lunes, 5 de enero de 2015

Luces que son puentes

Con las puntas de unas tijeras va rizando un trozo de cinta roja y dorada que poco a poco va tomando la forma de una flor. Ella me mira, sonríe y me corrige: no es una flor; es un lazo. Estimo que le tomará toda la tarde completar los que le faltan. Dice que le invertirá el tiempo que sea necesario. Entonces levanto los ojos y al verla a contraluz, seria y rodeada de cintas, escarcha, renos de felpa, guirnaldas y luces, noto que la navidad ha llegado este año a mediados de un noviembre frío que es ajeno a nuestra manera de celebrar. Percibo en su forma de decorar, tan meticulosa y dedicada, un silencioso ritual que busca paliar la amarga nostalgia de saberse lejos.
Mis torpes manos de elefante, que apenas si me alcanzan para teclear sin confundir las letras, no pueden ayudarle en esa fina tarea. Me limito entonces a aportar con fuerza física donde el talento no cabe, y con un poco de vigor en actividades secundarias. Eso quiere decir levantar y mover cajas, sostener las tiras de luces para que no se enreden, buscar y conectar las extensiones eléctricas y dar un benévolo concepto en caso de que ella lo pida. En resumen mi labor es sostenerle el andamio mientras ella se encarga de llenar de luz y color lo que hasta ayer era gris.
Es que en nuestra memoria la navidad es diferente. Es una navidad de casas apretadas. Con cadenetas de colores que cruzan la calle de lado a lado, de una casa a la de enfrente, hasta formar un techo discontinuo, ondulante y translúcido que va de una esquina a la otra dejando con el sol un mosaico multicolor a lo largo del pavimento. Una navidad donde se pintan de blanco los bordes de las aceras y los postes de luz. Una donde cada tantos metros se dibujan un par de campanas. Una donde los vecinos ponen canciones navideñas y regalan comida. Es decir, la navidad que tenemos en la memoria es de un ambiente sencillo y cotidiano que resulta de una voluntad colectiva y simple.
Pero ahora, con los años que llevamos aquí, nos parece que los únicos indicios de que la navidad ha llegado son las luces intermitentes y los arbolitos decorados que se alcanzan a ver allá detrás de las ventanas remotas y desconocidas; bueno, también lo son las novenas sin niños y la imposibilidad de conseguir taxis. Es un desencanto que se entiende mejor con cifras: este es un conjunto de cinco torres, cada una de diecisiete pisos y en cada piso hay cuatro apartamentos; saquen la cuenta. Y dentro de esa mole de vidrio, cemento y luces, en la nochebuena pasada, no habían más de tres apartamentos con música y vida. Son costumbres, es cierto; pero no son las nuestras.
Por eso en esta tarde que se va cerrando prematura con el sol de las cinco y media, aquí adentro, lo que era un reguero de cintas, renos, guirnaldas y luces, ahora son, por obra suya, una pequeña maravilla que alivia el pecho y que empuja hacia afuera ese gris que busca encajarse en los huesos. Ella no lo nota, pero cuando cuelga el último lazo una sonrisa se le asoma por sus labios de negra. Con esa misma sonrisa mira complacida cómo le ha quedado todo. Y yo aquí, en silencio, siento que no necesito nada más porque con esa sonrisa suya, con esa sola sonrisa, sé que en realidad no estoy tan lejos.

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