miércoles, 23 de abril de 2014

Breve defensa de la pelota caliente


Es el deporte de la simetría y los talentos precisos. La fuerza bruta ─escasa, opaca y mal vista─ no tiene eco allí. Son nueve jugadores por bando, y cada bando tiene nueve oportunidades para vencer sin tener que llevar la ridícula cuenta circular de las manecillas implacables. Su hábitat es un diamante pulcro de cerquillos blancos, y por allí se pasea como un animal vistoso de andar sosegado, porque no hay elegancia en el afán ni deleite en el apuro. Su dinámica se compone de explosiones instantáneas entre remansos y de corcheas de júbilo entre dos silencios, como un amor adolescente, como un canto de sinsonte. Aquí lo hemos rebautizado como la pelota caliente por la modesta razón de que «béisbol» no tiene la fuerza poética suficiente ni la contundencia lingüística necesaria para que los hombres y las mujeres del caribe puedan nombrar ese estado del alma en que la vida se detiene por el breve momento que transcurre entre la danza hipnótica del lanzador y el mordisco seco de la pelota en la madera.

lunes, 21 de abril de 2014

Monólogo de un champetúo ilustrado

No te atrevas a interrumpirme porque vengo emputao y, cuando me emputo, mi vale, se me da es por hablar. Es que ese es el problema, creen que un champetúo no puede ser conocedor, y se equivocan. Nadie conoce mejor que yo los rincones de la media luna y sus putitas arrabaleras, cada uno de los callejones del barrio chino y las esquinas de mala muerte de Olaya. Que lo mismo cuesta entrar al parque del centenario que a la biblioteca pública, ni un peso, mi llave; y salen los cerebritos creyéndose la gran vaina porque leen un libro o dos. Para que lo sepas, un libro lo lee cualquiera; pero, mira tú, hay quienes van por la vida posando de tesos por esa sola razón. ¿No sabes lo que es un teso? Te veo mal. Si supieras todo lo que toca hacer en un barrio como en el que yo vivo para ser un teso.


Yo me gano la vida es vendiendo la jugada; si eso es lo que da plata. Quién dijo que el objetivo de uno es joderse el cuero por unos centavos; quién se cree el cuento de que el trabajo dignifica, si hasta a la guarida donde yo me paro a vender llegan abogados, médicos o ingenieros renegando de sus trabajos de mierda y buscando dos papeletas de bazuco o de perico que los anestesie por un rato de esa vida que llevan. ¿Y eso es vida? Gran vida esa: pasar cinco años o más estudiando una carrera para terminar comprando el vicio que les vendo yo, un champetúo, pero tapiñao mi vale porque es tan ruín esa vida que ni les alcanza para dar la cara. Todo lo que se hace a escondidas lleva consigo algo de culpa. Yo hago lo que se me viene en gana y si quiero darme mis toques me los doy, o si quiero fumarme un tabaco de marihuana me lo fumo, y pa’ lante, si al fin y al cabo esa plata me la gano de manera honrada dándole a la gente lo que necesita. ¿O no? Si yo no obligo a nadie, ni trato de convencerlos de nada, ni tengo letrero, ni página de internet. Aquí el que llega a comprar sabe a lo que viene, atraviesan media ciudad para llegar y si no estoy hasta me esperan. Ya quisieran esos infelices tener un trabajo como el mío, que abro cuando quiero, cierro cuando me da la gana y no le rindo cuentas a nadie. Ni a Dios, porque a esta esquina al pie de la ciénaga, que está tan lejos del mundo, ni el camión de la basura llega, y las oraciones se estancan entre la maraña de cables improvisados sobre los techos de zinc.


¿El respeto? La gente piensa que el respeto se lo dan los títulos o la plata; por eso ves tú a tanto hijueputa que va por ahí, andando por la calle como si acabara de comprarla. Y ni quien los baje de ese viaje. Pobres pendejos. Hay otros, los más faltones, que confunden el respeto con el miedo y por eso se la pasan con un fierro en la pretina, porque sin el fierro no son más que otros negros mal vestidos. El respeto es otra vaina mi vale. Yo diría que es algo cercano a dejar hablar al otro, escucharlo atento y, si tiene la razón, otorgársela. Uno aquí hace lo que puede, evitando la mala hora para mantenerse vivo.


Los estudios, mi vale, son en realidad la opción del que no tiene mayores talentos. ¿Quién con un talento como el de Pambelé o El Pibe preferirá andar enjaulado en aulas tristes de profesores que no trascienden más allá de lo teórico y de estudiantes grises cuya aspiración máxima es la nota que le niegan? No señor, no confundas inteligencia con disciplina. Yo aprendí de cuanto me enseñaron en el colegio, que no fue mucho tampoco; leía por gusto lo que me cayera en las manos; me iba a pie a estudiar porque me gustaba y en las pruebas del último año, cuando se aprobaba con 250 de un total de 400, yo saqué 368. Pero eso pa’ qué, si desde los catorce años me gano en una semana lo que un profesional en un mes. Si el objetivo de entrar a una universidad para ser profesional es graduarse lo antes posible para empezar a ganar plata, entonces para qué voy desgastarme en ese paso innecesario. En lugar de eso sigo leyendo de vez en cuando, si me queda tiempo, porque no por champetúo entonces uno es un desocupado; es que la gente vive engañada. Cada tanto, cuando me embalo, vuelvo a las páginas del quijote; que no sé como será en los demás pero en mi caso esa es la única forma de entrarle a esa pared. Además, las páginas ya leídas me sirven para envolver los tabacos de marihuana que vendo; por eso, con risa, siempre digo que aquellos flacos descamisados que ves en aquella esquina han devorado más letras que cualquier literato.


Son solo dos los requisitos que pido: la cédula y la plata. En ese orden. Porque uno puede ser champetúo y ácido pero no hijueputa. Lo que no hacen en casa no se lo voy a resolver yo, aunque se sabe que eso es caso perdido cuando se meten de lleno en el viaje; pero por esas extrañas gomitas de azúcar con las que la conciencia se conforma, duermo más tranquilo si el que me compra ya es mayor de edad. Conmigo o se es indocumentado o se es feliz, pero no las dos cosas. Porque, aquí entre nos, lo que yo vendo es alegría; efímera, pero alegría al fin y al cabo. Y solo por eso sé que hago más que un poco.


El pobre de por aquí, a diferencia de lo que la gente cree, no vive con hambre; vive con rabia. Y eso a la postre es lo que lo jode a uno. Aquí la gente atraca más por resentimiento que por necesidad. Seguro viejo man. Donde le diga. Lo que pasa es que los intereses de cada pobre son distintos, pero los estudiosos de cartón insisten en meternos a todos en el mismo saco. Aunque al final eso tampoco sirve para un carajo. Digo, para qué tantos estudios y palabrerías si al final el progreso tampoco llega hasta acá. Por estos lados la política no tiene efecto, solo votos; aquí tenemos nuestra propia república bajo nuestras propias reglas. El político llega hablando monserga y la gente se alegra; pero no porque venga a darles comida, cemento o tejas, sino porque por un día les cambia la rutina a los que viven hastiados del solo chisme y la brisa monótona y nauseabunda. El tombo que se mete hasta acá, el policía digo, no infunde un respeto mayor que el ilusorio que le da el arma que lleva en el cinto; y ni así mi vale, porque ese tipo tiene que ver bien por dónde es que se mete y con quién.


Ya ni me acuerdo por qué era que venía emputao, pero igual la rabia no se me quita. Eso va como en la sangre, sabes. Pero uno se acostumbra a ella del mismo modo en que se acostumbra uno al hedor de la ciénaga porque llena todo el espacio de estas calles tapizadas de fango. O te acostumbras o te jodes. Simple. A veces salgo al mundo, como le decimos nosotros, y por momentos hasta pienso que el hedor de allá es peor que el de aquí. Basta con ojear el Q’hubo para darse cuenta.


Claro, yo soy negro como mi madre y mi abuela. Hay otros que piensan que dejan de ser negros cuando salen de pobres. Mira tú, lo que no saben es que el pobre sigue siendo pobre así tenga plata. Pero así es esta gente. Párale bolas que el contentillo que se dan algunos es tener menos óxido en el techo del que tiene el vecino en el suyo. Fíjate tú en ese contentillo: el mismo techo de zinc que chilla con el sol del mediodía es el que les moja el alma por las goteras cuando llueve. Se sacan en cara la condición de un techo machucho y maltrecho que nos moja a todos por igual y que no protege del mono. Cuando la vida es poca, la tontería es mucha mi vale. Pero la cuestión no es por plata. Aquí hay negros que se ponen los mismos tenis que Michael Jordan. Esto se trata de otra cosa más añeja y profunda. Estamos hechos de esa misma sustancia con que se tiñe la orilla del miedo porque, aunque guapos, somos inseguros. Ese es el asunto, pero no nos gusta escucharlo; nos fastidia que nos toquen esos temas. Por eso, de este lado del mundo, una de las formas de matar las penas y llevar los problemas es poniendo el equipo de sonido a todo volumen, así el mundo se esté cayendo.


Mi vale, me abro. Para la próxima, además de la cédula, trae plata porque yo no doy muestras gratis. Ya está oscuro. Si a la salida te encuentras con algún brete o si alguno te frentea, dile que vas de parte mía, que todo bien. Y anota en la libreta porque después de la traba todos quedamos como al principio, es decir, un poco peor.

lunes, 14 de abril de 2014

Pequeña tensión en el restaurante

Hace un momento, mientras miraba al mar, una mujer recia y entrada en años me interrumpió hablándome en un extraño idioma. Al tiempo que hablaba, señalaba una silla junto a mí como queriendo preguntar si estaba ocupada. Lo cierto es que no hay nadie más en este restaurante. Con un gesto como de quien empuja el aire con las palmas de las manos, le indiqué que la tomara.

Hace dos días había acordado con un conductor que me recogiera a las seis de la mañana a unos trescientos kilómetros para que me trajera hasta aquí. Llegó puntual y como solo había podido dormir dos horas en la víspera, mi propósito era recuperar algo de sueño durante las tres horas de camino.

El viaje por carretera
La señora alta y recia, de cabellos rubios alborotados por la brisa marina que azota este lado de la barra, tiene unos pantalones rojos hasta las rodillas y una blusa de flores de colores: es el riguroso uniforme de turista. En el momento en que preguntó por la silla, llevaba dos botellas de cerveza entre los dedos pulgar, índice y corazón de la mano izquierda y, en la derecha, dos vasos desechables uno metido dentro del otro.

Como no tengo el talento, la gracia ni las amistades para vivir de escribir (aún), y como se sabe que tal privilegio está reservado solo para algunos escritores afortunados, yo debo trabajar en algo que me permita pagar las cuentas; y esa es la razón por la que vine hasta aquí haciendo las veces de ingeniero en esta pequeña ciudad costera. Pero ya he terminado la jornada de hoy y por eso miraba al mar mientras bebía una coca cola. Pero ya lo ve usted, he tenido que interrumpir por un momento ese pequeño ejercicio de inspección individual para indicarle a esta recia señora que no hay ningún problema en que tome esa silla o cualquiera de las otras que están por aquí, que en estas latitudes no es necesario tanto formalismo para esas cosas. Pero no dije palabra alguna; solo me limité a hacer aquel gesto que, pensándolo bien, me pareció un tanto grosero; sin embargo pienso que la sonrisa del final ─que debo decir que me sale bastante bien─ fue suficiente para suavizar la torpeza de mis manos.

Ella asintió y trazó un boceto de lo que pareció ser una sonrisa; puso las cervezas en la barra y luego acomodó los vasos, todavía uno dentro del otro, sobre el pico de una de las botellas; alejó de mí la silla por la que había preguntado y se sentó al tiempo que arrimaba otra al lado suyo.

La vista del mar desde el restaurante
Para el viaje por carretera que yo había acordado, me equipé con unas gafas oscuras, una lista de canciones lentas y unos audífonos con el objetivo de dormir las horas que me faltaban. Sin más formalismos que un apretón de manos y la instrucción de «hágale», el conductor puso el motor en marcha mientras yo me acomodaba en la silla del copiloto y cerraba los ojos.

Ahora acaba de llegar al restaurante un señor mayor con la cabeza repartida entre la calvicie y las canas, con bermudas y sandalias, y se sienta junto a la señora recia de cabellos rubios. Tras dos monosílabos en aquel mismo idioma incomprensible, ella desencaja los vasos y sirve en cada uno la mitad de una cerveza. Yo tomo otro sorbo de coca cola y sigo mirando al mar.

A la media hora de trayecto el puesto se me hizo incómodo en medio del sueño y unas incipientes gotas de sudor me empezaron a poblar la frente y el bozo: me despertó el calor. El conductor, aún con los vidrios cerrados, había apagado el aire acondicionado porque, según explicó, le parecía que yo tenía frío. Primero pensé que el del frío era él; luego pensé que tal vez buscaba ahorrar combustible; pero fue al poco rato que descubrí sus verdaderas razones: esos treinta minutos de mutismo absoluto habían sido una verdadera hazaña en aquel hombre de una locuacidad patológica. Se moría por hablar y no encontró otro método para calmar su ansiedad que cortarme el suministro de confort.

Washington, el conductor
El hombre mayor que está sentado a la izquierda de la señora recia, después de beber un trago largo de cerveza, se dispone ahora a prender un cigarrillo que saca de una cajetilla que guarda en el bolsillo de su camisa también de flores de colores. La señora hace lo mismo. Estos no se andan con cuentos; no les interesa en lo absoluto si el humo me incomoda; supongo que es una conducta natural en aquellas lejanas tierras de las que son oriundos. No deja de resultar curioso, sin embargo, que se hayan esforzado en preguntar si podían tomar una silla en un restaurante donde hay un solo comensal y decenas de sillas libres, pero no para averiguar si el humo me molesta aún cuando están sentados a menos de dos metros de mí.

Sin un ápice de vergüenza y sin dejar espacio para el reclamo, el conductor de cabellos de plata y de aspecto pulcro y bonachón que me hizo recordar a Daniel Santos, comenzó a hablar, sin pausa, de todas las cosas del mundo. De la situación política latinoamericana; de lo mal que va la economía local; de lo bien que van las carreteras, aunque aún les falta; del mundial de fútbol; de las cosechas de mango; que debería probar los mangos de la región; que el bolero es un burdo intento de africanizar el tango; que Nebraska ganaría el Oscar a mejor película aunque confesó no haber visto ninguna de las otras nominadas; que el color amarillo era su favorito y que esa había sido la principal razón para volverse taxista. En fin, solo dejó de hablar, hora y media más tarde, cuando le dije que hiciera un alto en la vía para invitarle el desayuno.

El desayuno. Plátano verde frito machacado con chicharrón y queso

Aunque no me gusta el humo del cigarrillo de todas maneras les habría dicho a este par de extranjeros que no es una molestia; claro, eso si hubieran tenido la delicadeza de preguntar, o por lo menos de hacer aquella mueca que no requiere de palabras y que va quedando grabada en los músculos faciales de los asiduos fumadores cuando se disponen a encender el primer cigarrillo en medio de un grupito de personas.

Cuando llegamos a la entrada de la ciudad el taxista me hizo algunas recomendaciones finales: visitar playa murciélago y el muelle; probar el plato típico de la región, el camotillo frito; y que me refrescara en el Bar-Budo con un par de cervezas porque el trabajo no lo es todo en la vida.

Playa Murciélago
Esa falta de delicadeza de esta pareja de extranjeros soplando ese gastado humo que transmuta la brisa en una pequeña niebla tóxica que llega de lleno a mis ojos y a mi nariz, me da licencia moral para interrumpir su idílico mundillo de nicotina con una banderilla impertinente que enfilo primero en la mente y ejecuto después de forma chapucera con la lengua en rudimentario inglés: «excuse me, sir. Do you speak english?».

La noche anterior, luego de mi jornada de trabajo y para atender las recomendaciones que el conductor me había dado, averigüé en el lobby del hotel por un buen restaurante que además quedara cerca del Bar-Budo. Para resumir diré que el restaurante que me recomendaron se llama «Oh Mar» pero la especialidad es la parrilla, y el Bar-Budo es un local de cervezas atendido por una mujer de bozo lampiño. A pesar de ello pude probar el camotillo frito y pude refrescarme en la soledad de cuatro cervezas.

Vista al muelle
«Few words» es la respuesta seca y perezosa que me da aquel señor mayor que ahora sacude las cenizas del cigarrillo bajo el barranco sobre el que está encaramado este restaurante cuya atracción principal es esta barra que domina al oceáno. Sopla nuevamente el humo que me pica en la nariz y bebe otro trago largo de cerveza. La mujer recia y entrada en años le sirve en el vaso la mitad restante de la botella. Yo bebo otro sorbo de coca cola y mastico un trocito de hielo con el ánimo de apagar el fuego en las mejillas por la mentira que estoy a punto de soltar. Un segundo más tarde en mi pedregoso inglés le digo que soy un joven escritor Colombiano y que me gustaría conocer sus impresiones de la ciudad. La señora que hasta este momento había estado indiferente, gira hacia mí su cabeza con atención sosteniendo aún entre los dedos el cigarrillo que ya la brisa le ha apagado
.
Washington, el conductor.

 «Sure, ask» dice el señor en su estilo hermético de dos monosílabos por frase. La señora permanece callada. Entonces lo animo a que me diga los motivos que los traen de visita. Otros dos monosílabos demoledores es lo que recibo por respuesta: «beach, cheap». Le pregunto entonces si su estadía ha sido placentera. «Yes, sir» me contesta, sacude de nuevo las cenizas del cigarrillo y toma otro trago lento y largo. Yo finjo tomar notas. Por lo pesado del acento y buscando darle fin a tan tortuosa conversación me aventuro a conjeturar sobre el origen de estos dos turistas. Les pregunto entonces si es que vienen de Rusia. La señora que hasta hace un momento me miraba atenta, voltea brusca su cara hacia el mar, el señor visiblemente alterado endereza su postura, le pega una última chupada al filtro del cigarrillo, bota el cabo aún encendido con fuerza hacia el barranco que termina en playa y por primera vez rompe su fórmula de los dos monosílabos de rigor y me dice levantando el tono y con los ojos rojos: «we’re from Kiev, fuck Russia».

Apuro mi coca cola, pido la cuenta, cierro mi libreta, les doy las gracias, les pido excusas y entiendo mucho más claro ahora todo aquello que me costó tanto en mis antiguas lecciones de escuela, porque finalmente pude vivir en carne propia lo que significa la expresión «las tensiones de una guerra fría».

viernes, 14 de marzo de 2014

Manual para bailar champeta

Aquellos que poco entienden de la armónica relación que hay entre caderas, cintura, hombros, rodillas y pies con la música, piensan que, como el merengue, la champeta es un feliz alivio para las carencias rítmicas; es decir, que se puede bailar como a uno le dé la gana. Y no voy a decir que no, porque la música no es como la explican los expertos sino como uno la sienta; así que cada quién puede mover el cuerpo como bien le parezca para tratar de seguir el ritmo.

Pero, si bien con la champeta o el soukous se pueden improvisar gran cantidad de movimientos para marcar el compás, esa no es razón suficiente para decir que se está bailando champeta; en el mejor de los casos será moverse al ritmo de ella, tal como cualquiera también puede moverse al ritmo del tango, con una diversidad de movimientos más o menos acertados, cuando se sabe que hay unas pocas exactas formas para bailarlo del modo correcto.

Lo que yo pienso es que el baile de champeta es menos una secuencia estricta y complicada de pasos y más una manera de encarar la música. Porque, si uno está atento, puede notar que este baile es en esencia un arte minimalista. Salvo por algún entusiasmo, normalmente de tipo juvenil o foráneo, los bailadores se mueven solo lo necesario sin grandes alardes estrafalarios; y es que si uno se mueve demasiado se empieza a escapar la música por la piel; es como querer devorar un pionono al primer bocado o besar de afán al amor de su vida. En la champeta, como en la vida, el afán es inconveniente.

Lo bueno, como he dicho, es que no son muchos los movimientos; lo malo, sin embargo, es que al ser pocos, estos deben estar cargados de swing, deben ser contundentes y precisos, armónicos y elegantes, como cada palabra de un poema bueno.

Algunos pensarán que es un baile imposible porque tal vez han visto a grupos de hombres y mujeres rebotando en un raro movimiento que consiste en juntar los pies en puntas flexionando ligeramente las rodillas para luego, con un pequeño brinco, desplazar simultáneamente el pie derecho al frente apoyado sobre el talón y el izquierdo hacia atrás. Todo esto a gran velocidad. Después, en menos de un parpadeo, juntan de nuevo las puntas de los pies en el centro y, con otro brinco similar al primero, alternan la dirección de los pies donde el izquierdo pasa al frente y el derecho a atrás, y así en ciclo frenético hasta que se agote la canción o hasta que se agote el maromero. Tranquilo: eso, aunque vistoso, no es bailar champeta; es moverse al ritmo de ella.

Repito, cada quién puede moverse como quiera, pero, así como el bolero, la champeta está pensada para bailarse en pareja. Me explico. En primer lugar la champeta tiene sus orígenes en África y allí la gran mayoría de las canciones en ritmo de soukous son en realidad de corte romántico; y bien se sabe que las canciones románticas están hechas para disfrutarse entre dos. Lo segundo es que cada una de estas canciones Africanas tiene una duración aproximada de ocho minutos. ¡Ocho minutos! Esto me da la razón por partida doble, pues quién rebote en movimientos rápidos todo ese tiempo, acabará agotado a la segunda canción; luego, si quiere seguir de fiesta, tendrá por obligación que bajar el ritmo. Por otra parte bailar en solitario por ocho minutos ofende al sentido común. Pienso por ello que en las fiestas electrónicas se necesita, además de la música, de alguna sustancia psicotrópica para refundir en la consciencia el hecho de tener que bailar solo toda la noche.

Venía diciendo que la clave de este baile está en el swing. Entiéndase el swing como aquel estado del alma en que la inteligencia corporal cinestésica se materializa luego en suaves movimientos que se ajustan sin sobresaltos a la música. Por ende, lo que en el caribe llamamos swing, es primero un estado de la mente y después una expresión del esqueleto. Aquí la técnica es secundaria. Las mejores técnicas del ballet se quedan cortas si lo que se busca es cuadricular el baile de champeta en términos de contar los compases, del un-dos-trés o de la jerga propia de los bailarines profesionales. En ese aspecto la champeta es mucho más simple.

Para entender el swing piense por un momento en el movimiento que hace un péndulo de un reloj antiguo. Ahora quítele el tic tac. Relaje los hombros y el cuello. Siga al péndulo del reloj con la cabeza, pero no mueva el cuello hacia la izquierda y la derecha; inténtelo moviendo la cabeza de tal manera que de forma alternada suban y bajen las orejas con cada oscilación. En ese estado de movimiento, eche los hombros ligeramente hacia atrás, adelante la pierna izquierda y apoye su peso sobre la derecha. Relaje el área de la cintura y siga con ella también al péndulo, pero no la mueva de lado a lado, ni de adelante hacia atrás, ni de forma circular como quien equilibra un aro; intente en cambio moverla suave sobre su eje, girando las caderas primero en sentido horario y luego en sentido antihorario según la oscilación del péndulo imaginando en este caso que las manecillas yacen a sus pies. En este punto no reprima el movimiento de las rodillas pero tampoco deje que se salgan de control. De paso vaya dejando de lado los pensamientos de que todos se tienen que enterar de sus viajes, que si tiene que sacar pecho por la visa americana, que si habla varios idiomas, que si tiene finca o caballos, que si tiene acciones en algún club, que si enlaza sus dos apellidos agregando un guión en la mitad, que si compra en Miami y no en tierra santa, que si compra original o pirata, que si va a conciertos, que si tiene carro último modelo; pues estas cuestiones intrascendentes tienen gran impacto negativo sobre la efectividad del swing.

Finalmente, sin olvidar las instrucciones previas,  flexione su brazo dominante en un ángulo de cuarenta y cinco grados, y el otro en un ángulo de setenta grados; no tiene que ser exacto; luego, en armonía con el resto de sus partes en movimiento, balancee los brazos suave y en simultáneo a lado y lado del cuerpo. Si cuenta con un toque de coordinación extra, puede intentar chasquear los dedos de la mano diestra. Si todo le salió bien, en este punto debe sentirse más liberado, relajado y contento aunque no sepa bailar champeta aún. No se preocupe por eso: ya dio el primer paso y va por buen camino.

Practique con esmero estas sencillas lecciones por dos semanas. Cuando haya dominado con cierta soltura la técnica del swing, por favor pase de nuevo por este espacio para darle las siguientes instrucciones.

martes, 11 de marzo de 2014

Crónica de una rutina de infancia

I
Mi madre me levantaba a las cinco de la mañana. Era una tortura diaria que me colgaba de la nuca y de los párpados. Lento y casi a oscuras caminaba hasta el baño cargando una silla plástica que colocaba debajo de la ducha y allí me sentaba, medio dormido, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha a que me cayera el agua en la espalda. Al rato oía desde la planta baja de la casa el primer grito de «apúrate» y era en ese momento que medio me despertaba para terminar de bañarme.


Mi padre, que era quién solía llevarme al colegio, había muerto el año anterior y por esa razón mi madre, desde el mismo instante del sepelio, se dio a la tarea de enseñarme a desenvolverme en esta ciudad de escasas avenidas y millares de callejones asimétricos; de direcciones de nomenclatura críptica que solo existen para asuntos formales, pero que en la práctica no le sirven a nadie para orientarse porque la realidad es que en esta ciudad, las direcciones que la gente conoce, siempre están ligadas a los detalles y accidentes de la geografía urbana: «El Socorro, por el sector de los tres postes, diagonal a la tienda de carpa roja y, cuando estés por ahí, pregunta por mí»; y, para colmo, rematan estas indicaciones con un broche magnífico: «eso no tiene pierde».


Luego de salir del baño me sentaba en la cama con la luz apagada y me echaba hacia atrás hasta quedar recostado con la esperanza de arrebatarle al sueño algunos minuticos más. Allí oía un segundo grito de «ya es tarde» que era la marca para empezar a vestirme a las carreras. El uniforme del colegio parecía mas bien un disfraz de pensionado: zapatos de cuero con cordones negros lustrados desde la noche anterior; un pantalón de terlenca azul turquí con pliegues al lado de los bolsillos; un cinturón delgado de cuero que apenas si cabía por los ojales estrechos; medias de surcos del mismo color del pantalón y una camisa blanca de manga corta, perfectamente planchada, con un bolsillo pegado a la altura del corazón y el escudo del colegio cosido en la manga del mismo lado.



II
Vaya con Dios, era lo que me decía mi madre después de haber terminado el desayuno. Y era mejor que así fuera porque para un niño no hay mayor temor que alejarse de la casa por un camino largo y oscuro. Tan temprano salía que ni las eternas viejas chismosas habían sacado aún sus despelucadas escobas a la calle con el pretexto de barrer el frente de sus casas mientras buscaban enterarse, aguzando el oído, de las minucias cotidianas del resto de la humanidad, porque es en el aire fresco de la mañana donde mejor se transmite el sonido. Por ello, hay que ver con qué alegría madruga una chismosa.


La ruta que me servía era la del sector Olaya Herrera que en ese tiempo contaba con una flota de buses grandes y ruidosos, con capacidad para unos cien pasajeros sentados, y de pie hasta donde el espacio del bus y la elasticidad de la gente diera. Lo normal era que esos límites fueran los estribos mismos de las puertas siempre abiertas. No era difícil encontrar que en el último asiento, en lugar de la cojinería habitual, el bus tuviera todo un juego de bocinas sonando las canciones de moda a un volumen que hoy califico de muy alto para un oído decente, pero que en aquella época me encantaba. Lo sorprendente no era tanto la cantidad de bocinas en la parte de atrás del bus, sino que no eran las únicas. Incrustadas en el techo, a una razón de dos bocinas por cada cuatro filas de asientos, podían contarse entre ocho y diez más; y, como en el caribe muchas bocinas no son suficientes, el puesto del conductor tenía también otras tantas ubicadas en una consola de madera contra el parabrisas, decorada con colores, figuritas y espejos, que alojaba además al pasacintas y a un minúsculo ventilador eléctrico para refrescar al conductor en las horas más pesadas del día.


Esta era la jornada más triste. Y no porque tuviera que alejarme de mi casa o de mi madre ─cosa que es inevitable cuando se busca el progreso─ sino por la madrugada. Esa cruel madrugada que, aún hoy, se me convierte en dolor físico, en opresión en el pecho, en ganzúa que se agarra de los huesos, que me pone la piel de gallina y que me desgarra la esclerótica en finos y serpenteantes latiguillos rojos.



III
Los buses de Olaya eran de un andar paquidérmico en la primera parte del recorrido, mientras lograban llenar el cupo que les imponía la necesidad del centavo. Luego, por la urgencia de cumplir con el tiempo del reloj controlador de turnos, se desataban en una feroz carrera ignorando transeúntes, vehículos, el trazado de la vía, las leyes físicas y el sentido común. Todo eso en un lapso aproximado de tres minutos aterradores. Cumplido ese plazo el conductor disminuía de nuevo la velocidad y en ese instante el “sparring” ─que era un ágil y menudo ayudante colgado del estribo de la puerta trasera─ se lanzaba desde el bus aún en movimiento hacia la acera, en chancletas y con el pantalón enrollado en las canillas, y salía disparado esquivando perros, postes y peatones apurando cada zancada para poder entregar, en el último segundo, la tarjeta al funcionario del reloj de turnos para que imprimiera la marca de la llegada a tiempo, evitándose así sanciones en el próximo recorrido.


Después de eso volvían al mismo paso cuasi estático para seguir embutiendo pasajeros hasta el final del trayecto de dos horas. Sin otra alternativa y sin mayores distracciones en un paisaje de decadencia y pobreza en la ventana, me dormía contra el vidrio. Al llegar al final del recorrido me despertaba sobresaltado por los silbidos de los vendedores de café, por los timbres desafinados de los panaderos a bicicleta, los pregones de los loteros y por los trinos de las Mariamulatas.

Allí empezaba a zigzaguear entre los callejones de la ciudad vieja dejando atrás la avenida Venezuela, tomando la calle del boquete, girando a la izquierda hacia la calle de la moneda, de nuevo a la derecha para atravesar el parque Fernández de Madrid, de nuevo a la izquierda para pasar por el lado de las grandes puertas de la iglesia Santo Toribio, me encontraba de frente con los apurados estudiantes de arquitectura ataviados de planos, maquetas y escuadras, y, con otro giro a la derecha, terminaba frente al portón blanco del final de la calle del tejadillo. Respiraba la última bocanada del aire salado filtrado por las garitas de las murallas y entraba con resignación a un aula de veintisiete pupitres diestros y dos zurdos, dos tableros verdes, una mesita por escritorio y, en lugar de paredes a los lados, dos grandes arcos coloniales como gigantescas ventanas sin cristales.



IV
Allí yo era una mosca en leche. Un muchachito tímido y humilde en un colegio de ricos porque mi padre se empeñó en que así fuera. Porque él tenía la convicción de que, pagando más, yo aprendería mejor, y en parte era cierto si de libros se trataba. Tal vez pensó que esas lecciones de calle que a él tanto le sirvieron para forjarse solo, para sacar la voluntad de estudiar, lograr su tardío título de bachiller, levantar un negocio y sostener a su familia, no eran el método más apropiado para su hijo pequeño. Sé bien por dónde iban sus intenciones, pero otra cosa era ponerme allí, en un lugar que no era el mío y en el que no encajaba. No anticipó, sin embargo, que sin él yo tenía que seguir viviendo y cargando ese dolor de muerte que ningún libro te enseña a llevar. Ninguno. No anticipó tampoco que, de todas formas, terminaría matriculado a medio tiempo en las calles destapadas de arenilla rojiza donde aprendí a fajarme a golpes con los abusones, a pedir rebaja en las carretas de plátano y yuca, a bailar trompo y elevar cometas, a hablar de tú a tú, a conocer a los malandros, tratarlos a la distancia justa y salir ileso, a ser el apoyo de mi madre y a andar en los buses del barrio más peligroso de la ciudad.


Entonces escuchaba cada lunes las historias de mis compañeros de pupitres. Sus paseos al club de pesca, sus comidas exóticas, sus carros de lujo, sus juguetes espléndidos, sus planes de vacaciones en el exterior. Yo por mi parte les contaba con la mayor naturalidad las peleas de mis vecinas, las andanzas de los marihuaneros, mis partidos de béisbol descalzo y en plena calle. Les contaba de las inundaciones cuando llovía, de los picós que se escuchaban a quinientos metros de distancia, de mis habilidades para romper botellas con una honda; y todos me escuchaban con la boca abierta como si mis historias vinieran de otro mundo. Y en efecto era otro mundo. El mundo de mi infancia de felicidad gigante, pero siempre incompleta.


A la una y media salía de estudiar y, si no me quedaba jugando ajedrez con los pensionados, tomaba nuevamente el zig zag que me llevaba hasta el monumento a la India Catalina. Allí me subía a otro bus de Olaya y me compraba un patacón frío. A la altura del mercado de Bazurto la agonía hecha un nudo de plátano verde en el esófago me obligaba a comprar una bolsa de agua que un sudoroso vendedor sacaba de un balde amarillo y sucio. Aliviado de mi agonía me dormía en el bus; y, si me despertaba a tiempo, me bajaba unas 8 cuadras antes solo para pasar por el frente de la casa de mi amor de esa época cuya puerta siempre encontré cerrada; cuando no me despertaba a tiempo, que era casi siempre, entonces allá donde se acaba la ruta de los buses el “sparring” me levantaba con una palmada en el hombro. Allí, con 34 grados celsius, emprendía a pie el regreso de unos 3 kilómetros hasta mi casa.

En la mitad del camino paraba en la casa de Abel y su mamá, acostumbrada ya, me ofrecía siempre un vaso de jugo de guayaba agria. Me preguntaban por mi mamá y yo les respondía que muy bien, que muchas gracias. Hoy mi madre levanta a mi hija a las cinco de la mañana para ir al colegio. A lo lejos, desde mi sueño, oigo de nuevo los gritos de «apúrate» y «ya es tarde» con esa misma voz casi inexistente. Increíble que, desde aquel entonces y hasta hoy, donde mi deseo ha sido el de seguir durmiendo un poco más, ella, Fanny Nule, férrea, no ha faltado ni un solo día a su cita en la madrugada para ver que nada nos falte. Y así hace a diario y no ha habido argumento que la convenza de que estamos bien, que no es necesario, que no se preocupe, que mejor descanse. Por la mirada que lanza hemos aprendido que es mejor no tocarle ese tema. Ella describió esta forma de ser con unas palabras que me dijo cuando yo era un niño y que seguramente ya no recuerda: la amorosa agonía de ser madre.

jueves, 9 de enero de 2014

¿Whisky con hielo?

He visto en las frescas noches de Barranquilla algunos bares tipo pub con decorados y pisos de madera que, en protesta frontal al paso de la brisa, permanecen con puertas y ventanas cerradas; por ende, deben hacer uso de grandes sistemas de aire acondicionado para mitigar el subsiguiente calor. He visto en la cálida ciudad de Barrancabermeja algunas casas cuya arquitectura está diseñada para aguantar las gélidas temperaturas escandinavas; incluso sus techos están diseñados para que la nieve pueda deslizarse con facilidad. He visto a entusiastas muchachos Cartageneros, fanáticos de la cultura hip hop, caminando sudorosos debajo de pesadas chaquetas de grandes letras y usando pasamontañas con 32 grados celsius. Y he visto también a criollos pontificando de la correcta manera en que se debe tomar el whisky.

Somos muy dados a tomar postulados populares como verdaderos sin tomarnos el trabajo de verificar. Es así como hemos extendido el mal uso de las palabras "cursi" o "bizarro" a pesar de contar con diccionarios online. También le hemos atribuido la frase "el fin justifica los medios" a Maquiavelo sin haber leído siquiera El Príncipe. De igual manera nos hemos burlado de "es mejor ser rico que pobre" de Pambelé aunque Alberto Salcedo Ramos, profundo conocedor de la vida del Kid, haya desmentido este rumor en diversas ocasiones. Y es así como repetimos que el whisky se toma solo porque con hielo se arruina. 

Como yo no soy experto en nada, pero sí un poco observador, he visto la forma en que muchos de los que defienden este último postulado se toman el whisky: sacan la botella del congelador o del interior de un recipiente con hielo, sirven un trago corto en un vasito alargado y apuran el contenido directo hasta la garganta arrugando la cara por el picante amargo del alcohol, si se me permite la figura.

Pues bien, he consultado en internet la opinión de varios expertos. Lo que dicen, en resumen, es que el whisky se debe tomar es como a uno le dé la gana. Cosa que ya se sabía, pero ajá. Sin embargo cada uno de estos expertos abordan el tema en cuestión y exponen varios puntos. El primero es que ellos recomiendan tomar los dos o tres primeros tragos puros para sentir el sabor original de la barrica; luego recomiendan agregar un poco de agua mineral con el objetivo de que el whisky se "abra" y deje apreciar nuevos matices, aromas y sabores. No sé si me equivoque, pero si uno se toma un trago de whisky de la forma en que lo describí hace un momento, está más que claro que se está muy lejos de apreciar cualquier matiz, sabor o aroma. De hecho, después de la segunda botella no se alcanza a apreciar siquiera el estado propio de consciencia.

Lo segundo es que a muchos de los whiskys, los de mayor nivel de alcohol, les agregan agua en las propias destilerías antes de embotellarlos para bajarles la concentración y "abrirle" matices. Es decir, que desde antes de abrir la botella ya se les ha caído el argumento a los eruditos de cartón.

Por último los expertos concluyen que, en efecto, con hielo el whisky pierde su fuerza en cuanto a matices, sabor, aroma y hasta el color. Pero ojo, no pierde fuerza porque el hielo se diluya en él, sino porque le baja la temperatura. Es la temperatura lo que arruina el whisky. Entonces bien pueda estimado amigo, saque la botella del congelador, póngala 2 minutos a fuego lento en un baño maría y siga pontificando que "el whisky se toma solo porque con hielo se arruina".

jueves, 26 de diciembre de 2013

El Picó de Rodolfo Murillo

En cada casa había un aparato de música. Desde grabadoras estéreo y radios monofónicos, hasta pequeños radios de bolsillo a baterías. Era una época en la que nos faltaba de todo, excepto la música. Música popular de radio estaciones o de viejas cintas de cassettes que iba por el aire saliendo por puertas y ventanas para juntarse con el olor a manteca caliente.

En esa época de carencias en donde todos teníamos -cuando mucho- una grabadora escueta, Rodolfo Murillo tenía, en cambio, un equipo de sonido completo y una colección de discos de vinilo. Era una máquina de un elegante acabado de aluminio; con controles analógicos de perilla; con dos líneas horizontales y paralelas de luces verdes, amarillas y rojas para indicar la intensidad del sonido; con dos baffles equipados cada uno con dos parlantes de 10 pulgadas y una pequeña bocina de brillo. Era una belleza, sin duda, pero no le alcanzaba para ser un picó.

Rodolfo Murillo, que es un tipo espigado y que por aquellos tiempos podía estar en la mitad de los 30 años, es además un hombre de hogar, alegre, comedido y poco bebedor. Pienso por eso que su afición era más la de ser un administrador de discos que la de ser el propietario de una potente máquina de volumen ensordecedor.

Esto lo llevó a decorar con estridentes colores fosforescentes las tapas de tela que cubrían sus modestos parlantes con la silueta de una pareja fundida en el singular baile de la champeta. También mandó a instalar un doble tocadiscos con luces alrededor y una tapa protectora en cuyo espejo interior se podía leer su nombre de batalla en encendida caligrafía picotera: "El Gran Rodo". Ese picó a escala, modesto, que era su orgullo y su alegría, era también nuestro picó.

Y era nuestro porque Rodolfo, auspiciando el desenfreno juvenil por el baile, todos los viernes sacaba a la puerta de su casa los coloridos baffles de "El Gran Rodo" para armar una verbena infantil, solo para nosotros, en donde él mismo fungía de picotero, que es como los champetúos le llamamos a los disc jockeys.

Por la aguja del tocadiscos, que llevaba encima una moneda para darle peso, sonaban las canciones del Joe Arroyo, los éxitos Africanos en ritmo de soukous, los arreglos de trompetas de Richie Ray, los aguinaldos puertorriqueños de Héctor Lavoe, la salsa de El Gran Combo, la voz de Tito Gómez y las canciones de Ana Gabriel. Como lo lee: las canciones de Ana Gabriel en medio de una fiesta Caribe.

Y éramos pequeños hombres y mujeres bailando por horas hasta que nuestros padres nos llamaran a gritos desde la verja de las casas porque ya era momento de dormir. Bailábamos sin más combustible que la música y sin ventiladores en medio del calor con el ritual conservador de la época: Las niñas, con los brazos extendidos, ponían la palma de las manos en los hombros de los niños; con esa distancia los niños ponía la palma de las manos en la cintura de las niñas y, acoplados en el baile, nunca se miraban a los ojos.

Pero era esa la precisa razón para que allí estuvieran, coladas en el baile, las canciones de Ana Gabriel. Porque con ellas teníamos una especie de licencia tácita para romper el protocolo conservador de aquel baile a distancia. Y entonces, por esos tres minutos y medio que duraba la canción, podíamos acercarnos hasta nuestra pareja de baile y abrazarnos para mecernos apenas de lado a lado con el ritmo lento de la balada, para juntar nuestras mejillas mojadas de sudor, para sentir la danza en las caderas, para ser grandes por un momento y, a veces, para jurarle amor eterno al oído de aquella que había bailado con uno varias canciones africanas de duración eterna solo para esperar el turno fugaz de un abrazo completo por cuenta de Ana Gabriel. Es por eso que guardo un lugar especial en mi corazón para aquella mexicana que no tiene idea de cuan feliz me hicieron sus canciones alguna vez.

Hace rato que me alejé de las calles polvorientas de mi infancia y pocas veces he vuelto a andar por ellas. No sé qué habrá sido del legendario picó de Rodolfo; no sé si, como Ana Gabriel, él tampoco tiene idea de la cantidad de niños a los que alegró y nutrió con su música. En esa época en la que nos faltaba de todo, nosotros teníamos el picó de Rodolfo Murillo.