martes, 11 de marzo de 2014

Crónica de una rutina de infancia

I
Mi madre me levantaba a las cinco de la mañana. Era una tortura diaria que me colgaba de la nuca y de los párpados. Lento y casi a oscuras caminaba hasta el baño cargando una silla plástica que colocaba debajo de la ducha y allí me sentaba, medio dormido, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha a que me cayera el agua en la espalda. Al rato oía desde la planta baja de la casa el primer grito de «apúrate» y era en ese momento que medio me despertaba para terminar de bañarme.


Mi padre, que era quién solía llevarme al colegio, había muerto el año anterior y por esa razón mi madre, desde el mismo instante del sepelio, se dio a la tarea de enseñarme a desenvolverme en esta ciudad de escasas avenidas y millares de callejones asimétricos; de direcciones de nomenclatura críptica que solo existen para asuntos formales, pero que en la práctica no le sirven a nadie para orientarse porque la realidad es que en esta ciudad, las direcciones que la gente conoce, siempre están ligadas a los detalles y accidentes de la geografía urbana: «El Socorro, por el sector de los tres postes, diagonal a la tienda de carpa roja y, cuando estés por ahí, pregunta por mí»; y, para colmo, rematan estas indicaciones con un broche magnífico: «eso no tiene pierde».


Luego de salir del baño me sentaba en la cama con la luz apagada y me echaba hacia atrás hasta quedar recostado con la esperanza de arrebatarle al sueño algunos minuticos más. Allí oía un segundo grito de «ya es tarde» que era la marca para empezar a vestirme a las carreras. El uniforme del colegio parecía mas bien un disfraz de pensionado: zapatos de cuero con cordones negros lustrados desde la noche anterior; un pantalón de terlenca azul turquí con pliegues al lado de los bolsillos; un cinturón delgado de cuero que apenas si cabía por los ojales estrechos; medias de surcos del mismo color del pantalón y una camisa blanca de manga corta, perfectamente planchada, con un bolsillo pegado a la altura del corazón y el escudo del colegio cosido en la manga del mismo lado.



II
Vaya con Dios, era lo que me decía mi madre después de haber terminado el desayuno. Y era mejor que así fuera porque para un niño no hay mayor temor que alejarse de la casa por un camino largo y oscuro. Tan temprano salía que ni las eternas viejas chismosas habían sacado aún sus despelucadas escobas a la calle con el pretexto de barrer el frente de sus casas mientras buscaban enterarse, aguzando el oído, de las minucias cotidianas del resto de la humanidad, porque es en el aire fresco de la mañana donde mejor se transmite el sonido. Por ello, hay que ver con qué alegría madruga una chismosa.


La ruta que me servía era la del sector Olaya Herrera que en ese tiempo contaba con una flota de buses grandes y ruidosos, con capacidad para unos cien pasajeros sentados, y de pie hasta donde el espacio del bus y la elasticidad de la gente diera. Lo normal era que esos límites fueran los estribos mismos de las puertas siempre abiertas. No era difícil encontrar que en el último asiento, en lugar de la cojinería habitual, el bus tuviera todo un juego de bocinas sonando las canciones de moda a un volumen que hoy califico de muy alto para un oído decente, pero que en aquella época me encantaba. Lo sorprendente no era tanto la cantidad de bocinas en la parte de atrás del bus, sino que no eran las únicas. Incrustadas en el techo, a una razón de dos bocinas por cada cuatro filas de asientos, podían contarse entre ocho y diez más; y, como en el caribe muchas bocinas no son suficientes, el puesto del conductor tenía también otras tantas ubicadas en una consola de madera contra el parabrisas, decorada con colores, figuritas y espejos, que alojaba además al pasacintas y a un minúsculo ventilador eléctrico para refrescar al conductor en las horas más pesadas del día.


Esta era la jornada más triste. Y no porque tuviera que alejarme de mi casa o de mi madre ─cosa que es inevitable cuando se busca el progreso─ sino por la madrugada. Esa cruel madrugada que, aún hoy, se me convierte en dolor físico, en opresión en el pecho, en ganzúa que se agarra de los huesos, que me pone la piel de gallina y que me desgarra la esclerótica en finos y serpenteantes latiguillos rojos.



III
Los buses de Olaya eran de un andar paquidérmico en la primera parte del recorrido, mientras lograban llenar el cupo que les imponía la necesidad del centavo. Luego, por la urgencia de cumplir con el tiempo del reloj controlador de turnos, se desataban en una feroz carrera ignorando transeúntes, vehículos, el trazado de la vía, las leyes físicas y el sentido común. Todo eso en un lapso aproximado de tres minutos aterradores. Cumplido ese plazo el conductor disminuía de nuevo la velocidad y en ese instante el “sparring” ─que era un ágil y menudo ayudante colgado del estribo de la puerta trasera─ se lanzaba desde el bus aún en movimiento hacia la acera, en chancletas y con el pantalón enrollado en las canillas, y salía disparado esquivando perros, postes y peatones apurando cada zancada para poder entregar, en el último segundo, la tarjeta al funcionario del reloj de turnos para que imprimiera la marca de la llegada a tiempo, evitándose así sanciones en el próximo recorrido.


Después de eso volvían al mismo paso cuasi estático para seguir embutiendo pasajeros hasta el final del trayecto de dos horas. Sin otra alternativa y sin mayores distracciones en un paisaje de decadencia y pobreza en la ventana, me dormía contra el vidrio. Al llegar al final del recorrido me despertaba sobresaltado por los silbidos de los vendedores de café, por los timbres desafinados de los panaderos a bicicleta, los pregones de los loteros y por los trinos de las Mariamulatas.

Allí empezaba a zigzaguear entre los callejones de la ciudad vieja dejando atrás la avenida Venezuela, tomando la calle del boquete, girando a la izquierda hacia la calle de la moneda, de nuevo a la derecha para atravesar el parque Fernández de Madrid, de nuevo a la izquierda para pasar por el lado de las grandes puertas de la iglesia Santo Toribio, me encontraba de frente con los apurados estudiantes de arquitectura ataviados de planos, maquetas y escuadras, y, con otro giro a la derecha, terminaba frente al portón blanco del final de la calle del tejadillo. Respiraba la última bocanada del aire salado filtrado por las garitas de las murallas y entraba con resignación a un aula de veintisiete pupitres diestros y dos zurdos, dos tableros verdes, una mesita por escritorio y, en lugar de paredes a los lados, dos grandes arcos coloniales como gigantescas ventanas sin cristales.



IV
Allí yo era una mosca en leche. Un muchachito tímido y humilde en un colegio de ricos porque mi padre se empeñó en que así fuera. Porque él tenía la convicción de que, pagando más, yo aprendería mejor, y en parte era cierto si de libros se trataba. Tal vez pensó que esas lecciones de calle que a él tanto le sirvieron para forjarse solo, para sacar la voluntad de estudiar, lograr su tardío título de bachiller, levantar un negocio y sostener a su familia, no eran el método más apropiado para su hijo pequeño. Sé bien por dónde iban sus intenciones, pero otra cosa era ponerme allí, en un lugar que no era el mío y en el que no encajaba. No anticipó, sin embargo, que sin él yo tenía que seguir viviendo y cargando ese dolor de muerte que ningún libro te enseña a llevar. Ninguno. No anticipó tampoco que, de todas formas, terminaría matriculado a medio tiempo en las calles destapadas de arenilla rojiza donde aprendí a fajarme a golpes con los abusones, a pedir rebaja en las carretas de plátano y yuca, a bailar trompo y elevar cometas, a hablar de tú a tú, a conocer a los malandros, tratarlos a la distancia justa y salir ileso, a ser el apoyo de mi madre y a andar en los buses del barrio más peligroso de la ciudad.


Entonces escuchaba cada lunes las historias de mis compañeros de pupitres. Sus paseos al club de pesca, sus comidas exóticas, sus carros de lujo, sus juguetes espléndidos, sus planes de vacaciones en el exterior. Yo por mi parte les contaba con la mayor naturalidad las peleas de mis vecinas, las andanzas de los marihuaneros, mis partidos de béisbol descalzo y en plena calle. Les contaba de las inundaciones cuando llovía, de los picós que se escuchaban a quinientos metros de distancia, de mis habilidades para romper botellas con una honda; y todos me escuchaban con la boca abierta como si mis historias vinieran de otro mundo. Y en efecto era otro mundo. El mundo de mi infancia de felicidad gigante, pero siempre incompleta.


A la una y media salía de estudiar y, si no me quedaba jugando ajedrez con los pensionados, tomaba nuevamente el zig zag que me llevaba hasta el monumento a la India Catalina. Allí me subía a otro bus de Olaya y me compraba un patacón frío. A la altura del mercado de Bazurto la agonía hecha un nudo de plátano verde en el esófago me obligaba a comprar una bolsa de agua que un sudoroso vendedor sacaba de un balde amarillo y sucio. Aliviado de mi agonía me dormía en el bus; y, si me despertaba a tiempo, me bajaba unas 8 cuadras antes solo para pasar por el frente de la casa de mi amor de esa época cuya puerta siempre encontré cerrada; cuando no me despertaba a tiempo, que era casi siempre, entonces allá donde se acaba la ruta de los buses el “sparring” me levantaba con una palmada en el hombro. Allí, con 34 grados celsius, emprendía a pie el regreso de unos 3 kilómetros hasta mi casa.

En la mitad del camino paraba en la casa de Abel y su mamá, acostumbrada ya, me ofrecía siempre un vaso de jugo de guayaba agria. Me preguntaban por mi mamá y yo les respondía que muy bien, que muchas gracias. Hoy mi madre levanta a mi hija a las cinco de la mañana para ir al colegio. A lo lejos, desde mi sueño, oigo de nuevo los gritos de «apúrate» y «ya es tarde» con esa misma voz casi inexistente. Increíble que, desde aquel entonces y hasta hoy, donde mi deseo ha sido el de seguir durmiendo un poco más, ella, Fanny Nule, férrea, no ha faltado ni un solo día a su cita en la madrugada para ver que nada nos falte. Y así hace a diario y no ha habido argumento que la convenza de que estamos bien, que no es necesario, que no se preocupe, que mejor descanse. Por la mirada que lanza hemos aprendido que es mejor no tocarle ese tema. Ella describió esta forma de ser con unas palabras que me dijo cuando yo era un niño y que seguramente ya no recuerda: la amorosa agonía de ser madre.

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