martes, 15 de enero de 2013

La vez que la vida se detuvo. (Anécdotas de infancia)


En el amague de pisar el acelerador y luego el freno inmediato y brusco  -con el afán de seguir embarcando pasajeros en donde no cabía uno más-  el conductor dictaba en la gente el ritmo hipnótico de resignación de aquel que sabe que de nada vale protestar ni pedir celeridad. Tan lento íbamos que podía ver a los transeúntes adelantar frente a mi ventana con la amarga sensación de que estábamos retrocediendo. Era de verdad una jornada agónica en mi desespero inútil; pero no había más alternativa, porque toda la zona era una larga procesión de buses repletos como en un entierro sin luto y sin muerto. Y así era a diario. 

Eran las seis y cuarenta de la mañana y yo iba muerto de sueño y de calor en un bus ruidoso, lento y lleno de gente y, como siempre, tarde.

Al llegar al final de la avenida Pedro Romero, que marca el inicio del mercado de Bazurto, la situación empeoró: el tráfico se detuvo por completo; pero en aquella ocasión era diferente porque no sólo el tráfico estaba detenido sino que la vida también lo estaba. Nada se movía, nadie respiraba, los conductores estaban impávidos fuera de sus vehículos, los vendedores ambulantes silenciaron sus pregones, no hervía el aceite en los calderos de las fritangueras y hasta en los puestos de agáchate del mercado los compradores permanecían erguidos. Sólo el reloj implacable y monótono seguía su marcha y, con él, mi desespero en aumento.

Todos miraban hacia el mismo lado, a la izquierda y hacia arriba convergiendo en una escalera de mano apoyada sobre un poste de luz. En el peldaño más alto se equilibraba un negro descamisado y con la piel brillante de sudor por los rayos de un sol incipiente que se alzaba enorme sobre el cielo como una gigantesca arepa de huevo. Con una mano se aferraba al poste de luz y con la otra sostenía por uno de los extremos una vara larga de madera que tenía enganchada, en el otro extremo, una jaula que encerraba un canario en uno de sus tres compartimentos. Los otros dos compartimentos de la jaula eran trampas de las cuales el hábil cazador ya tenía preparada una, con el objetivo de atrapar a un segundo canario que trinaba sereno y libre sobre la lámpara que corona al poste.

Era una danza de movimientos lentos, fluidos y acompasados, como una especie de Tai Chi Chuan tropical, cuyo objetivo era acercarse paulatinamente pero sin alertar al desprevenido canario. Era una danza serena de hamaca en trance, de lumbalú minimalista, moviendo sólo los músculos necesarios, goteando el sudor por el codo y con las venas a reventar en el brazo con que sostenía la vara. 

En un acertado movimiento final y ayudado por la persuación del canto del canario cautivo, el negro pudo atrapar al segundo canario que trinaba sereno y libre sobre la lámpara y esto desató un júbilo general, una lluvia de aplausos, una confusión de carros y gente, una algarabía omnipresente, una disonante sinfonía de cornetas de buses. En resumen la vida había vuelto, porque en el caribe lo asombroso nunca es suficiente sino que además las cosas, para hacerlas creíbles, hay que agrandarlas y mitificarlas, de tal forma que, a pesar de que todos habíamos visto la proeza, a los pocos segundos ya se manejaban segundas y terceras versiones dentro del bus en que íbamos. Que el negro era un experto hipnotizador de aves; que sostenía la vara con la boca; que ya no había capturado uno sino que en realidad fueron dos canarios; que en lugar de trampa lo agarró con sus propias manos; que yo sé dónde vive; que es el pretendiente de mi hermana; que no es tan bueno como creen; que no sabe tanto de pájaros; que yo cazo canarios también; que no fueron dos sino uno solo; que ese negro no fue sino aquel otro; que el segundo canario siempre estuvo en la jaula; que yo no vi a ningún canario ni a ningún negro...

Al final ni yo mismo estuve seguro si todo eso que vimos en realidad sucedió. Pero el reloj avanza y con él la vida, y yo aún iba tarde. Al bajarme del bus al final del recorrido lento y tortuoso, tuve que resolver el laberinto diario que son las callejuelas del centro de Cartagena de Indias; al alcanzar el final de la calle del Tejadillo, me encontré con que el blanco y frío portón de la entrada del colegio de la esperanza ya estaba cerrado, y no hubo forma, tal como me sucede hoy día, de que el celador me dejara entrar. Sin embargo me dio la opción de hablar con el rector para exponer las excusas de mi retraso.

A Don Jorge de Irisarri siempre lo recordaré por ese perfume inconfundible que no le puede pertenecer a nadie más. Sacó de su guayabera un pañuelo blanco con su monograma bordado, se quitó las gafas y limpió suavemente los lentes bifocales sin pronunciar palabra alguna. Se acomodó nuevamente las gafas y fue entonces que levantó la mirada, con la cabeza ligeramente inclinada y mirando por encima del marco de las gafas. Sudé frío. Quedé petrificado. Finalmente me dijo con voz cansada: joven, si viene con la misma historia del canario con que me han venido todos, mejor no diga nada y siga rapidito a su salón de clases.

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