domingo, 17 de marzo de 2013

Mi padre: el hombre que le ganó al campeón mundial

Hubo una época por el año de 1994 en que me interesé por los filósofos griegos; bueno, no en todos; de hecho sólo en uno: Sócrates.

Fue así como me vi, debajo de uno de los arcos de la torre del reloj público del centro de Cartagena, regateando con una vieja librera por cuatro folletos destartalados y piratas de Los Diálogos de Platón que narran los razonamientos de Sócrates. Cada uno costaba 2200 pesos y yo en el bolsillo sólo tenía 8 mil representados por un billete de 5  y un ejército de monedas.

El improbable argumento de la librera para no ceder en el precio era que los conservaba desde 1963. Pero justamente con ese mismo argumento yo me apoyaba para persuadirla de qué tanto podrían representar 800 pesos a la vuelta de 30 años de estar archivados en esos anaqueles de polvo. Después de regatear por una media hora finalmente me recibió los 8 mil pesos y ni se molestó en contarlos siquiera.

Crucé la avenida Venezuela y me senté en uno de los escaños del parque del centenario a hojear los tesoros recientemente adquiridos. El Banquete fue el primero de los diálogos que leí; sin embargo menos por el bullicio de la convocatoria de público que a viva voz hacían los comediantes criollos Cuchilla Geles y El Zorro que por el hostigamiento del sol de las 3 de la tarde, decidí refugiarme en las sombras del parque de Bolívar -en el centro amurallado- que era más propicio para mis introspecciones filosóficas de cartón.

Sólo se oían las ráfagas atropelladas de movimientos de fichas sobre el tablero en el vertiginoso ajedrez de a 5 minutos. Jaque, jaque, jaque. Y yo sonreía porque si me hubiera jugado esos 8 mil pesos al ajedrez con los pensionados eternos, seguro me hubieran despojado hasta el último peso, como era costumbre y además, como era costumbre también, les habría tocado regalarme lo del pasaje del bus para devolverme a mi casa. Esa vez fue distinto y me sentía henchido de orgullo por mi decisión de haber comprado los libros.

Al terminar La Apología de Sócrates, los pensionados eternos me invitaron a jugar. Decliné el ofrecimiento. Se rieron: especularon que tal vez ya había perdido la plata en algún otro lado; en el dominó tal vez. Y fue justo allí que caí en la cuenta de que esos 8 mil pesos que había pagado de buena gana en la torre del reloj era el único dinero que llevaba encima. No tenía con qué devolverme a mi casa. La gota fría de Emiliano empezó a bajar por mi columna vertebral. No tenía presentación volver donde la vieja librera después de haber regateado tanto. Me senté abatido, apoyé la cabeza contra las tablas de la banca y me perdí un momento entre ramas de árboles y nubes.

El plan B era ir hasta el paradero de buses cerca de la India Catalina y esperar a que alguno de los choferes me llevara gratis; el plan C era pedirle desvergonzadamente a un transeúnte cualquiera que me regalara lo del pasaje; el plan A era seguir esperando sentado hasta que me decidiera por alguno de los otros dos planes.

“Siempre me pueden encontrar en el camellón de los mártires después de las 3 de la tarde para lo que necesiten”, reaccioné al recordar aquellas palabras que Rodrigo Valdez, El Rocky, había pronunciado en una conferencia. Y yo estaba a unos metros del camellón de los mártires. El Rocky Valdez, dos veces campeón mundial de boxeo en los años 70, es un hombre apacible, vistoso y generoso que lo mismo regala almuerzos en el mercado de Bazurto, inaugura obras en la ciudad de la mano del alcalde o se queda a conversar largamente con quién quiera sentarse junto a él. Era de los míos,  pues El Rocky había vivido en la misma calle del barrio Olaya que mi padre, cerca del centro de recreación para adultos fogosos, Sanssoucie, que yo atravesaba dos veces por semana para ir a visitar a mi abuela en la calle contigua.

Con algo de inseguridad por mi timidez crónica me dirigí entonces al camellón de los mártires, que está ubicado junto al muelle de los pegasos, caminando con paso deliberadamente lento y buscando ansioso en el piso algún billete o moneda que me salvara de la angustia. No encontré nada en todo el trayecto. A lo lejos vi al Rocky. Rodeado de sus amigos de siempre y gesticulando jabs de izquierda, rectos de derecha y ganchos al aire. Me acerque temeroso pero decidido. Antes de pronunciarlas calculé bien mis palabras para que no me dijera que no. Hay ocasiones en las que las palabras son lo único con lo que se cuenta y hay que escogerlas bien y pronunciarlas con el tono preciso. Y le dije: “Hey Rocky, compré estos libros y me quedé sin plata; regálame para coger un bus de Olaya”. Dejó de lanzar golpes al aire, suspendió la charla, el silencio se hizo y yo no tenía más palabras que esas.

Me preguntó incrédulo: “¿Compraste esos cuatro libritos y te quedaste sin plata para el bus?”. Yo asentí con la cabeza sin decir palabra alguna porque ya las había dicho todas. Antes de darme lo del pasaje me dijo con su voz atropellada de vocablos escasos: “a mí me sirvieron más estos puños que los hijueputas libros”. Sus contertulios y él rieron a carcajadas y yo había quedado como el tonto intelectual de cartón que compra libros y luego no tiene ni para el bus. Era completamente cierto lo que decía El Rocky, pero ese toque burlón típico del Cartagenero que sabe que lleva la ventaja, me había sembrado una espina de ira inmadura y adolescente. Cuando tuve los 1000 pesos en la mano, que fácilmente me alcanzaban para dos trayectos o más, y ya aliviado de toda angustia, entonces le riposté con un jab tímido: “Yo soy el hijo de Guido”. El Rocky esquivó el golpe con un leve movimiento de cintura: “¿Cuál Guido?”. Entonces fue cuando le mandé el recto de derecha: “Guido, el que te levantó a trompadas allá en Olaya lo mismo que al gordo Danilo”. Lo conecté en el arco superciliar. Y antes de que tuviera tiempo de reaccionar le tire el uppercut a la mandíbula: “con ese no te sirvieron los puños”. Aquella había sido una pelea que me contó mi abuela de cuando ambos, mi padre y El Rocky, aún eran muchachos; dónde ni el uno sabía que iba a ser campeón mundial ni el otro sabía que iba a ser mi padre.

El Rocky esbozó una sonrisa pícara dejando ver su nombre de combate grabado en letras de oro sobre sus dientes y me dijo en tono burlón: “Nojoda si lo sé, no te doy nada; de esa pelea no me acuerdo, no está en mi record”. y al final apuntó: “Dios lo tenga en su gloria; pegaba duro ese hijueputa”.

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