jueves, 5 de junio de 2014

Protesta de sol bajo la lluvia


De este lado del mundo casi siempre llueve. Es una llovizna impertinente que desamarra cualquier anhelo y obliga a andar cabizbajo. Para mí, que vengo del sol, esto ha sido toda una contrariedad. La lluvia le impone a la vida ese afán enfermizo que detesto. Caminar se vuelve una lucha desesperante de los ojos contra las gotas en los lentes y me ofusca que la gente, presa del hábito, no tenga el menor cuidado si al pasar salpica el agua de los charcos bajo los adoquines. Nadie se disculpa, nadie se detiene, nadie mira a los ojos. Supongo que esos pequeños episodios abusivos no son más que los gajes de vivir en este lado del mundo.

Una tarde la lluvia arreció más de lo normal. Mucho más. Y yo, que vengo del sol, no tengo la costumbre de andar con paraguas. Entonces no me quedó otra opción que refugiarme en un café a sorber el tedio. Era una sola cortina líquida de esas que no admiten afán sino que, al contrario, detienen la vida por completo. Cosa que también detesto porque una vez que escampa y se reactiva la vida, todo eso que estaba represado estalla en un caos absoluto. Y es allí cuando las calles se convierten en una pesadilla, los transeúntes en zombis y los taxistas en oligarcas. Por eso, buscando anticiparme, fue que quise comprar un paraguas; pero con lo que me cobraron habría podido comer una semana; y no exagero. Y me parece insólito porque la verdad no le conozco a un paraguas otra función distinta a la de ampliar el área de cobertura de un sombrero al tiempo que desmejora la presencia del individuo que lo sostiene.

Del lado del sol, cuando llueve, huele a tierra húmeda; de este lado del mundo, a perro mojado. Tal vez sea una de las consecuencias de reemplazar lo verde por el gris del progreso. Porque en estas tierras el único progreso que cuenta es el que se arma con cemento. Y no falta el que salga a decir que soy un amargado, o el que me cuestione por andar de este lado del mundo, como si la opinión sencilla de un hombre común tuviera alguna incidencia sobre estas cuestiones añejas; como si al marcharse el que disiente todo mejorara. Esa lluvia impertinente no es otra cosa que el pretexto más cómodo para justificar las mezquindades; del mismo modo que la somnolencia selectiva es siempre el escudo de párpados para no ceder el puesto en un autobús.

Hoy voy con los hombros empapados, la nariz roja y los dobladillos sucios; en fin, males menores. O eso creía. Hasta que veo del otro lado de la calle una mujer que lucha con la lluvia porque la brisa le ha virado su paraguas al revés. A mi lado, en un paradero, un grupo de irreverentes universitarios se burla. La lluvia es inclemente. Justo suena mi teléfono celular y del otro lado mi madre angustiada me dice con voz entrecortada que el taxista que la llevaba acaba de obligarla a bajar del vehículo porque, según le dijo, estaba perdiendo mucho tiempo en ese recorrido por lo pesado que el tráfico se hace con la lluvia. Ella, que también viene del sol, no tiene con qué guarecerse. Si este es el precio por vivir de este lado del mundo, lo entiendo, pero no me callo. Como un puño cerrado, que desde el hígado me sube a la garganta, el trueno de la indignación me explota en un grito arrabalero que retumba en los tímpanos y ojalá en la conciencia de estos irreverentes de cartón: ¡coman mierda, ignorantes! Y se les borró la risa, y hunden sus ojos en el pavimento y se hacen los desentendidos.

Ahora, luego del desahogo, mientras pienso en mi madre que busca un techo bajo la lluvia fría ─que es de las cosas más tristes que un hijo puede imaginar─ camufladas entre las gotas gruesas un par de lagrimitas me lubrican el pecho para facilitar el tránsito de esta congoja hasta la vesícula biliar. Pronto nos veremos, amigo sol.

jueves, 29 de mayo de 2014

El Corroncho Es Universal

Uno de los comportamientos más extraños que he podido observar es aquel que le sigue a la llegada de un avión a su sitio de parqueo. Hombres, niños y mujeres saltan de sus asientos al pasillo del avión como si se les activara un resorte en el momento en que este se detiene. Y no entiendo ese desespero porque la tripulación abre la puerta solo cuando estima que es seguro hacerlo. Además, caminar desde el último asiento hasta la puerta no le toma a uno más de tres minutos. Aparte, muchas veces, luego de salir del avión hay que esperar en un autobús por el resto de personas. Y si después de todo eso además hay que esperar por las maletas frente a una banda transportadora ─maletas que en el mejor de los casos llegan diez minutos después que uno─ entonces ese impulso salvaje de desabrochar el cinturón, invadir el pasillo y quedarse allí parado a esperar a que abran la puerta es una corronchada completa. Y como esto lo he vivido en toda clase de vuelos, con pasajeros de diferentes nacionalidades y por distintas aerolíneas, puedo inferir entonces que el corroncho es universal.


En las regiones del caribe el término «corroncho» tiene un amplio rango de usos. Uno de ellos es para referirse a los desaciertos en la vestimenta. Por eso, se les llama corronchos a aquellos que tienen un sentido de la estética tal que, sin sonrojarse, combinan un pantalón negro con zapatos blancos; o una bermuda de rayas con una camisa a cuadros; o llevan la guayabera por dentro; o corbata con camisa manga corta; o usan sandalias con medias.

En otras ocasiones se usa para nombrar el afán por alardear de lo recién comprado. Es el caso de un primo al que sus padres le regalaron una motocicleta en su temprana juventud. Si recuerdo bien creo que era por motivos de documentos que no podía salir en su moto; sin embargo, eso no fue impedimento para que, mientras se completaban los trámites, él anduviera por allí a pie llevando orgulloso la llave colgada en el cuello. Yo también hace poco compré una cajetilla de habanos sin saber siquiera cómo se fuman; pero, como buen corroncho, igual la conservo visible en uno de los estantes de mi casa.

Otras veces se refiere al desconcierto que produce el ingenuo desconocimiento de las cosas. Son esos que en la inauguración de un centro comercial hacen largas filas para subirse a las escaleras eléctricas. O aquellos que prefieren servirse la comida fría para no tener que enfrentarse a un horno microondas. O como le pasó a una vieja amiga que, estando de viaje en Bucaramanga, quiso sorprender a su familia en los Montes de María llevando en el bus de regreso diez kilos de arroz, dos manos de plátano y una caja de yuca. Yo mismo fui víctima de ese desconocimiento la primera vez que entré a una ducha de agua caliente, y creo que el lector podrá hacerse una idea de lo que sucedió.

Pero en su acepción más despiadada el término «corroncho» se usa para castigar la falta de sentido común. Como cuando la gente decide casarse de smoking en una iglesia a puerta cerrada, sobre las tres de la tarde y con treinta grados de temperatura. O cuando bajo el mismo sol abrasador entusiastas muchachos salen vestidos con pasamontañas y buzos. O cuando hombres, niños y mujeres se paran en el pasillo de un avión a esperar a que abran la puerta.

Estoy seguro de que en todos los países del mundo existe este tipo de comportamientos y quizá otros que no imagino. En ese sentido se reafirma mi tesis de que el corroncho es universal. Pero, a pesar de eso, también estoy seguro de que son muy pocos los países en donde tantas personas votan por un candidato a la presidencia que ha mentido, que abiertamente ha dicho que prefiere la vía armada al diálogo, que desconoce las instituciones democráticas, que propuso hundir la ley de víctimas y que además no tiene independencia e ideas propias porque sus movimientos obedecen a los hilos y designios de un titiritero mayor. Y ese, querido lector, es un contrasentido que no se explica con la corronchera, sino con la estupidez.

domingo, 11 de mayo de 2014

Nostalgias de un cuarto piso

Tengo la buena suerte de vivir en un cuarto piso. Un lugar lo bastante alto como para tener una bonita vista, para tener a los insectos fuera de alcance y para que llegue diluido el ruido de carros apurados y niños corriendo; y a la vez no es tan alto como para fatigarme subiendo las escaleras cuando el ascensor no funcione.Tengo además la buena suerte de tener un balcón al que salgo los sábados y por el que me asomo por encima de los techos para ver el tren de la sabana y los cerros bogotanos.

Pero tengo también la mala suerte de vivir en un cuarto piso. Un lugar ubicado justo debajo de un apartamento en donde vive un matrimonio que parece feliz. Yo nunca los he visto, aclaro, pues sucede que en esta ciudad de ocho millones de habitantes la gente no se mira entre sí; pero deduzco que son felices por el ajetreo que se siente en algunas noches y porque de unas madrugadas para acá se oye el llanto de un infante que supongo fue producto de ese ajetreo. Esto trae consigo trasnochadas canciones de cuna que se cuelan hasta mi cama y que tienen el mismo poder conmovedor de un metrónomo y el mismo efecto arrullador de un grillo de solitaria cuerda metálica. Claro, sé por experiencia que los hijos llenan a los padres de una alegría enorme; pero esa alegría ajena es la tortura que hoy me toca. No me quiero imaginar cuando esa alegría empiece a gatear y a estrellar los juguetes contra el piso.

De la misma forma tengo la mala suerte de tener un balcón al que salgo los sábados. Pues, al ver el tren y los cerros y a esos niños pateando un balón vestidos de jean y pesados abrigos, la nostalgia se me hace ojos bajo las gafas. Nadie lo nota pero el alma me da un salto a la memoria: un salto de 2600 metros hacia abajo y 25 años hacia atrás y aterriza girando como flor de roble en un caribe ardiente cubierto de un polvillo rojo por donde caminé descalzo y descamisado, escuálido entre bermudas de palmeras brillantes, con la camiseta en una mano, las chancletas de tres puntas en la otra y en la boca la felicidad agarrada de la comisura de mis labios.

Desde ese mismo balcón veo a mi hija vestida de jean y pesado abrigo y va sonriendo y saludándome con la mano mientras pedalea los últimos momentos de su niñez equilibrando en esa bicicleta este destino andino que le tocó y las nostalgias de un mar que aún le adeudo.

jueves, 1 de mayo de 2014

Desagravio a una dama roja


Antes de saber a qué sabía, fue el rojo lo que me atrajo. El rojo de satín bajo esa piel de cristal. Esa nota escarlata y justa entre un pentagrama de colores. Ese rojo eterno y elemental. Pero, como los tiempos que corren no admiten demora y la demanda es inoportuna y feroz, se hizo necesario trasquilarle la cabellera a la prosa y dejarla de un trágico estilo militar porque el tendero no sabe sino de urgencias menudeadas. Un insolente mercachifle que no ve más allá del vidrio y las letras blancas. Con esa misma negligencia rencorosa con que un cotero carga un piano, el tendero me tiende lo que él entiende como una botella ─ bella dama de curvas renacentistas─ sin antes exigir el pago por adelantado. Quédese con el cambio, tendero desalmado, pero antes despácheme un pan de queso que es el complemento legítimo para esta Kola Román, bella dama que usted agravia cuando insiste en ponerla al mismo nivel de las demás gaseosas.

miércoles, 23 de abril de 2014

Breve defensa de la pelota caliente


Es el deporte de la simetría y los talentos precisos. La fuerza bruta ─escasa, opaca y mal vista─ no tiene eco allí. Son nueve jugadores por bando, y cada bando tiene nueve oportunidades para vencer sin tener que llevar la ridícula cuenta circular de las manecillas implacables. Su hábitat es un diamante pulcro de cerquillos blancos, y por allí se pasea como un animal vistoso de andar sosegado, porque no hay elegancia en el afán ni deleite en el apuro. Su dinámica se compone de explosiones instantáneas entre remansos y de corcheas de júbilo entre dos silencios, como un amor adolescente, como un canto de sinsonte. Aquí lo hemos rebautizado como la pelota caliente por la modesta razón de que «béisbol» no tiene la fuerza poética suficiente ni la contundencia lingüística necesaria para que los hombres y las mujeres del caribe puedan nombrar ese estado del alma en que la vida se detiene por el breve momento que transcurre entre la danza hipnótica del lanzador y el mordisco seco de la pelota en la madera.

lunes, 21 de abril de 2014

Monólogo de un champetúo ilustrado

No te atrevas a interrumpirme porque vengo emputao y, cuando me emputo, mi vale, se me da es por hablar. Es que ese es el problema, creen que un champetúo no puede ser conocedor, y se equivocan. Nadie conoce mejor que yo los rincones de la media luna y sus putitas arrabaleras, cada uno de los callejones del barrio chino y las esquinas de mala muerte de Olaya. Que lo mismo cuesta entrar al parque del centenario que a la biblioteca pública, ni un peso, mi llave; y salen los cerebritos creyéndose la gran vaina porque leen un libro o dos. Para que lo sepas, un libro lo lee cualquiera; pero, mira tú, hay quienes van por la vida posando de tesos por esa sola razón. ¿No sabes lo que es un teso? Te veo mal. Si supieras todo lo que toca hacer en un barrio como en el que yo vivo para ser un teso.


Yo me gano la vida es vendiendo la jugada; si eso es lo que da plata. Quién dijo que el objetivo de uno es joderse el cuero por unos centavos; quién se cree el cuento de que el trabajo dignifica, si hasta a la guarida donde yo me paro a vender llegan abogados, médicos o ingenieros renegando de sus trabajos de mierda y buscando dos papeletas de bazuco o de perico que los anestesie por un rato de esa vida que llevan. ¿Y eso es vida? Gran vida esa: pasar cinco años o más estudiando una carrera para terminar comprando el vicio que les vendo yo, un champetúo, pero tapiñao mi vale porque es tan ruín esa vida que ni les alcanza para dar la cara. Todo lo que se hace a escondidas lleva consigo algo de culpa. Yo hago lo que se me viene en gana y si quiero darme mis toques me los doy, o si quiero fumarme un tabaco de marihuana me lo fumo, y pa’ lante, si al fin y al cabo esa plata me la gano de manera honrada dándole a la gente lo que necesita. ¿O no? Si yo no obligo a nadie, ni trato de convencerlos de nada, ni tengo letrero, ni página de internet. Aquí el que llega a comprar sabe a lo que viene, atraviesan media ciudad para llegar y si no estoy hasta me esperan. Ya quisieran esos infelices tener un trabajo como el mío, que abro cuando quiero, cierro cuando me da la gana y no le rindo cuentas a nadie. Ni a Dios, porque a esta esquina al pie de la ciénaga, que está tan lejos del mundo, ni el camión de la basura llega, y las oraciones se estancan entre la maraña de cables improvisados sobre los techos de zinc.


¿El respeto? La gente piensa que el respeto se lo dan los títulos o la plata; por eso ves tú a tanto hijueputa que va por ahí, andando por la calle como si acabara de comprarla. Y ni quien los baje de ese viaje. Pobres pendejos. Hay otros, los más faltones, que confunden el respeto con el miedo y por eso se la pasan con un fierro en la pretina, porque sin el fierro no son más que otros negros mal vestidos. El respeto es otra vaina mi vale. Yo diría que es algo cercano a dejar hablar al otro, escucharlo atento y, si tiene la razón, otorgársela. Uno aquí hace lo que puede, evitando la mala hora para mantenerse vivo.


Los estudios, mi vale, son en realidad la opción del que no tiene mayores talentos. ¿Quién con un talento como el de Pambelé o El Pibe preferirá andar enjaulado en aulas tristes de profesores que no trascienden más allá de lo teórico y de estudiantes grises cuya aspiración máxima es la nota que le niegan? No señor, no confundas inteligencia con disciplina. Yo aprendí de cuanto me enseñaron en el colegio, que no fue mucho tampoco; leía por gusto lo que me cayera en las manos; me iba a pie a estudiar porque me gustaba y en las pruebas del último año, cuando se aprobaba con 250 de un total de 400, yo saqué 368. Pero eso pa’ qué, si desde los catorce años me gano en una semana lo que un profesional en un mes. Si el objetivo de entrar a una universidad para ser profesional es graduarse lo antes posible para empezar a ganar plata, entonces para qué voy desgastarme en ese paso innecesario. En lugar de eso sigo leyendo de vez en cuando, si me queda tiempo, porque no por champetúo entonces uno es un desocupado; es que la gente vive engañada. Cada tanto, cuando me embalo, vuelvo a las páginas del quijote; que no sé como será en los demás pero en mi caso esa es la única forma de entrarle a esa pared. Además, las páginas ya leídas me sirven para envolver los tabacos de marihuana que vendo; por eso, con risa, siempre digo que aquellos flacos descamisados que ves en aquella esquina han devorado más letras que cualquier literato.


Son solo dos los requisitos que pido: la cédula y la plata. En ese orden. Porque uno puede ser champetúo y ácido pero no hijueputa. Lo que no hacen en casa no se lo voy a resolver yo, aunque se sabe que eso es caso perdido cuando se meten de lleno en el viaje; pero por esas extrañas gomitas de azúcar con las que la conciencia se conforma, duermo más tranquilo si el que me compra ya es mayor de edad. Conmigo o se es indocumentado o se es feliz, pero no las dos cosas. Porque, aquí entre nos, lo que yo vendo es alegría; efímera, pero alegría al fin y al cabo. Y solo por eso sé que hago más que un poco.


El pobre de por aquí, a diferencia de lo que la gente cree, no vive con hambre; vive con rabia. Y eso a la postre es lo que lo jode a uno. Aquí la gente atraca más por resentimiento que por necesidad. Seguro viejo man. Donde le diga. Lo que pasa es que los intereses de cada pobre son distintos, pero los estudiosos de cartón insisten en meternos a todos en el mismo saco. Aunque al final eso tampoco sirve para un carajo. Digo, para qué tantos estudios y palabrerías si al final el progreso tampoco llega hasta acá. Por estos lados la política no tiene efecto, solo votos; aquí tenemos nuestra propia república bajo nuestras propias reglas. El político llega hablando monserga y la gente se alegra; pero no porque venga a darles comida, cemento o tejas, sino porque por un día les cambia la rutina a los que viven hastiados del solo chisme y la brisa monótona y nauseabunda. El tombo que se mete hasta acá, el policía digo, no infunde un respeto mayor que el ilusorio que le da el arma que lleva en el cinto; y ni así mi vale, porque ese tipo tiene que ver bien por dónde es que se mete y con quién.


Ya ni me acuerdo por qué era que venía emputao, pero igual la rabia no se me quita. Eso va como en la sangre, sabes. Pero uno se acostumbra a ella del mismo modo en que se acostumbra uno al hedor de la ciénaga porque llena todo el espacio de estas calles tapizadas de fango. O te acostumbras o te jodes. Simple. A veces salgo al mundo, como le decimos nosotros, y por momentos hasta pienso que el hedor de allá es peor que el de aquí. Basta con ojear el Q’hubo para darse cuenta.


Claro, yo soy negro como mi madre y mi abuela. Hay otros que piensan que dejan de ser negros cuando salen de pobres. Mira tú, lo que no saben es que el pobre sigue siendo pobre así tenga plata. Pero así es esta gente. Párale bolas que el contentillo que se dan algunos es tener menos óxido en el techo del que tiene el vecino en el suyo. Fíjate tú en ese contentillo: el mismo techo de zinc que chilla con el sol del mediodía es el que les moja el alma por las goteras cuando llueve. Se sacan en cara la condición de un techo machucho y maltrecho que nos moja a todos por igual y que no protege del mono. Cuando la vida es poca, la tontería es mucha mi vale. Pero la cuestión no es por plata. Aquí hay negros que se ponen los mismos tenis que Michael Jordan. Esto se trata de otra cosa más añeja y profunda. Estamos hechos de esa misma sustancia con que se tiñe la orilla del miedo porque, aunque guapos, somos inseguros. Ese es el asunto, pero no nos gusta escucharlo; nos fastidia que nos toquen esos temas. Por eso, de este lado del mundo, una de las formas de matar las penas y llevar los problemas es poniendo el equipo de sonido a todo volumen, así el mundo se esté cayendo.


Mi vale, me abro. Para la próxima, además de la cédula, trae plata porque yo no doy muestras gratis. Ya está oscuro. Si a la salida te encuentras con algún brete o si alguno te frentea, dile que vas de parte mía, que todo bien. Y anota en la libreta porque después de la traba todos quedamos como al principio, es decir, un poco peor.

lunes, 14 de abril de 2014

Pequeña tensión en el restaurante

Hace un momento, mientras miraba al mar, una mujer recia y entrada en años me interrumpió hablándome en un extraño idioma. Al tiempo que hablaba, señalaba una silla junto a mí como queriendo preguntar si estaba ocupada. Lo cierto es que no hay nadie más en este restaurante. Con un gesto como de quien empuja el aire con las palmas de las manos, le indiqué que la tomara.

Hace dos días había acordado con un conductor que me recogiera a las seis de la mañana a unos trescientos kilómetros para que me trajera hasta aquí. Llegó puntual y como solo había podido dormir dos horas en la víspera, mi propósito era recuperar algo de sueño durante las tres horas de camino.

El viaje por carretera
La señora alta y recia, de cabellos rubios alborotados por la brisa marina que azota este lado de la barra, tiene unos pantalones rojos hasta las rodillas y una blusa de flores de colores: es el riguroso uniforme de turista. En el momento en que preguntó por la silla, llevaba dos botellas de cerveza entre los dedos pulgar, índice y corazón de la mano izquierda y, en la derecha, dos vasos desechables uno metido dentro del otro.

Como no tengo el talento, la gracia ni las amistades para vivir de escribir (aún), y como se sabe que tal privilegio está reservado solo para algunos escritores afortunados, yo debo trabajar en algo que me permita pagar las cuentas; y esa es la razón por la que vine hasta aquí haciendo las veces de ingeniero en esta pequeña ciudad costera. Pero ya he terminado la jornada de hoy y por eso miraba al mar mientras bebía una coca cola. Pero ya lo ve usted, he tenido que interrumpir por un momento ese pequeño ejercicio de inspección individual para indicarle a esta recia señora que no hay ningún problema en que tome esa silla o cualquiera de las otras que están por aquí, que en estas latitudes no es necesario tanto formalismo para esas cosas. Pero no dije palabra alguna; solo me limité a hacer aquel gesto que, pensándolo bien, me pareció un tanto grosero; sin embargo pienso que la sonrisa del final ─que debo decir que me sale bastante bien─ fue suficiente para suavizar la torpeza de mis manos.

Ella asintió y trazó un boceto de lo que pareció ser una sonrisa; puso las cervezas en la barra y luego acomodó los vasos, todavía uno dentro del otro, sobre el pico de una de las botellas; alejó de mí la silla por la que había preguntado y se sentó al tiempo que arrimaba otra al lado suyo.

La vista del mar desde el restaurante
Para el viaje por carretera que yo había acordado, me equipé con unas gafas oscuras, una lista de canciones lentas y unos audífonos con el objetivo de dormir las horas que me faltaban. Sin más formalismos que un apretón de manos y la instrucción de «hágale», el conductor puso el motor en marcha mientras yo me acomodaba en la silla del copiloto y cerraba los ojos.

Ahora acaba de llegar al restaurante un señor mayor con la cabeza repartida entre la calvicie y las canas, con bermudas y sandalias, y se sienta junto a la señora recia de cabellos rubios. Tras dos monosílabos en aquel mismo idioma incomprensible, ella desencaja los vasos y sirve en cada uno la mitad de una cerveza. Yo tomo otro sorbo de coca cola y sigo mirando al mar.

A la media hora de trayecto el puesto se me hizo incómodo en medio del sueño y unas incipientes gotas de sudor me empezaron a poblar la frente y el bozo: me despertó el calor. El conductor, aún con los vidrios cerrados, había apagado el aire acondicionado porque, según explicó, le parecía que yo tenía frío. Primero pensé que el del frío era él; luego pensé que tal vez buscaba ahorrar combustible; pero fue al poco rato que descubrí sus verdaderas razones: esos treinta minutos de mutismo absoluto habían sido una verdadera hazaña en aquel hombre de una locuacidad patológica. Se moría por hablar y no encontró otro método para calmar su ansiedad que cortarme el suministro de confort.

Washington, el conductor
El hombre mayor que está sentado a la izquierda de la señora recia, después de beber un trago largo de cerveza, se dispone ahora a prender un cigarrillo que saca de una cajetilla que guarda en el bolsillo de su camisa también de flores de colores. La señora hace lo mismo. Estos no se andan con cuentos; no les interesa en lo absoluto si el humo me incomoda; supongo que es una conducta natural en aquellas lejanas tierras de las que son oriundos. No deja de resultar curioso, sin embargo, que se hayan esforzado en preguntar si podían tomar una silla en un restaurante donde hay un solo comensal y decenas de sillas libres, pero no para averiguar si el humo me molesta aún cuando están sentados a menos de dos metros de mí.

Sin un ápice de vergüenza y sin dejar espacio para el reclamo, el conductor de cabellos de plata y de aspecto pulcro y bonachón que me hizo recordar a Daniel Santos, comenzó a hablar, sin pausa, de todas las cosas del mundo. De la situación política latinoamericana; de lo mal que va la economía local; de lo bien que van las carreteras, aunque aún les falta; del mundial de fútbol; de las cosechas de mango; que debería probar los mangos de la región; que el bolero es un burdo intento de africanizar el tango; que Nebraska ganaría el Oscar a mejor película aunque confesó no haber visto ninguna de las otras nominadas; que el color amarillo era su favorito y que esa había sido la principal razón para volverse taxista. En fin, solo dejó de hablar, hora y media más tarde, cuando le dije que hiciera un alto en la vía para invitarle el desayuno.

El desayuno. Plátano verde frito machacado con chicharrón y queso

Aunque no me gusta el humo del cigarrillo de todas maneras les habría dicho a este par de extranjeros que no es una molestia; claro, eso si hubieran tenido la delicadeza de preguntar, o por lo menos de hacer aquella mueca que no requiere de palabras y que va quedando grabada en los músculos faciales de los asiduos fumadores cuando se disponen a encender el primer cigarrillo en medio de un grupito de personas.

Cuando llegamos a la entrada de la ciudad el taxista me hizo algunas recomendaciones finales: visitar playa murciélago y el muelle; probar el plato típico de la región, el camotillo frito; y que me refrescara en el Bar-Budo con un par de cervezas porque el trabajo no lo es todo en la vida.

Playa Murciélago
Esa falta de delicadeza de esta pareja de extranjeros soplando ese gastado humo que transmuta la brisa en una pequeña niebla tóxica que llega de lleno a mis ojos y a mi nariz, me da licencia moral para interrumpir su idílico mundillo de nicotina con una banderilla impertinente que enfilo primero en la mente y ejecuto después de forma chapucera con la lengua en rudimentario inglés: «excuse me, sir. Do you speak english?».

La noche anterior, luego de mi jornada de trabajo y para atender las recomendaciones que el conductor me había dado, averigüé en el lobby del hotel por un buen restaurante que además quedara cerca del Bar-Budo. Para resumir diré que el restaurante que me recomendaron se llama «Oh Mar» pero la especialidad es la parrilla, y el Bar-Budo es un local de cervezas atendido por una mujer de bozo lampiño. A pesar de ello pude probar el camotillo frito y pude refrescarme en la soledad de cuatro cervezas.

Vista al muelle
«Few words» es la respuesta seca y perezosa que me da aquel señor mayor que ahora sacude las cenizas del cigarrillo bajo el barranco sobre el que está encaramado este restaurante cuya atracción principal es esta barra que domina al oceáno. Sopla nuevamente el humo que me pica en la nariz y bebe otro trago largo de cerveza. La mujer recia y entrada en años le sirve en el vaso la mitad restante de la botella. Yo bebo otro sorbo de coca cola y mastico un trocito de hielo con el ánimo de apagar el fuego en las mejillas por la mentira que estoy a punto de soltar. Un segundo más tarde en mi pedregoso inglés le digo que soy un joven escritor Colombiano y que me gustaría conocer sus impresiones de la ciudad. La señora que hasta este momento había estado indiferente, gira hacia mí su cabeza con atención sosteniendo aún entre los dedos el cigarrillo que ya la brisa le ha apagado
.
Washington, el conductor.

 «Sure, ask» dice el señor en su estilo hermético de dos monosílabos por frase. La señora permanece callada. Entonces lo animo a que me diga los motivos que los traen de visita. Otros dos monosílabos demoledores es lo que recibo por respuesta: «beach, cheap». Le pregunto entonces si su estadía ha sido placentera. «Yes, sir» me contesta, sacude de nuevo las cenizas del cigarrillo y toma otro trago lento y largo. Yo finjo tomar notas. Por lo pesado del acento y buscando darle fin a tan tortuosa conversación me aventuro a conjeturar sobre el origen de estos dos turistas. Les pregunto entonces si es que vienen de Rusia. La señora que hasta hace un momento me miraba atenta, voltea brusca su cara hacia el mar, el señor visiblemente alterado endereza su postura, le pega una última chupada al filtro del cigarrillo, bota el cabo aún encendido con fuerza hacia el barranco que termina en playa y por primera vez rompe su fórmula de los dos monosílabos de rigor y me dice levantando el tono y con los ojos rojos: «we’re from Kiev, fuck Russia».

Apuro mi coca cola, pido la cuenta, cierro mi libreta, les doy las gracias, les pido excusas y entiendo mucho más claro ahora todo aquello que me costó tanto en mis antiguas lecciones de escuela, porque finalmente pude vivir en carne propia lo que significa la expresión «las tensiones de una guerra fría».