viernes, 10 de octubre de 2014

Nostalgias de un cuarto piso

Tengo la buena suerte de vivir en un cuarto piso. Un lugar lo bastante alto como para tener una bonita vista, para tener a los insectos fuera de alcance y para que llegue diluido el ruido de carros apurados y niños corriendo; y a la vez no es tan alto como para fatigarme subiendo las escaleras cuando el ascensor no funcione.Tengo además la buena suerte de tener un balcón al que salgo los sábados y por el que me asomo por encima de los techos para ver el tren de la sabana y los cerros bogotanos.

Pero tengo también la mala suerte de vivir en un cuarto piso. Un lugar ubicado justo debajo de un apartamento en donde vive un matrimonio que parece feliz. Yo nunca los he visto, aclaro, pues sucede que en esta ciudad de ocho millones de habitantes la gente no se mira entre sí; pero deduzco que son felices por el ajetreo que se siente en algunas noches y porque de unas madrugadas para acá se oye el llanto de un infante que supongo fue producto de ese ajetreo. Esto trae consigo trasnochadas canciones de cuna que se cuelan hasta mi cama y que tienen el mismo poder conmovedor de un metrónomo y el mismo efecto arrullador de un grillo de solitaria cuerda metálica. Claro, sé por experiencia que los hijos llenan a los padres de una alegría enorme; pero esa alegría ajena es la tortura que hoy me toca. No me quiero imaginar cuando esa alegría empiece a gatear y a estrellar los juguetes contra el piso.

De la misma forma tengo la mala suerte de tener un balcón al que salgo los sábados. Pues, al ver el tren y los cerros y a esos niños pateando un balón vestidos de jean y pesados abrigos, la nostalgia se me hace ojos bajo las gafas. Nadie lo nota pero el alma me da un salto a la memoria: un salto de 2600 metros hacia abajo y 25 años hacia atrás y aterriza girando como flor de roble en un caribe ardiente cubierto de un polvillo rojo por donde caminé descalzo y descamisado, escuálido entre bermudas de palmeras brillantes, con la camiseta en una mano, las chancletas de tres puntas en la otra y en la boca la felicidad agarrada de la comisura de mis labios.

Desde ese mismo balcón veo a mi hija vestida de jean y pesado abrigo y va sonriendo y saludándome con la mano mientras pedalea los últimos momentos de su niñez equilibrando en esa bicicleta este destino andino que le tocó y las nostalgias de un mar que aún le adeudo.

El punto cubano

Una mañana me levanté tarareando Días y Flores, la canción de Silvio Rodríguez. Busqué en internet y abrí el primer video que apareció. La versión que yo recordaba era una melancólica melodía de guitarra solitaria; la que apareció en la pantalla, en cambio, era otra diferente enriquecida por los mismos instrumentos con que se toca un son cubano.

Pensé que me había equivocado; pero, antes de empezar a cantar, Silvio explica que él proviene de un pequeño pueblo al sur de La Habana donde sus pobladores, la mayoría campesinos, suelen acompañar sus festejos al ritmo del punto cubano o punto guajiro y, agrega, que la canción que va a interpretar, Días y Flores, está inspirada en aquella tonada.

Empezó un repique de laúd con cierto dejo español acompañado de un raro compás en la clave: un ritmo que no había escuchado jamás. Yo, que me creía un mediano conocedor de los ritmos cubanos, quedé maravillado por lo simple y bello de aquella música. Esto hizo que reorientara de inmediato mi búsqueda hacia el nuevo tema: el punto cubano.

Los libros, algunos de gran utilidad, se quedan cortos en ciertos asuntos. Pueden mostrarnos en detalle los horrores de la guerra, pueden reseñar cada una de las obras de Beethoven, pueden enseñarnos la clasificación taxonómica de los insectos. Pueden enseñarnos muchas cosas, digo, pero nunca nos servirán para saber cómo suena de verdad un estruendo de cañones, hasta qué punto llega a ser fastidioso el canto de un grillo, o con cuánta fe se susurran las oraciones en una trinchera. Para ello se hace preciso cerrar los libros y entregarse a la experiencia audiovisual y, en este aspecto, salvo la realidad cara a cara, pocas cosas superan a internet.

Lo que encontré al buscar por punto cubano, en un principio era lo que de algún modo esperaba: decenas de referencias a Celina y Reutilio, Albita Rodríguez y Celia Cruz. De no haber sido porque Silvio aclara que también se le conoce como punto guajiro quizá habría abandonado la búsqueda y me habría conformado con la idea de que aquello era un raro intento de Silvio de interpretar las raíces de la música cubana.

Cuando busqué por punto guajiro, las cosas cambiaron. Tenía el mismo raro compás y la misma belleza musical del laúd y la guitarra de aquella versión de Días y Flores, y así estuve embelesado por unos quince minutos; pero cuando entendí mejor la dinámica, lo que descubrí me dejó estupefacto, pues noté que la letra, invariablemente, era improvisada. Improvisaciones cantadas en estrofas de diez versos, en el estilo de Vicente Espinel, alternadas entre dos verseadores. Todas eran rimas consonantes y octosilábicas: rimas perfectas. Este es el mismo canon poético de las décimas que se cantan en nuestra costa caribe colombiana, que también son improvisadas, aunque sin acompañamiento musical. Alberto Salcedo Ramos ha dicho que en el caribe lo que nos une es la manteca; sin embargo, viendo este paralelo poético, pienso que lo que nos une es la esclavitud, que de un tajo nos trajo las cuerdas españolas y la clave y el tambor africano; y nos trajo también la espinela junto con la tozuda costumbre negra de exorcizar el dolor por medio del canto.

En el caso del punto cubano es marcada la diferencia con otras formas de improvisación por su elevada factura poética. Resulta impresionante la calidad de las imágenes que los verseadores logran a pesar de las limitaciones que les impone el metro estricto de ocho sílabas fonéticas y el margen estrecho de diez versos para completar la idea. Y lo es más si se tiene en cuenta que los repentistas las van construyendo, sobre la marcha, según el tema que vaya surgiendo con los ires y venires de la palabra cantada. Y toda esta magia ocurre en celebraciones cotidianas y ambientes festivos, muy alejados de los suntuosos claustros académicos.

Para ilustrar lo que vengo diciendo quiero dejar cinco de las décimas que he escuchado, aún cuando sé que al sacarlas de su contexto musical, temporal y temático, pierde mucho de su fuerza interpretativa y poética.

Luisito Quintana (así cantaba a una señora rubia de ojos azules)

Azules de tanto mar
mojan dos lagos tu cara
para que Dios se sentara
en ti la vida a mirar.
Mestizaje de palmar
en la fiebre de tu pelo
y en tu risa un arroyuelo
de conchas y caracoles
qué hambre de luna y de soles
teniendo tan cerca al cielo.

Alexis Díaz Pimienta (cantando a una niña en su compleaños. Yosvani es el padre de la niña)

Tiene un lunar en el pie
que es oscuro y con relieve
como en un vaso de nieve
lloviznazos de café.
Otro a la altura se ve
de su cintura sombría
Yosvani yo te diría
algo de lo que me alegro
son huellas de un tío negro
que tiene y no conocía

Tomasita Quiala (ante el pie forzado “Para ti mi ángel de paso”)

Ángel que llega y se va
sin anunciar despedida
se va y se lleva mi vida
ya me la devolverá.
Ángel que no exhibirá
mi amor jamás de su brazo
cuando quieras un regazo
donde recobrar la calma
abro el cielo de mi alma
para tí mi ángel de paso

Juanito Rodríguez (refiriéndose al calor)

Tú pasas como la brisa
lenta sobre la pradera
cuando una amarilla hoguera
de un fogón rubio se atiza.
Hay veces que la camisa
me abro y el tórax destapo
mas cuando el sol está guapo
como un toro embestidor
los trapiches del sudor
empiezan a echar guarapo.

El Indio Naborí (ante la insistencia de su contrincante para que cante más aprisa)

Me roba tiempo y espacio
para poner hojalata
donde yo iba a poner plata
oro, zafiro y topacio.
Demora más un palacio
que un bohío en construcción
y en pos de la perfección
mueble fino fabricar
no es lo mismo que cortar
leña para hacer carbón.

viernes, 1 de agosto de 2014

La legalidad de la gente de amarillo

En la tribuna del estadio Metropolitano de Barranquilla, cubiertos con impermeables y entre una multitud de camisetas amarillas, estamos por fin mi mujer y yo. Es la tarde del seis de septiembre del 2013 y, aunque la lluvia se ha aplacado, todavía se ven algunas gotas rezagadas. Nuestros semblantes lucen alegres, pero en las manos sentimos la tensión de estos primeros minutos del partido de Colombia frente a Ecuador, en parte porque el marcador va igualado a cero sobre los riesgos e imprecisiones de un césped húmedo y, por otra parte, por la zozobra de estar ocupando unos asientos que no nos pertenecen.


A pesar de haber llegado con tiempo, nuestras sillas ya estaban ocupadas. Aunque no es norma que la gente ocupe asientos distintos a los asignados, no es costumbre en el caribe hacer reclamo por estas cuestiones. Nuestra urbanidad flexible dicta que uno debe buscarse otros asientos cercanos pero dejando claro, eso sí, que en el caso de que el legítimo titular llegue a reclamar su lugar, no queda otra opción que hacer lo mismo con los nuestros. Y esa es la razón por la que ahora estamos aquí, unos cuantos lugares más a la derecha y dos filas más arriba, en unos puestos ajenos. Estas pequeñas concesiones se conocen en la costa caribe con el nombre de «La Legalidad», que son simples y tácitos acuerdos colectivos para procurar el buen ambiente. Y es necesario hacer estas aclaraciones porque muchos de los espectadores que hoy asisten al estadio provienen de otras regiones del país trayendo consigo un estricto sentido del orden.


Más temprano, aún en Cartagena de Indias, cuando apenas salía el sol y con las esperanzas casi perdidas, buscábamos algún transporte que nos llevara a Barranquilla. Mi mujer ─morena alegre de sortijas alborotadas en el pelo─ me reclamaba impaciente por no haber conseguido pasajes desde ayer. Y es que no habían; y no hubo cómo convencerla. Pero si hay algo peor que una mujer dando cantaleta, es cuando después se queda callada, impotente, con la rabia bullendo por dentro y los ojos brillantes. Como la idea era no llegar a ese extremo, decidimos movernos para seguir con la búsqueda; porque una caminata de pasos rápidos es el terapeuta inmediato para el que está desesperado. No habíamos avanzado veinte metros cuando la legalidad vestida de amarillo nos lanzó un salvavidas: «¿necesitan transporte?». La pregunta llegó a nuestros oídos como la medicina al enfermo: un par de enamorados necesitaban dos pasajeros para conseguir lo del combustible y los suministros de su negocio de almuerzos, y a nosotros nos bastaba con un par de asientos cómodos. Fue así como llegamos a Barranquilla, hora y media después, en el asiento trasero de un Chevrolet Aveo.


Ahora estoy de amarillo; pero hace unas horas, en el almuerzo, todavía tenía puesta una camiseta negra. Las calles de Barranquilla eran de un amarillo unánime sin espacio para la vestimenta sobria. Por eso, con el doble propósito de mitigar, por un lado, los estragos digestivos del pastel de cerdo que acabábamos de terminar y, por el otro, de conseguir una camiseta amarilla, caminamos las doce cuadras que nos separaban de la calle 72. Hasta ese momento el sol era un látigo en la nuca, la humedad una cortina sofocante y mi estado físico una catástrofe de jadeos. Al llegar vimos que habían camisetas de todos los estilos, colores y precios. Habían camisetas de todo tipo, digo, excepto una de mi talla. Gordo no te preocupes que yo te la consigo; cógela suave y siéntate ahí que estás como sofocado; niño ponle el ventilador pa’ que se refresque... Y quince minutos más tarde ya tenía mi camiseta amarilla de la selección Colombia, idéntica a la original, por un precio diez veces menor.


No es un asunto sencillo ese de ganarse el sustento desde la calle. Los cronogramas, las proyecciones de ventas o las estrategias publicitarias no son las prioridades del que no ha conseguido aún lo del almuerzo bajo el sol demoledor de la una de la tarde. La etiqueta en la tela que otorga el pomposo calificativo de original, se vuelve allí un accesorio irrelevante; sin embargo, los más puristas defensores del orden moral se apresuran a poner en duda la calidad de los fanáticos rebuscando un paralelo absurdo entre la legítima pasión por la selección y la legítima procedencia de un trapo amarillo, escriturando el sofisma sobre una moralidad de cartón. Es que no han entendido que la legalidad a la que me refiero nada tiene que ver con leyes y juzgados. La legalidad de esta gente de amarillo, que por almacén tiene un cambuche de cañas y que te atiende como si estuvieras en la sala de su propia casa, es todo lo opuesto al mezquino arribismo exhibicionista de precios. La legalidad de la gente de amarillo es la alternativa para aquellos presupuestos que no califican en el almacén oficial del patrocinador; es decir, los de la mayoría.


Cuando el reloj daba las tres de la tarde, justo antes de entrar al estadio, se desató el peor vendaval que se haya registrado en los últimos diez años en Barranquilla, amenazando con la suspensión del partido. Se desbordaron los arroyos, se inundaron las calles, se estremecieron los muros. Fueron dos horas de férrea lluvia ininterrumpida de la que tuvimos que resguardarnos de emergencia bajo los altos techos de los locales de Metroplaza ─modesto centro comercial construido con el propósito de reubicar a los vendedores callejeros que ocupaban una acera cercana─. La electricidad se hizo intermitente. Los comerciantes apagaron los televisores y los equipos de sonido. Tuvimos, entonces, que aguzar el oído para seguir las noticias desde un radio de baterías en las manos de un viejo vestido de amarillo. Cuando anunciaron la retirada de la lluvia y el comienzo inminente del partido, salimos de Metroplaza hacia el estadio cubiertos con impermeables. El excelente estado de la cancha a pesar de la lluvia, contrasta de forma agreste con el barrial que hay en las afueras del estadio, y me pregunto si la legalidad de toda esta gente de amarillo será correspondida alguna vez por la legalidad oficial de estado.

Pero ahora la lluvia ya ha parado por completo. La tribuna es una sola fiesta amarilla. Los impermeables son ahora una bola de hule bajo los asientos. El balón rueda sobre la grama húmeda. El cronómetro completa los treinta minutos de juego. ¡Atención Colombia! El defensor colombiano Carlos Sánchez rechaza el balón con la cabeza. La pelota rebota cerca de los pies de Radamel Falcao García y, frente a él, una desordenada defensa trata de detener el ataque. La gente en la tribuna se levanta de sus asientos. Antes de que la pelota rebote por segunda vez, Falcao, con la gracia de un bailarín, se la pasa a Teófilo Gutiérrez. James Rodríguez se perfila raudo por la izquierda. El silencio se hace piedra en los labios. Teófilo la devuelve a Falcao con un toque sutil hacia atrás. La tensión en mis manos es insoportable. La pelota tímida va retrocediendo en pequeños botes mientras que Falcao, como un tigre a su presa, va a su encuentro calculando los diez pasos que necesita para patear con pierna derecha. El disparo es potente y certero abriéndose camino por treinta metros hacia el arco. El balón pica delante del portero y este lo rechaza con las manos hacia un lado. James Rodríguez, que nunca perdió de vista la pelota, se adelanta a la reacción de los defensores y saca un remate difícil de pierna izquierda. ¡Golazo, James! ¡Golazo, Colombia! Y nos volvemos locos, y nos abrazamos, y me río y grito por la emoción del gol, pero sobre todo por el alivio que me da la certeza de que ya nadie va a venir a reclamarme por estos asientos ajenos.

jueves, 5 de junio de 2014

Protesta de sol bajo la lluvia


De este lado del mundo casi siempre llueve. Es una llovizna impertinente que desamarra cualquier anhelo y obliga a andar cabizbajo. Para mí, que vengo del sol, esto ha sido toda una contrariedad. La lluvia le impone a la vida ese afán enfermizo que detesto. Caminar se vuelve una lucha desesperante de los ojos contra las gotas en los lentes y me ofusca que la gente, presa del hábito, no tenga el menor cuidado si al pasar salpica el agua de los charcos bajo los adoquines. Nadie se disculpa, nadie se detiene, nadie mira a los ojos. Supongo que esos pequeños episodios abusivos no son más que los gajes de vivir en este lado del mundo.

Una tarde la lluvia arreció más de lo normal. Mucho más. Y yo, que vengo del sol, no tengo la costumbre de andar con paraguas. Entonces no me quedó otra opción que refugiarme en un café a sorber el tedio. Era una sola cortina líquida de esas que no admiten afán sino que, al contrario, detienen la vida por completo. Cosa que también detesto porque una vez que escampa y se reactiva la vida, todo eso que estaba represado estalla en un caos absoluto. Y es allí cuando las calles se convierten en una pesadilla, los transeúntes en zombis y los taxistas en oligarcas. Por eso, buscando anticiparme, fue que quise comprar un paraguas; pero con lo que me cobraron habría podido comer una semana; y no exagero. Y me parece insólito porque la verdad no le conozco a un paraguas otra función distinta a la de ampliar el área de cobertura de un sombrero al tiempo que desmejora la presencia del individuo que lo sostiene.

Del lado del sol, cuando llueve, huele a tierra húmeda; de este lado del mundo, a perro mojado. Tal vez sea una de las consecuencias de reemplazar lo verde por el gris del progreso. Porque en estas tierras el único progreso que cuenta es el que se arma con cemento. Y no falta el que salga a decir que soy un amargado, o el que me cuestione por andar de este lado del mundo, como si la opinión sencilla de un hombre común tuviera alguna incidencia sobre estas cuestiones añejas; como si al marcharse el que disiente todo mejorara. Esa lluvia impertinente no es otra cosa que el pretexto más cómodo para justificar las mezquindades; del mismo modo que la somnolencia selectiva es siempre el escudo de párpados para no ceder el puesto en un autobús.

Hoy voy con los hombros empapados, la nariz roja y los dobladillos sucios; en fin, males menores. O eso creía. Hasta que veo del otro lado de la calle una mujer que lucha con la lluvia porque la brisa le ha virado su paraguas al revés. A mi lado, en un paradero, un grupo de irreverentes universitarios se burla. La lluvia es inclemente. Justo suena mi teléfono celular y del otro lado mi madre angustiada me dice con voz entrecortada que el taxista que la llevaba acaba de obligarla a bajar del vehículo porque, según le dijo, estaba perdiendo mucho tiempo en ese recorrido por lo pesado que el tráfico se hace con la lluvia. Ella, que también viene del sol, no tiene con qué guarecerse. Si este es el precio por vivir de este lado del mundo, lo entiendo, pero no me callo. Como un puño cerrado, que desde el hígado me sube a la garganta, el trueno de la indignación me explota en un grito arrabalero que retumba en los tímpanos y ojalá en la conciencia de estos irreverentes de cartón: ¡coman mierda, ignorantes! Y se les borró la risa, y hunden sus ojos en el pavimento y se hacen los desentendidos.

Ahora, luego del desahogo, mientras pienso en mi madre que busca un techo bajo la lluvia fría ─que es de las cosas más tristes que un hijo puede imaginar─ camufladas entre las gotas gruesas un par de lagrimitas me lubrican el pecho para facilitar el tránsito de esta congoja hasta la vesícula biliar. Pronto nos veremos, amigo sol.

jueves, 29 de mayo de 2014

El Corroncho Es Universal

Uno de los comportamientos más extraños que he podido observar es aquel que le sigue a la llegada de un avión a su sitio de parqueo. Hombres, niños y mujeres saltan de sus asientos al pasillo del avión como si se les activara un resorte en el momento en que este se detiene. Y no entiendo ese desespero porque la tripulación abre la puerta solo cuando estima que es seguro hacerlo. Además, caminar desde el último asiento hasta la puerta no le toma a uno más de tres minutos. Aparte, muchas veces, luego de salir del avión hay que esperar en un autobús por el resto de personas. Y si después de todo eso además hay que esperar por las maletas frente a una banda transportadora ─maletas que en el mejor de los casos llegan diez minutos después que uno─ entonces ese impulso salvaje de desabrochar el cinturón, invadir el pasillo y quedarse allí parado a esperar a que abran la puerta es una corronchada completa. Y como esto lo he vivido en toda clase de vuelos, con pasajeros de diferentes nacionalidades y por distintas aerolíneas, puedo inferir entonces que el corroncho es universal.


En las regiones del caribe el término «corroncho» tiene un amplio rango de usos. Uno de ellos es para referirse a los desaciertos en la vestimenta. Por eso, se les llama corronchos a aquellos que tienen un sentido de la estética tal que, sin sonrojarse, combinan un pantalón negro con zapatos blancos; o una bermuda de rayas con una camisa a cuadros; o llevan la guayabera por dentro; o corbata con camisa manga corta; o usan sandalias con medias.

En otras ocasiones se usa para nombrar el afán por alardear de lo recién comprado. Es el caso de un primo al que sus padres le regalaron una motocicleta en su temprana juventud. Si recuerdo bien creo que era por motivos de documentos que no podía salir en su moto; sin embargo, eso no fue impedimento para que, mientras se completaban los trámites, él anduviera por allí a pie llevando orgulloso la llave colgada en el cuello. Yo también hace poco compré una cajetilla de habanos sin saber siquiera cómo se fuman; pero, como buen corroncho, igual la conservo visible en uno de los estantes de mi casa.

Otras veces se refiere al desconcierto que produce el ingenuo desconocimiento de las cosas. Son esos que en la inauguración de un centro comercial hacen largas filas para subirse a las escaleras eléctricas. O aquellos que prefieren servirse la comida fría para no tener que enfrentarse a un horno microondas. O como le pasó a una vieja amiga que, estando de viaje en Bucaramanga, quiso sorprender a su familia en los Montes de María llevando en el bus de regreso diez kilos de arroz, dos manos de plátano y una caja de yuca. Yo mismo fui víctima de ese desconocimiento la primera vez que entré a una ducha de agua caliente, y creo que el lector podrá hacerse una idea de lo que sucedió.

Pero en su acepción más despiadada el término «corroncho» se usa para castigar la falta de sentido común. Como cuando la gente decide casarse de smoking en una iglesia a puerta cerrada, sobre las tres de la tarde y con treinta grados de temperatura. O cuando bajo el mismo sol abrasador entusiastas muchachos salen vestidos con pasamontañas y buzos. O cuando hombres, niños y mujeres se paran en el pasillo de un avión a esperar a que abran la puerta.

Estoy seguro de que en todos los países del mundo existe este tipo de comportamientos y quizá otros que no imagino. En ese sentido se reafirma mi tesis de que el corroncho es universal. Pero, a pesar de eso, también estoy seguro de que son muy pocos los países en donde tantas personas votan por un candidato a la presidencia que ha mentido, que abiertamente ha dicho que prefiere la vía armada al diálogo, que desconoce las instituciones democráticas, que propuso hundir la ley de víctimas y que además no tiene independencia e ideas propias porque sus movimientos obedecen a los hilos y designios de un titiritero mayor. Y ese, querido lector, es un contrasentido que no se explica con la corronchera, sino con la estupidez.

domingo, 11 de mayo de 2014

Nostalgias de un cuarto piso

Tengo la buena suerte de vivir en un cuarto piso. Un lugar lo bastante alto como para tener una bonita vista, para tener a los insectos fuera de alcance y para que llegue diluido el ruido de carros apurados y niños corriendo; y a la vez no es tan alto como para fatigarme subiendo las escaleras cuando el ascensor no funcione.Tengo además la buena suerte de tener un balcón al que salgo los sábados y por el que me asomo por encima de los techos para ver el tren de la sabana y los cerros bogotanos.

Pero tengo también la mala suerte de vivir en un cuarto piso. Un lugar ubicado justo debajo de un apartamento en donde vive un matrimonio que parece feliz. Yo nunca los he visto, aclaro, pues sucede que en esta ciudad de ocho millones de habitantes la gente no se mira entre sí; pero deduzco que son felices por el ajetreo que se siente en algunas noches y porque de unas madrugadas para acá se oye el llanto de un infante que supongo fue producto de ese ajetreo. Esto trae consigo trasnochadas canciones de cuna que se cuelan hasta mi cama y que tienen el mismo poder conmovedor de un metrónomo y el mismo efecto arrullador de un grillo de solitaria cuerda metálica. Claro, sé por experiencia que los hijos llenan a los padres de una alegría enorme; pero esa alegría ajena es la tortura que hoy me toca. No me quiero imaginar cuando esa alegría empiece a gatear y a estrellar los juguetes contra el piso.

De la misma forma tengo la mala suerte de tener un balcón al que salgo los sábados. Pues, al ver el tren y los cerros y a esos niños pateando un balón vestidos de jean y pesados abrigos, la nostalgia se me hace ojos bajo las gafas. Nadie lo nota pero el alma me da un salto a la memoria: un salto de 2600 metros hacia abajo y 25 años hacia atrás y aterriza girando como flor de roble en un caribe ardiente cubierto de un polvillo rojo por donde caminé descalzo y descamisado, escuálido entre bermudas de palmeras brillantes, con la camiseta en una mano, las chancletas de tres puntas en la otra y en la boca la felicidad agarrada de la comisura de mis labios.

Desde ese mismo balcón veo a mi hija vestida de jean y pesado abrigo y va sonriendo y saludándome con la mano mientras pedalea los últimos momentos de su niñez equilibrando en esa bicicleta este destino andino que le tocó y las nostalgias de un mar que aún le adeudo.

jueves, 1 de mayo de 2014

Desagravio a una dama roja


Antes de saber a qué sabía, fue el rojo lo que me atrajo. El rojo de satín bajo esa piel de cristal. Esa nota escarlata y justa entre un pentagrama de colores. Ese rojo eterno y elemental. Pero, como los tiempos que corren no admiten demora y la demanda es inoportuna y feroz, se hizo necesario trasquilarle la cabellera a la prosa y dejarla de un trágico estilo militar porque el tendero no sabe sino de urgencias menudeadas. Un insolente mercachifle que no ve más allá del vidrio y las letras blancas. Con esa misma negligencia rencorosa con que un cotero carga un piano, el tendero me tiende lo que él entiende como una botella ─ bella dama de curvas renacentistas─ sin antes exigir el pago por adelantado. Quédese con el cambio, tendero desalmado, pero antes despácheme un pan de queso que es el complemento legítimo para esta Kola Román, bella dama que usted agravia cuando insiste en ponerla al mismo nivel de las demás gaseosas.