otros; así que es posible que detrás de alguno de esos cubículos esté aún de incógnito el próximo genio de las artes o de la ciencia aguardando por el momento justo.
Así como el viernes el día más feliz para un oficinista inconforme, el domingo en la noche es el momento de mayor tristeza porque se sabe que se acerca una nueva jornada de monotonía. Da la casualidad de que ya es domingo de noche en este octubre lúgubre. Ya anunciaron los Nobel de este año. No queda entonces sino acostarse temprano a soñar mientras llega ese momento justo porque mañana hay que madrugar.