lunes, 5 de enero de 2015

Oficinistas inconformes

Los oficinistas inconformes somos, por decirlo de alguna manera, gente extraña. Impulsamos el progreso, pero somos infelices. Nadie que se levante de la cama cuando aún tiene sueño puede ser feliz; menos aún si tras de eso hay que vestirse a las carreras, tomar el desayuno apurado, caminar diez cuadras hasta el paradero, a veces bajo la lluvia, subirse a un bus lleno de otros oficinistas inconformes que dormitan en los incómodos asientos o que fingen dormir para no ceder el puesto a los oficinistas mayores, soportar los insulsos programas radiales en las bocinas del bus, abrirse paso a codazos para poder bajarse, caminar otras diez cuadras hasta la oficina, apurar el paso porque vamos tarde, saludar a los compañeros también inconformes y sumergirse luego en esa niebla laboral a la que los más ingenuos consideran que dignifica al hombre.
Pero esto es solo de lunes a jueves porque los viernes, aunque la rutina es la misma, la actitud es otra: los oficinistas amamos el viernes más que a cualquier otro día de la semana. Es el día en que se aflojan los grilletes, se estiran las cadenas, prescindimos de lo formal y nos vestimos de jean; y también es el día en que nos embrutecemos de alcohol y soltamos todas las frustraciones acumuladas, no digamos de la semana, sino de media vida. Por eso no es raro que sea el viernes el día en que más muertes violentas y más accidentes de tránsito se registran en el país.
Se entiende entonces que de lunes a jueves somos unos autómatas dedicados a completar tareas y a contar las horas; somos esclavos de la esquina inferior derecha de la pantalla y somos buscadores implacables de festivos en el calendario. Y si alguien nos preguntara si acaso no es más fácil y sano renunciar y buscar un nuevo empleo, entonces tendríamos que responder que no; porque en este país la gente no trabaja en lo que quiere, sino en lo que consigue, y conseguir no es tarea sencilla; y si bien es cierto que hay que agradecer por tener un medio para el sustento, también lo es que una jornada laboral de cuarenta y ocho horas semanales dista mucho de ser una experiencia placentera. De esa forma es que se va cocinando a presión el inconformismo que luego estalla al final de la semana.
Pero no hay que confundir inconformismo con desidia. Empujar el desarrollo nunca ha sido una tarea para resignados. No veo nada que se asemeje más al estancamiento que el conformismo. Albert Einstein antes de publicar su teoría de la relatividad era un inconforme clausurado en una oficina de patentes. Franz Kafka fue otro inconforme oficinista del sector de las aseguradoras. Igual Saramago. Un caso notable es el de Mario Benedetti, también oficinista por muchos años, pues es el único poeta que conozco que ha dedicado una obra a los oficinistas en su colección Poemas de Oficina. Entre nosotros siempre hay unos que son más inconformes que otros; así que es posible que detrás de alguno de esos cubículos esté aún de incógnito el próximo genio de las artes o de la ciencia aguardando por el momento justo.
Así como el viernes el día más feliz para un oficinista inconforme, el domingo en la noche es el momento de mayor tristeza porque se sabe que se acerca una nueva jornada de monotonía. Da la casualidad de que ya es domingo de noche en este octubre lúgubre. Ya anunciaron los Nobel de este año. No queda entonces sino acostarse temprano a soñar mientras llega ese momento justo porque mañana hay que madrugar.

El viejo Mike

El progreso entró a la casa con un televisor a color. Antes de eso había uno a blanco y negro en el que solo se podía sintonizar el canal 2 y una emisora de canciones románticas. Con el nuevo televisor, en cambio, además del color y del canal 1, llegó también la señal de Telecaribe y, con ella, el béisbol de grandes ligas.
Corría el año 88 y en la pantalla se jugaba el primer partido de la serie mundial entre los Dodgers de Los Ángeles y los Atléticos de Oakland y desde el primer momento le hice fuerza a los Atléticos porque lucían un uniforme muy parecido al del equipo de mis amores: los Indios de Cartagena, al que veíamos cada tarde de domingo en el estadio 11 de noviembre. En esa transmisión vimos por primera vez a don Mike que para la época ya tenía el bigote blanco, una calvicie otoñal y andaba por los sesenta años. Siempre que entre amigos nos referimos a don Mike, a secas, no hacen falta más señas para identificarlo. No hay otro que tenga tal distinción, ni el temible Tyson, ni el talentoso Myers, ni el bonachón Matheny. Para nosotros el único Mike que no necesita del apellido es don Mike Schmulson.
En aquel tiempo, donde las compañías de televisión por cable eran casi inexistentes y las suscripciones carísimas y limitadas, solo la titánica labor de don Mike hizo posible nuestro acceso a la élite del béisbol y del boxeo a través de sus transmisiones puntuales. Por eso me llena de regocijo, después de casi treinta años de emisiones ininterrumpidas y a pesar de la cantidad de opciones televisivas, que todavía en las tardes y noches de béisbol de Telecaribe se reporte una gran sintonía de fanáticos que prefieren los comentarios, datos y apuntes del viejo Mike aún cuando tienen la opción de ver esos mismos partidos en canales privados con señal de alta definición.
Aparte de su gran conocimiento del juego, es tal vez su chispa narrativa lo que tanto nos seduce. Cuando un comentarista cualquiera ve un sol canicular, don Mike se aparta del lugar común con un «sol abracadabrante». Cuando un narrador corriente ve un día lluvioso, don Mike, en cambio, ve «un cielo ortoplúmbico». Cuando Ernesto Jerez narra que la cuenta va en 3-2, don Mike nos dice que el bateador está «entre la rubia y la morena». Cuando algún periodista deportivo dice que un estadio está a reventar, don Mike prefiere decir que está «hasta las Termópilas». Y en lugar de la expresión fácil de como anillo al dedo, don Mike ha acuñado «como dedo en ortolán» que es la forma de horario familiar que ha encontrado para referirse al orto, que no es más que otra manera de nombrar al culo.
Es mucho lo que nos ha narrado el viejo Mike, es mucho lo que ha aportado y es mucho lo que le agradecemos. Gran parte del entusiasmo de los muchachos que hoy están en grandes ligas seguro que se despertó con esas transmisiones de béisbol mucho antes de que pisaran por primera vez un terreno de juego. Si la alegría de nosotros fue inmensa con los triunfos de Édgar Rentería, no imagino la emoción que tuvo que haber sentido don Mike en el pecho. Y ese ha sido quizá el más grande galardón que se le haya otorgado por toda una vida dedicada a la difusión del deporte. Así lo entendimos cuando lo escuchamos aquella vez expresarse emocionado en su particular estilo caribe: «yo no sé de qué pasta de campeón está hecho este joven que habiendo nacido con cuenta de dos strikes sin bola pudo colgarse dos anillos de serie mundial. Cuando grandes peloteros han dicho que hubieran preferido renunciar a sus trofeos personales a cambio de un anillo de campeonato, Rentería logró dos y en ambos casos con el rol de protagonista».
Entonces agrego: yo no sé de qué pasta de luchador está hecho este señor lúcido e incansable que cada miércoles y domingo nos trae sin falta las emociones del béisbol con el mismo ánimo y la misma chispa con que lo vimos aquella primera vez, en el 88, en la pantalla del progreso, mientras Kirk Gibson le daba la vuelta al diamante luego de haber conectado el jonrón con que dejaba derrotados a los Atléticos en el terreno de juego. Por siempre gracias, don Mike.

viernes, 10 de octubre de 2014

A la memoria de los muertos

La primera vez que asistí a un velorio tenía ocho años. Desde allí tengo la idea de que el tufo de la muerte huele a una mezcla de café, mentol, flores tristes y velas derretidas. De aquella ocasión tengo el recuerdo nítido del féretro cerrado en el medio de la sala y alrededor de él, sollozando cabizbajas, un grupo de mujeres clausuradas en un negro absoluto repetían a perpetuidad el santa María madre Dios ruega por nosotros pecadores, como respuesta coral a una matrona líder que con cada cuenta del rosario recitaba el Dios te salve María llena eres de gracia. Los hombres, en cambio, por esa arraigada costumbre caribe de no mostrar sus tristezas en público, permanecían afuera, estoicos, igual de afectados pero sin el dramatismo del rito. Bebían ron en silencio asintiendo de vez en cuando con la cabeza y apretando los labios como aprobando algún recuerdo fugaz y mudo del difunto.

Ese fue el velorio de mi padre y yo era tan niño que no entendía lo irrevocable de su muerte. Por mucho tiempo lamenté que en mi candidez haya considerado aquel episodio solo como un inexplicable cambio en la rutina de la casa, sin imaginar que marcaría mi vida por completo. Tal vez así fue porque en el fondo tenía la convicción de que todo aquello era una situación temporal; que de algún modo, y sin saber de qué manera, en unos pocos días todo iba a ser como antes. Sin embargo, con cada muerto va entendiendo uno que no hay edad para estar preparado y que por ello la vida brinda los mecanismos de protección que cada quien necesita para sobrellevar el dolor.

A los pocos años tuve el infortunio de asistir al funeral prematuro de una hermosa niña que perdió la lucha contra la leucemia. Me estremeció la serenidad de su cara bajo el cristal del ataúd; tenía la tranquilidad de un lirio dormido; como transitando apenas por un sueño cotidiano. Era la hermana menor de un compañero de deportes y, a pesar de que ya yo estaba más grande, tampoco entendí aquella muerte como un acontecimiento fatal. Para mí fue más un acto de protocolo con vestimenta lúgubre y formal, donde tenía que dar ─automático y sin bemoles─ el pésame a los dolientes, luego subirme a un bus y acompañar el desfile fúnebre hasta el sepelio. Al final de la ceremonia, sin detenerme a pensar en nada, me fui a comer raspados a la salida del cementerio. Allí vi por primera vez a un hombre adulto llorar. Era el padre de la niña que estaba postrado en un banquito de madera y lloraba inconsolable y sin lágrimas destruido por el dolor: en toda mi vida no he visto un llanto más amargo.

Un lustro después, a cuatro días de cumplir mis 17 años, murió mi abuelo. Aunque dicen que se le vio acongojado por el revés que ese día tuvo con sus gallos, yo creo, en cambio, que la muerte lo sorprendió feliz a la salida de la gallera, porque pocas cosas lo entusiasmaban tanto como criar y poner a pelear sus gallos. Además, para un gallero veterano, que uno o dos de sus gallos pierda nunca representa una gran tristeza porque esos son los gajes de ese oficio y porque ese día se hace sancocho para paliar la derrota. En la familia siempre se ha dicho que su reloj de pulsera se paró justo en la hora de su muerte. Nunca he querido verificar si eso es cierto pues suficiente tengo con que haya muerto el 28 de diciembre, día de los inocentes y tres días después de la fecha de la muerte de mi padre, para que el ánimo nunca me alcance para celebrar a plenitud ninguna fiesta de navidad.

Tiempo después murió mi abuela. Fue un funeral que sentí más como un descanso merecido que como una triste partida: en sus últimos años mi abuela había estado naufragando entre las nebulosas de sus neuronas agotadas fundiendo el presente y el pasado en una sola cinta de dolor; sin embargo, en una tarde de diciembre, un hilo brillante se le prendió en los ojos y por ese instante me pareció que volvió a ser ella. Entonces dijo «no hay felicidad completa» y volvió a sus nieblas otoñales; nunca supe si se dirigió a mí o a alguno de los personajes de sus recuerdos antiguos.

En todos los funerales que recuerdo, la constante ha sido que el velorio se lleva a cabo con una tristeza histérica al principio, una tristeza intensa y pasional, pero que con las horas va mermando hasta convertirse en una línea recta e ininterrumpida de sollozos, oraciones y lagrimitas tímidas. Sin embargo, cuando el momento del sepelio llega, vuelve a despertarse aquel dolor visceral y esta vez mucho más intenso que al principio; porque se tiene la idea de que mientras el cuerpo esté presente, aunque inerte, no está tan lejos como cuando está a tres metros bajo la tierra.

Y esta, por desgracia, siempre es la primera escena que acude a mi mente cuando recuerdo a algún difunto. En ese sentido los grandes funerales son una afrenta a la memoria de los muertos. Pero es la necesidad nuestra de solemnizar la muerte para aliviar un poco la conciencia. Es por esta razón que ya he dejado las instrucciones para que se deshagan de mí lo más pronto posible cuando me llegue el momento. Que no me guarden bajo tierra. Que no le reciban flores tristes a nadie. Que no prendan velas ni repartan café. En fin, que alejen ese tufo de muerte. Mejor que algún buen amigo o mi mujer haga un discurso bonito y luego, en un día de sol, echen mis cenizas a la bahía de Cartagena. Porque aún en la muerte, en el evento más triste de los que aman, tampoco la tristeza debería ser completa.    

En el intermedio

En el intermedio de una función hay un hombre haciendo cola en la cafetería del teatro. Es rollizo y cuarentón. Viste un raído traje negro de dos piezas. Bajo el saco luce una arrugada camisa blanca mal abotonada y sin corbata. En vano se resiste a una avanzada calvicie acomodando sus últimas hilachas de pelo sobre el cráneo despoblado. Lleva gafas gruesas y detrás de ellas unos minúsculos ojos extraviados que miran por encima del marco. Tiene los zapatos sucios y la cara grasosa con una expresión repartida entre la angustia y la resignación. No hay dudas: es un oficinista inconforme.

La función comenzó a las ocho de la noche. Para llegar a tiempo, con la jornada de hierro y el tráfico denso de la hora, seguro tuvo que aplazar la cena. Tal vez por eso, siendo ya las nueve y media, es que se muestra impaciente. Así lo revela el constante zapateo involuntario de su pie derecho mientras que, de brazos cruzados, permanece con la mirada fija en los pedidos que se van despachando: parece que es una cuestión de hambre.

Está a cuatro turnos de la caja registradora y detrás de él, sin orden, hay un grupito de individuos extravagantes que suenan muy versados en temas de cultura. Son individuos coloridos que hablan muy alto por el placer de que los demás escuchen sus disertaciones. Quieren mostrarse como gente de mundo. Él, sin embargo, sigue impávido. Solo suspende el zapateo para avanzar un puesto en la cola y un momento después lo reanuda sin apartar la mirada de su objetivo.

En la cola lo precede un señor canoso envuelto en una pesada bufanda. Dos muchachas se acercan al señor y se ubican a su lado justo cuando va a ser atendido. El oficinista por primera vez aparta la mirada del mostrador para escrutar a las muchachas con severidad; se crispa, exhala con fuerza y masculla alguna protesta inaudible. Entiende el gesto como un abuso. El señor canoso, percibiendo la molestia, se da vuelta y le explica que son sus hijas que han venido a ayudarle. Entonces el oficinista se calma; apenado baja la cabeza; afectado mete las manos en los bolsillos del pantalón; se encorva hacia adelante y asiente con la cabeza encogiéndose de hombros como queriendo dar a entender, en vano, que aquella explicación no era necesaria.

Ahora por fin le toca el turno. Sus pequeños ojos se iluminan detrás de las gafas de tinterillo, pero al instante, conteniendo la ansiedad, se hace el desentendido. Con ademán de funcionario altivo y dicción andina hace su pedido: un palito de queso y jugo de durazno. Paga estricto completando la suma con unas monedas que saca del bolsillo de la camisa. Le sirven en una bandeja gastada y chueca. Para evitarse contratiempos con el vaso inestable sobre la superficie irregular decide sacarlo y llevarlo aparte con una mano, mientras que con la otra equilibra la bandeja en la que va el palito de queso, un juego de cubiertos, dos servilletas y la esperanza de aliviar sus pulsiones digestivas.

Con el pedido en las manos el oficinista abandona el mostrador, gira sobre sus talones y, como un faro, mueve su cabeza buscando una mesa. Aún con la cafetería llena logra ubicar una. Se dispone a atravesar el salón entre la multitud; tiene en su forma de andar la gracia de un torero jubilado; ahora que se siente observado, levanta la ceja izquierda con una ligera mueca de galán en decadencia. Tiene esa penosa actitud con la que un pobre disimula sus carencias. A la mitad del trayecto, por lo pulido del piso y lo gastadas que están las suelas de sus zapatos, resbala un poco. Nadie lo nota y se incorpora al instante; pero ese pequeño traspiés es suficiente para que el palito de queso ruede por el borde de la bandeja y caiga al piso dejando una dramática estela de harina de trigo.

Su primer impulso fue el de agacharse a recogerlo; pero, advertido en su dignidad por la cantidad de ojos sobre él, logró reprimirlo a tiempo. Ahora, en lugar de eso, con esa misma expresión que se reparte entre la angustia y la resignación, con el pie derecho va pateando con suavidad el palito de queso hasta dejarlo al lado de la basura. Suena el llamado para volver a los asientos y lo pierdo de vista entre la gente.Cuando yo creía que el musical Avenida Q no podía ir peor, en el intermedio, por suerte, pude encontrar un drama que me salvó la noche.

Un cobarde obligado a decidirse

Jean Carlos era un mantoncito de barrio. O al menos eso pretendía. Era un muchachito muy alto para su edad con la convicción de que aquello le daba licencia para abusar e intimidar. Por lo general este tipo de personajes andan acompañados de un par de calanchines pusilánimes que tienen como función principal alimentarles el ego. Jean vivía a varias cuadras de la nuestra, pero todos sabíamos de él; nadie lo había confirmado, pero, según los rumores, cargaba una afilada navaja retráctil con empuñadura de carey; se decía incluso que la había usado para defenderse de un par de ataques. En síntesis, Jean Carlos era a nosotros como el Indio Joe a Tom Sawyer.

Nosotros, en cambio, éramos un poco más de media docena de niños todos iguales: ingenuos, básicos, pobres y felices. Vivíamos en la calle 49 del barrio Las Palmeras; una calle ancha ─asfaltada en aquel entonces─ por la que nunca pasaban carros. Era una urbanización reciente cuyos primeros propietarios eran nuestros padres, que también eran todos iguales: recios y modestos trabajadores jóvenes que veían en estas casas de dos pisos y una palmera en el frente la realización de su segundo sueño, un techo para sus hijos.

Todo era reciente en nuestras vidas. En mi caso, por ejemplo, no recuerdo que antes de nuestra casa yo haya subido alguna vez a un segundo piso. Entre los patios no había paredes y por eso la parte de atrás de las casas era en realidad un largo corredor colectivo de juegos infantiles y tareas domésticas que iban desde sazonar la carne o espulgar el arroz, hasta lavar la ropa a fuerza de manduco ─que en el caribe es un garrote multipropósito que, para el caso, se utiliza para despercudir las prendas más pesadas─.

Tal vez por eso y por el origen rural de la mayoría, el ambiente era de total confianza; de candidez, si se quiere. Las casas no tenían rejas en las terrazas ni había salvaguardas en las puertas. La gente caminaba tranquila por el medio de la calle con la certeza de que no serían arrollados. Los niños podían permanecer por horas jugando afuera sin que nadie se alarmara. Los jardines crudos del frente de las casas se extendían hasta el borde de la acera, y allí nos sentábamos a pintar la cuadrícula del juego del fusilado sin que nadie interrumpiera.

El fusilado es un juego infantil que consta de un balón, una cuadrícula pintada en el piso con piedra o con tiza y unas reglas de eliminación tales que, al final de una larga serie de idas y vueltas desde un punto de referencia llamado base, el perdedor es castigado con azotes del balón frente a una pared. Y así estábamos aquel día en que llegó Jean Carlos con sus dos vasallos a gritar sus bravuconadas y a amenazar con golpearnos. En mi ingenuidad solo pensé en resguardar el balón para que Jean no lo dañara de una cuchillada. No se me pasó por la cabeza la posibilidad de salir malogrado. Mi única preocupación era asegurar que, después del acoso, pudiéramos continuar con el juego.

Desprevenido fui por el balón. Al verme, Jean Carlos dirigió toda su ira contra mí. Yo trataba de explicarle ─sin éxito─ que no estaba allí para desafiarlo; pero era inútil. A pesar de que él estaba en la calle y yo montado sobre el andén, me llevaba al menos una cabeza de ventaja. Era intimidante y me vociferaba en las narices. Entonces, en una desafortunada combinación de torpeza y nervios, resbalé del borde de la acera y me precipité sobre Jean empujándolo por accidente.

Jean Carlos ─que veía hasta en un mal pestañeo una afrenta─ entendió aquello como una gravísima provocación y sin pensarlo dos veces lanzó, zurdo como era, un zarpazo violento que medio pude esquivar pero que alcanzó a rozarme el pelo. Furioso por no haber podido conectar el golpe que quería, se quitó la camisa con gesto teatral, como de película de artes marciales. Allí pude ver que era tan flaco como cualquiera de nosotros. Dio la espalda, tomó aire, movió el cuello de un lado al otro al estilo de Bruce Lee y, cuando creí que todo se había calmado, se lanzó de nuevo al ataque con otro zarpazo de zurda. Por reflejo logré agacharme y el golpe pasó zumbando por encima de mi cabeza; pero al instante, como una revelación del instinto, vi que en ese lance Jean había dejado expuesto su costillar de perro de playa y, en menos de un parpadeo y sin pensar en las consecuencias, le metí un gancho de derecha en el costado tal como se lo había visto a Pambelé en las revistas Ring de mi padre.

Todo fue confuso. Lo único que recuerdo es una esponjosa sensación en los nudillos; como cuando se muerde un chicle nuevo. Después vi a Jean de rodillas resoplando de rabia y con los ojos inyectados en sangre; quiso levantarse, pero no tenía aire; yo quedé atónito y sin saber qué hacer. Cuando intentó levantarse por segunda vez, fue que recordé el asunto de la navaja y de inmediato sentí el miedo a la altura de los riñones; quise correr a mi casa pero los calanchines me cerraron el paso. Cobarde como era ─como soy─ me sentí perdido y a punto de llorar; pero justo allí se desató un barullo detrás de mí: todos mis pequeños compañeros se habían envalentonado y estaban dispuestos a molerse a golpes con quien fuera; incluso, uno de ellos agitaba un manduco en sus manos ─que, para el caso, se utiliza como arma contundente─. Con el alboroto la calle se llenó de curiosos y al final los bravucones tuvieron que huir corriendo.

Varios años después, cuando Las Palmeras empezaban a ser el caos de motos apuradas y de busetas escandalosas que es hoy, me topé con Jean Carlos por medio de un amigo en común. Yo tenía diecisiete años y aunque la diferencia de estatura aún era la misma, ahora Jean era un tipo amable y de buenas maneras que con veinte años cursaba el quinto semestre de economía. Con varios giros que en ocasiones no fueron los más sutiles fui llevando la conversación hasta situarla en aquel punto de la niñez. Lo primero que me dijo es que no relacionaba mi actual cara redonda con la afilada del muchachito escuálido que fui en aquel tiempo. Lo segundo que dijo es que nunca en su vida había cargado con una navaja; que eso eran cuentos que él mismo inventaba. Pero lo que más me estremeció fue su confesión final: «¡qué va! si yo soy más cobarde que tú; por eso salimos corriendo. Lo que sucede es que en esa época tenía que hacerme el bravo frente a mis amigos para que me respetaran». Allí caí en la cuenta de que Jean, aunque con otros motivos, no fue más que otro cobarde obligado a decidirse.

La triste historia de Lucila L'Hoeste

Abandonamos aquel bar irlandés porque la atención era pésima. Sucede que en algunos sitios de cierto prestigio ─prestigio adquirido más por esnobismo que por la calidad del servicio─ los meseros son una especie de pequeños dictadores uniformados que cada tanto tienen la bondad de atender los pedidos de la clientela. Hay quienes piensan que ese es el precio por estar a la moda; pero para cuatro caribes recios estas cuestiones son tan intrascendentes como la mala cara de la chica cuando escuchó que no queríamos incluir la propina en la cuenta. Propina a la que, con total descaro, llaman servicio.

A los pocos pasos encontramos otro bar con una mejor atención; y, aunque lo que ganamos en este aspecto lo perdimos en la calidad de la cerveza, en ese ámbito siempre es preferible la nobleza del caballo cansino al brío prepotente del purasangre. Así, sentados los cuatro, la reunión era una larga sucesión de anécdotas sin orden ni lineamientos hasta que llegó a la mesa el relato que hoy me lleva a escribir este texto.

Mientras Marcos pasaba, sin transición, del esbozo de la historia directo al final, yo trataba de hacerlo volver atrás para conocer los detalles. Pero no fue fácil porque, aunque cercana a él, es una historia que escuchó de varias voces a lo largo de los años. Entonces cuando Marcos revelaba dos puntos sueltos, yo trazaba en mi mente la línea que los unía; cuando quedaban vacíos en la historia, yo los llenaba en mi cabeza con las conjeturas más probables; y con todo aquello que no quedaba claro, me hice el compromiso de averiguarlo o imaginarlo después.

Lo que Marcos contó fue que en la tarde del 8 de diciembre de 1978 la señora Lucila L’Hoeste no fue a la misa en el barrio Manga, como hacía a diario, sino que aquella vez prefirió ir a la iglesia de San Pedro Claver en el centro amurallado. Ignoro las razones que tuvo, pero puedo suponer por el cambio en su rutina que no se trataba de una misa cualquiera. Era el día de la Inmaculada Concepción. Por ser un viernes festivo y la víspera la noche de las velitas, imagino que aquella tarde las calles de Cartagena eran una colección multicolor de parafina derretida en los andenes y de botellas de ron en los rincones; y es muy probable que por esos remanentes etílicos se haya precipitado el final de esa triste historia.

El ingeniero que semanas atrás había emitido el dictamen tal vez se levantó ese día con la modorra y la aplicada lentitud que el exceso de whisky produce en los músculos. No lo puedo confirmar, pero es casi seguro que se despertó sin conocer a Lucila L’Hoeste ni sus rutinas religiosas; y es casi seguro también que después de ese día no haya pasado una sola noche sin que la recordara.

Imagino que el cura que ofició la misa seleccionó su mejor túnica, pulió los elementos del servicio y preparó un sermón estelar sin tener idea de la contrariedad que le esperaba: tener que suspender la liturgia a la mitad por el arrebato de un loco. Por lo que cuenta Marcos, la señora Lucila también seleccionó sus mejores ropas y joyas sin saber de su destino aciago.

El loco, por su parte, solo contaba con los mismos harapos de siempre, con un hambre de varios días, una rabia de varios años, un hedor eterno y una presunta embriaguez reciente producto de exprimir las botellas de ron abandonadas. Esta cruel combinación, aunada tal vez a una sugestión religiosa, desató en él una histeria monumental e incontrolable en medio de la catedral obligando al cura a terminar la misa de forma abrupta y ordenar a los feligreses que salieran de inmediato..

A la salida de la iglesia fue que todo se juntó: cuando la señora Lucila L’Hoeste empezaba a levantar el pie para dar el paso con que atravesaría el umbral de las puertas enormes, una grieta tímida floreció en los muros del campanario. En la transición reposada de su pie por el compás de su cadera, se escapó de la torre un crujido de desgracia. Justo cuando puso el pie en el piso completando así su salida, un cataclismo de ladrillos y bronce se precipitó desde lo alto. La campana de la iglesia de San Pedro Claver cayó sobre su cabeza sellando la fatalidad.

La falla estructural del campanario descubierta semanas antes, la decisión de no ir a la iglesia de siempre, el arrebato del loco, la decisión del cura, la milimétrica precisión para interceptar a la muerte en su paso y el lema de «hagamos el milagro» de la primera teletón en Chile, darían los elementos perfectos para armar una historia de ficción. Sin embargo esto que Marcos Ortiz L’Hoeste nos contó de su fallecida tía cualquiera lo puede comprobar revisando las hemerotecas de Cartagena de Indias y descubrir, de paso, que la realidad en el caribe no es como la cuentan; sino que es mucho más asombrosa.

La soledad de Concha Buika

Desde este rincón oscuro veo a la negra espléndida que brilla descalza bajo los reflectores. Entró por el costado izquierdo; el mismo por el que saldrá, dentro de dos horas, cuando termine su presentación. En escena la acompañan tres músicos, pero ella es la única que permanece de pie. Antes de acercarse al micrófono bebe un trago pausado y luego deja el vaso desechable en una mesita al fondo del escenario. Cuando empieza la música el aplauso del público le despierta una sonrisa de niña pícara. Todos aclaman a Concha Buika, la cantante de voz desgarradora, pero nadie ve a María Concepción, la que en dos horas bajará del escenario y llegará al hotel sin que haya nadie que la espere.
Es tan potente el canto que desde aquí puedo escuchar su voz de dos maneras distintas y simultáneas: una, la que brota amplificada de los altavoces del teatro y, la otra, la que le nace del diafragma y llega nítida hasta mi butaca sin intermediarios electrónicos. Esta dualidad acústica permite ver el detalle de su mecánica involuntaria: al final de cada fraseo, que prolonga con una delicada sucesión de melismas flamencos, tiene que halar con fuerza el aire para llenar de nuevo sus pulmones. En ese breve instante casi imperceptible, el de su respiración, es que se hace vulnerable; pues, parece que mientras permanezca cantando nada malo puede ocurrirle a Concha Buika; pero cuando el aire se hace escaso en su sistema, revelando así su pequeña humanidad corruptible, es María Concepción la que sale por él.
Concha Buika es monumental; María Concepción, menuda. Cuesta creer que se ajusten al mismo vestido; que habiten la misma piel. La primera es vivaz y dueña de su público; la otra, tímida y melancólica. Y ha dicho durante toda la presentación, de forma velada, después de cada canción, con cada trago, que se siente sola; pero el auditorio, embriagado por sus canciones y su timbre, quizá sin entender, le celebra con júbilo estas sutiles pero crudas revelaciones como otro componente de su genio artístico. Y ella ─no sé cuál de las dos─ por toda respuesta les da otra sonrisa que, pienso yo, es más de resignación que de gratitud.
Su canto es una cinta de seda trenzada con hilo de cobre; su interpretación es fuerza demoledora en el escenario; pero, si cabe el oxímoron, tanto brillo la opaca. La entristece. La reduce a una máquina de despertar emociones ajenas. Porque piensa que no existe una persona que sea capaz de aguantar sus ausencias, esperándola todo el tiempo en casa, mientras ella reparte alegría por el mundo. Pero es lo que ha escogido, dice, y por eso vale la pena y se siente regocijada mientras tenga un público al frente.
Es natural entonces que luego de cantar por dos horas aún no quiera irse. El auditorio tampoco quiere que se vaya. Es el perfecto complemento que le da forma y razón a su vida. Ha dicho, en una frase bellísima, que «si fuimos nosotros quienes inventamos el tiempo, qué sentido tiene preocuparse ahora por lo que pase con los relojes». Entonces canta dos canciones más. Al terminar hace una venia, acepta los elogios, agita las dos manos para decir adiós, suelta la última sonrisa y, mientras se van apagando las luces, sale por el costado izquierdo. Cuando todos aclamaban a Concha Buika, la cantante de voz desgarradora, desde este rincón oscuro yo estuve observando el perfil que escribiré más tarde de María Concepción, la negra monumental y menuda que, tal vez, a la medianoche, estará a punto de meterse entre las sábanas frías de una cama solitaria.