viernes, 1 de agosto de 2014

La legalidad de la gente de amarillo

En la tribuna del estadio Metropolitano de Barranquilla, cubiertos con impermeables y entre una multitud de camisetas amarillas, estamos por fin mi mujer y yo. Es la tarde del seis de septiembre del 2013 y, aunque la lluvia se ha aplacado, todavía se ven algunas gotas rezagadas. Nuestros semblantes lucen alegres, pero en las manos sentimos la tensión de estos primeros minutos del partido de Colombia frente a Ecuador, en parte porque el marcador va igualado a cero sobre los riesgos e imprecisiones de un césped húmedo y, por otra parte, por la zozobra de estar ocupando unos asientos que no nos pertenecen.


A pesar de haber llegado con tiempo, nuestras sillas ya estaban ocupadas. Aunque no es norma que la gente ocupe asientos distintos a los asignados, no es costumbre en el caribe hacer reclamo por estas cuestiones. Nuestra urbanidad flexible dicta que uno debe buscarse otros asientos cercanos pero dejando claro, eso sí, que en el caso de que el legítimo titular llegue a reclamar su lugar, no queda otra opción que hacer lo mismo con los nuestros. Y esa es la razón por la que ahora estamos aquí, unos cuantos lugares más a la derecha y dos filas más arriba, en unos puestos ajenos. Estas pequeñas concesiones se conocen en la costa caribe con el nombre de «La Legalidad», que son simples y tácitos acuerdos colectivos para procurar el buen ambiente. Y es necesario hacer estas aclaraciones porque muchos de los espectadores que hoy asisten al estadio provienen de otras regiones del país trayendo consigo un estricto sentido del orden.


Más temprano, aún en Cartagena de Indias, cuando apenas salía el sol y con las esperanzas casi perdidas, buscábamos algún transporte que nos llevara a Barranquilla. Mi mujer ─morena alegre de sortijas alborotadas en el pelo─ me reclamaba impaciente por no haber conseguido pasajes desde ayer. Y es que no habían; y no hubo cómo convencerla. Pero si hay algo peor que una mujer dando cantaleta, es cuando después se queda callada, impotente, con la rabia bullendo por dentro y los ojos brillantes. Como la idea era no llegar a ese extremo, decidimos movernos para seguir con la búsqueda; porque una caminata de pasos rápidos es el terapeuta inmediato para el que está desesperado. No habíamos avanzado veinte metros cuando la legalidad vestida de amarillo nos lanzó un salvavidas: «¿necesitan transporte?». La pregunta llegó a nuestros oídos como la medicina al enfermo: un par de enamorados necesitaban dos pasajeros para conseguir lo del combustible y los suministros de su negocio de almuerzos, y a nosotros nos bastaba con un par de asientos cómodos. Fue así como llegamos a Barranquilla, hora y media después, en el asiento trasero de un Chevrolet Aveo.


Ahora estoy de amarillo; pero hace unas horas, en el almuerzo, todavía tenía puesta una camiseta negra. Las calles de Barranquilla eran de un amarillo unánime sin espacio para la vestimenta sobria. Por eso, con el doble propósito de mitigar, por un lado, los estragos digestivos del pastel de cerdo que acabábamos de terminar y, por el otro, de conseguir una camiseta amarilla, caminamos las doce cuadras que nos separaban de la calle 72. Hasta ese momento el sol era un látigo en la nuca, la humedad una cortina sofocante y mi estado físico una catástrofe de jadeos. Al llegar vimos que habían camisetas de todos los estilos, colores y precios. Habían camisetas de todo tipo, digo, excepto una de mi talla. Gordo no te preocupes que yo te la consigo; cógela suave y siéntate ahí que estás como sofocado; niño ponle el ventilador pa’ que se refresque... Y quince minutos más tarde ya tenía mi camiseta amarilla de la selección Colombia, idéntica a la original, por un precio diez veces menor.


No es un asunto sencillo ese de ganarse el sustento desde la calle. Los cronogramas, las proyecciones de ventas o las estrategias publicitarias no son las prioridades del que no ha conseguido aún lo del almuerzo bajo el sol demoledor de la una de la tarde. La etiqueta en la tela que otorga el pomposo calificativo de original, se vuelve allí un accesorio irrelevante; sin embargo, los más puristas defensores del orden moral se apresuran a poner en duda la calidad de los fanáticos rebuscando un paralelo absurdo entre la legítima pasión por la selección y la legítima procedencia de un trapo amarillo, escriturando el sofisma sobre una moralidad de cartón. Es que no han entendido que la legalidad a la que me refiero nada tiene que ver con leyes y juzgados. La legalidad de esta gente de amarillo, que por almacén tiene un cambuche de cañas y que te atiende como si estuvieras en la sala de su propia casa, es todo lo opuesto al mezquino arribismo exhibicionista de precios. La legalidad de la gente de amarillo es la alternativa para aquellos presupuestos que no califican en el almacén oficial del patrocinador; es decir, los de la mayoría.


Cuando el reloj daba las tres de la tarde, justo antes de entrar al estadio, se desató el peor vendaval que se haya registrado en los últimos diez años en Barranquilla, amenazando con la suspensión del partido. Se desbordaron los arroyos, se inundaron las calles, se estremecieron los muros. Fueron dos horas de férrea lluvia ininterrumpida de la que tuvimos que resguardarnos de emergencia bajo los altos techos de los locales de Metroplaza ─modesto centro comercial construido con el propósito de reubicar a los vendedores callejeros que ocupaban una acera cercana─. La electricidad se hizo intermitente. Los comerciantes apagaron los televisores y los equipos de sonido. Tuvimos, entonces, que aguzar el oído para seguir las noticias desde un radio de baterías en las manos de un viejo vestido de amarillo. Cuando anunciaron la retirada de la lluvia y el comienzo inminente del partido, salimos de Metroplaza hacia el estadio cubiertos con impermeables. El excelente estado de la cancha a pesar de la lluvia, contrasta de forma agreste con el barrial que hay en las afueras del estadio, y me pregunto si la legalidad de toda esta gente de amarillo será correspondida alguna vez por la legalidad oficial de estado.

Pero ahora la lluvia ya ha parado por completo. La tribuna es una sola fiesta amarilla. Los impermeables son ahora una bola de hule bajo los asientos. El balón rueda sobre la grama húmeda. El cronómetro completa los treinta minutos de juego. ¡Atención Colombia! El defensor colombiano Carlos Sánchez rechaza el balón con la cabeza. La pelota rebota cerca de los pies de Radamel Falcao García y, frente a él, una desordenada defensa trata de detener el ataque. La gente en la tribuna se levanta de sus asientos. Antes de que la pelota rebote por segunda vez, Falcao, con la gracia de un bailarín, se la pasa a Teófilo Gutiérrez. James Rodríguez se perfila raudo por la izquierda. El silencio se hace piedra en los labios. Teófilo la devuelve a Falcao con un toque sutil hacia atrás. La tensión en mis manos es insoportable. La pelota tímida va retrocediendo en pequeños botes mientras que Falcao, como un tigre a su presa, va a su encuentro calculando los diez pasos que necesita para patear con pierna derecha. El disparo es potente y certero abriéndose camino por treinta metros hacia el arco. El balón pica delante del portero y este lo rechaza con las manos hacia un lado. James Rodríguez, que nunca perdió de vista la pelota, se adelanta a la reacción de los defensores y saca un remate difícil de pierna izquierda. ¡Golazo, James! ¡Golazo, Colombia! Y nos volvemos locos, y nos abrazamos, y me río y grito por la emoción del gol, pero sobre todo por el alivio que me da la certeza de que ya nadie va a venir a reclamarme por estos asientos ajenos.

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