lunes, 22 de abril de 2013

Al Cuchilla



Desde la distancia vi a la multitud agitada y formada en círculo y lo primero que imaginé fue que había una pelea. Cuando estuve más cerca quedé confundido porque solo había un único peleador. Cuando presté mayor atención entendí que la gente lo rodeaba, como para que no se escapara, como para retenerlo un instante más, no a un púgil sino a un artista de la narración oral, a un mago de la palabra, del verbo simple, picante y certero: se trataba de Edelberto “El Cuchilla” Geles. Esa fue la primera vez que lo vi en el parque del Centenario en Cartagena de Indias.

Años después, cuando tuve la oportunidad de hablar serena y largamente con él, me explicó que su nombre de escena y que a la larga pasó a ser su nombre verdadero, “El Cuchilla”, nació de su paso fugaz por el boxeo y su facilidad para abrir, con la fuerza de sus golpes, profundas heridas en los párpados y pómulos rivales. “Cortaba como una Cuchilla”, me dijo enfático agitando la mano izquierda, “y así me quedé” remató complacido.

En la madrugada de un 6 de Diciembre llegó al apartamento en donde yo vivía, algo indispuesto por lo largo del viaje y más que eso por la larga ausencia de ron: 12 horas de abstinencia. El Cuchilla Había viajado de Cartagena a Bucaramanga porque era el invitado de honor a la fiesta anual del 7 de Diciembre que la colonia de la costa atlántica de la Universidad Industrial de Santander organizaba para aliviar un poco aquella nostalgia amarga de hallarse lejos, en una tierra amable pero que prende las velas, sin ron y sin música, a las 6 de la tarde y no a las 4 de la madrugada como se hace en el caribe.

Media botella de ron viejo de Caldas, fue lo que respondió cuando se le preguntó si quería desayunar. De cerca, El Cuchilla era un hombre de carnes magras y músculos estrechos, como de gallo fino; era de poco comer y de expresión comedida y seria. Allí noté que sus palabras de grueso calibre no eran parte de su léxico cotidiano sino que eran un mero elemento retórico y de apoyo dentro de su obra; a esa altura de su vida se había convertido en un hombre frágil por el abuso del goce, de una inteligencia clara y una memoria privilegiada: características que suelen encontrarse en los grandes narradores.

Él se denominaba a sí mismo como un cuentachistes; otros lo consideraban cuentero; yo pienso que encasillarlo en una categoría es desconocer la versatilidad que tenía; era un verdadero contador de historias que, dependiendo de sus propósitos, cambiaba la expresión, la cadencia, la gesticulación y hasta el tono de la voz; lo invariable, eso sí, era la chispa y lo picante de su narrativa.

Aquella noche del 7 de diciembre nos fuimos caminando juntos las 10 cuadras que nos separaban del lugar en donde haría su presentación; se le veía un tanto nervioso porque, según su propia explicación, en sus actuaciones del parque del centenario en Cartagena él era quién llegaba primero y luego su audiencia; pero en aquella noche Bumanguesa ya una amplia multitud lo esperaba en la intersección de la calle 10 con carrera 28; al llegar al sitio y justo antes de despedirse quiso que nos tomáramos una foto; luego se dejó arrastrar confundido por un rio de gente que lo llevó hasta al centro. Allí lo vi nuevamente en medio de la multitud formada en círculo, como la vez aquella; el tiempo le había dibujado una expresión de resignación en su rostro; antes de empezar la función, un animado miembro de la audiencia le llevó un trago de ron: “Es que hay gente sapa”, fue la respuesta de El Cuchilla al gesto aquel. Y desde ahí las carcajadas no cesaron hasta la madrugada.

Esa fue la última vez que lo vi; cerrando la historia con el mismo cerrojo, completando el ciclo, desde una tarde lejana y cotidiana en Cartagena a una madrugada nostálgica de diciembre. Poco después El Cuchilla murió por complicaciones de una cirrosis hepática, que es la enfermedad laboral de los poetas. Porque poeta no es solo el que con espumosos versos le canta a la luna y a la mar y la rosa gastadas; poeta es aquel que puede construir lo mágico y lo extraordinario con las mismas palabras que todos conocen y en los lugares que ven a diario. Esa es la habilidad de los magos de la palabra. Ese es el legado de Edelberto El Cuchilla Geles.

A veces, para cortar la historia en dos, basta con una cuchilla.

domingo, 17 de marzo de 2013

Mi padre: el hombre que le ganó al campeón mundial

Hubo una época por el año de 1994 en que me interesé por los filósofos griegos; bueno, no en todos; de hecho sólo en uno: Sócrates.

Fue así como me vi, debajo de uno de los arcos de la torre del reloj público del centro de Cartagena, regateando con una vieja librera por cuatro folletos destartalados y piratas de Los Diálogos de Platón que narran los razonamientos de Sócrates. Cada uno costaba 2200 pesos y yo en el bolsillo sólo tenía 8 mil representados por un billete de 5  y un ejército de monedas.

El improbable argumento de la librera para no ceder en el precio era que los conservaba desde 1963. Pero justamente con ese mismo argumento yo me apoyaba para persuadirla de qué tanto podrían representar 800 pesos a la vuelta de 30 años de estar archivados en esos anaqueles de polvo. Después de regatear por una media hora finalmente me recibió los 8 mil pesos y ni se molestó en contarlos siquiera.

Crucé la avenida Venezuela y me senté en uno de los escaños del parque del centenario a hojear los tesoros recientemente adquiridos. El Banquete fue el primero de los diálogos que leí; sin embargo menos por el bullicio de la convocatoria de público que a viva voz hacían los comediantes criollos Cuchilla Geles y El Zorro que por el hostigamiento del sol de las 3 de la tarde, decidí refugiarme en las sombras del parque de Bolívar -en el centro amurallado- que era más propicio para mis introspecciones filosóficas de cartón.

Sólo se oían las ráfagas atropelladas de movimientos de fichas sobre el tablero en el vertiginoso ajedrez de a 5 minutos. Jaque, jaque, jaque. Y yo sonreía porque si me hubiera jugado esos 8 mil pesos al ajedrez con los pensionados eternos, seguro me hubieran despojado hasta el último peso, como era costumbre y además, como era costumbre también, les habría tocado regalarme lo del pasaje del bus para devolverme a mi casa. Esa vez fue distinto y me sentía henchido de orgullo por mi decisión de haber comprado los libros.

Al terminar La Apología de Sócrates, los pensionados eternos me invitaron a jugar. Decliné el ofrecimiento. Se rieron: especularon que tal vez ya había perdido la plata en algún otro lado; en el dominó tal vez. Y fue justo allí que caí en la cuenta de que esos 8 mil pesos que había pagado de buena gana en la torre del reloj era el único dinero que llevaba encima. No tenía con qué devolverme a mi casa. La gota fría de Emiliano empezó a bajar por mi columna vertebral. No tenía presentación volver donde la vieja librera después de haber regateado tanto. Me senté abatido, apoyé la cabeza contra las tablas de la banca y me perdí un momento entre ramas de árboles y nubes.

El plan B era ir hasta el paradero de buses cerca de la India Catalina y esperar a que alguno de los choferes me llevara gratis; el plan C era pedirle desvergonzadamente a un transeúnte cualquiera que me regalara lo del pasaje; el plan A era seguir esperando sentado hasta que me decidiera por alguno de los otros dos planes.

“Siempre me pueden encontrar en el camellón de los mártires después de las 3 de la tarde para lo que necesiten”, reaccioné al recordar aquellas palabras que Rodrigo Valdez, El Rocky, había pronunciado en una conferencia. Y yo estaba a unos metros del camellón de los mártires. El Rocky Valdez, dos veces campeón mundial de boxeo en los años 70, es un hombre apacible, vistoso y generoso que lo mismo regala almuerzos en el mercado de Bazurto, inaugura obras en la ciudad de la mano del alcalde o se queda a conversar largamente con quién quiera sentarse junto a él. Era de los míos,  pues El Rocky había vivido en la misma calle del barrio Olaya que mi padre, cerca del centro de recreación para adultos fogosos, Sanssoucie, que yo atravesaba dos veces por semana para ir a visitar a mi abuela en la calle contigua.

Con algo de inseguridad por mi timidez crónica me dirigí entonces al camellón de los mártires, que está ubicado junto al muelle de los pegasos, caminando con paso deliberadamente lento y buscando ansioso en el piso algún billete o moneda que me salvara de la angustia. No encontré nada en todo el trayecto. A lo lejos vi al Rocky. Rodeado de sus amigos de siempre y gesticulando jabs de izquierda, rectos de derecha y ganchos al aire. Me acerque temeroso pero decidido. Antes de pronunciarlas calculé bien mis palabras para que no me dijera que no. Hay ocasiones en las que las palabras son lo único con lo que se cuenta y hay que escogerlas bien y pronunciarlas con el tono preciso. Y le dije: “Hey Rocky, compré estos libros y me quedé sin plata; regálame para coger un bus de Olaya”. Dejó de lanzar golpes al aire, suspendió la charla, el silencio se hizo y yo no tenía más palabras que esas.

Me preguntó incrédulo: “¿Compraste esos cuatro libritos y te quedaste sin plata para el bus?”. Yo asentí con la cabeza sin decir palabra alguna porque ya las había dicho todas. Antes de darme lo del pasaje me dijo con su voz atropellada de vocablos escasos: “a mí me sirvieron más estos puños que los hijueputas libros”. Sus contertulios y él rieron a carcajadas y yo había quedado como el tonto intelectual de cartón que compra libros y luego no tiene ni para el bus. Era completamente cierto lo que decía El Rocky, pero ese toque burlón típico del Cartagenero que sabe que lleva la ventaja, me había sembrado una espina de ira inmadura y adolescente. Cuando tuve los 1000 pesos en la mano, que fácilmente me alcanzaban para dos trayectos o más, y ya aliviado de toda angustia, entonces le riposté con un jab tímido: “Yo soy el hijo de Guido”. El Rocky esquivó el golpe con un leve movimiento de cintura: “¿Cuál Guido?”. Entonces fue cuando le mandé el recto de derecha: “Guido, el que te levantó a trompadas allá en Olaya lo mismo que al gordo Danilo”. Lo conecté en el arco superciliar. Y antes de que tuviera tiempo de reaccionar le tire el uppercut a la mandíbula: “con ese no te sirvieron los puños”. Aquella había sido una pelea que me contó mi abuela de cuando ambos, mi padre y El Rocky, aún eran muchachos; dónde ni el uno sabía que iba a ser campeón mundial ni el otro sabía que iba a ser mi padre.

El Rocky esbozó una sonrisa pícara dejando ver su nombre de combate grabado en letras de oro sobre sus dientes y me dijo en tono burlón: “Nojoda si lo sé, no te doy nada; de esa pelea no me acuerdo, no está en mi record”. y al final apuntó: “Dios lo tenga en su gloria; pegaba duro ese hijueputa”.

sábado, 23 de febrero de 2013

Un ovni en el litoral


Era ese el único día del año en que los niños son los dueños de la madrugada. Gruesas y paquidérmicas lágrimas de parafina verdes y rojas y azules descienden del ojo amarillo de las velas trasnochadas y gastadas de tanto arder y divertir. No sé si lengua ardiente diminuta o cíclope de brillo simplificado. No sé si copa que se contiene a sí misma: transmutando su tamaño, cada vez más disminuido, en su propio contenido que juguetea en el borde y que al final se derrama en gruesas y paquidérmicas lágrimas de parafina. Y así de nuevo, y así en un espeso ciclo de llanto cada vez más tenue, y así hasta agotar la materia prima que es su propia existencia, quedando resumidas, a la postre, en un coral de colores blandos y asimétricos. Un siete de diciembre de madrugada y de niños y de hileras de velas encendidas.

Unos, más osados, atraparon el brillo entre faroles, como encarcelando al sol para poderlo tocar, con la misma ilusión del que guarda el mar dentro de un caracol. Otros, por no tener la costumbre de jornadas de tan fresca brisa, para calentarse tomaron el chocolate que preparó María; un chocolate que no era chocolate sino maíz, pero que sabe igual: un triunfo de la alquimia culinaria del caribe. Otros, recogieron voraces los restos apagados de lo que horas antes habían sido mini novas verticales, con la intención de recrear, más tarde y fuera de la vista de los mayores, una miniatura de volcán echando dichos restos dentro de una tapa de gaseosa que, sostenida por los pilares marchitos de dos bengalas infantiles, se avivaba desde abajo con una llama sobreviviente; a ese ingenioso conjunto le llamaban el caldero del diablo; al final, un acertado escupitajo en el centro de la tapa de gaseosa desataba la revancha volcánica y desde el fondo de la tapa ascendía, de vuelta, una larga lengua de fuego que quemaba pestañas, espantaba sueños y anticipaba la aurora. Y algunos otros, acostando el cansancio bocarriba, nos quedamos mirando el firmamento.

Álvaro fue el primero que lo vio. Ya acostumbrados a su imaginación surrealista, no le creímos. Una estrella le sacó ventaja a las demás. Ya no era un punto insignificante dentro de un conglomerado majestuoso. El cometa Halley ya había pasado el año anterior mientras yo compraba un litro de leche que me había encargado mi madre, y me resulta curioso ahora que nuestra galaxia se llame precisamente la vía láctea. No era el Halley. Decúbito dorsal silente y ojos cada vez más abiertos por una estrella que se aproximaba justo a la calle nuestra, la última del barrio, justo sobre nosotros.

El progreso era lento, pero sin duda se estaba acercando. Porque a nuestros pueblos todo llegaba lento, incluso los fenómenos estelares. Emprendió una tosca trayectoria de primer boceto a mano alzada; de ahí sospechamos que no era una estrella. El grito de avión en la boca de Ana Milena fue silenciado por el susurro anónimo de que por aquí nunca antes había cruzado uno. El veredicto entonces lo dio su descubridor: un ovni. Aunque el resto de nosotros desconocía el significado de la palabra, nos pareció que ciertamente no se parecía a ninguna otra cosa que se haya visto antes; debía, entonces, ser un ovni.

Una vez que descendió hasta la altura de nuestro entendimiento, pudimos ver un cubo perfecto, de caras iluminadas de colores y que giraba sobre su propio eje, con parsimonia, como dando el tiempo para registrarlo bien en la memoria de un litoral típicamente amnésico. Así se sostuvo un momento, balanceándose en el aire, como canoa de pesca en el mar adentro, como cadera en la cumbia; pero un minuto después, en una marejada inesperada de brisa, se perdieron los controles, se ofuscaron las aristas, se desdibujaron los bordes; y entonces la decisión, imagino, fue la de descender del todo: en maniobra agresiva el cubo viró a estribor y cruzando en parábola descendente por el techo de las casas se nos perdió de vista aterrizando en el solar baldío detrás de las paredes de los patios.

Al llegar corriendo a la vuelta del solar, alcanzamos a ver, entre la candela, lo que quedaba de la nave: unas delgadas varillas de caña brava atadas con hilo rojo formando el esqueleto de un poliedro maltrecho y abrazándose a ellas unos jirones de papel silueta que buscaban evitar ser alcanzados por la llamas de un mechero malherido; los tripulantes ya habían huido. A nuestro ovni, los adultos le dieron el sorprendente nombre de cajón aerostático, y trataron de convencernos de que había sido fabricado por algún niño de algún barrio cercano. Hábil artesano o cubo galáctico. En esa discusión se fue lo que quedaba de la madrugada.

Cuando el sol se levantaba en luz, supe que ya no podría olvidar aquella madrugada de diciembre, porque cubo galáctico y cajón aerostático, en el recuerdo de una infancia feliz, vienen siendo la misma cosa.


domingo, 17 de febrero de 2013

Cada tercer sábado

Cuando descendí presuroso del último escalón ya mi madre me esperaba impaciente con un par de tijeras en la mano.

No estoy seguro si aún no eran populares los corta-uñas o si en realidad eran las tijeras su instrumento de tortura favorito, o acaso, era la única herramienta eficaz para combatir mis uñas férreas heredadas de mi padre y que este a su vez había heredado también de su padre. Lo cierto es que era el tercer sábado del mes y, según las normas de la casa, era el día de cortarse las uñas de los pies. No me daban esa tarea directamente a mí porque aún era muy pequeño y más que eso, porque ningún niño preferirá cortarse las uñas un sábado en la mañana en lugar de ir a correr descalzo y feliz por las calles destapadas.

Pinchazos de amor en las cutículas, cortes de ternura en el borde de los dedos, amoroso alicate horadando en una uña encarnada, dulces gritos de tatequietos, preciosos ojos fuera de órbita e inyectados de sangre, delicada respiración espesa y entrecortada de impaciencia. Ella le llamaba la amorosa agonía de ser madre; yo en cambio le llamo la implacable tortura de ser hijo. Tal vez el lector lo sospeche, mi madre no era la más diestra en el arte de la pedicura.

Me ubicó a la altura perfecta sobre una mecedora de dónde me sobresalían los pies en la justa medida; trabó los balancines con trapos para evitar que me meciera; justo debajo de mis pies ubicó un banquillo enano de madera rústica y puso sobre él una taza de agua caliente y el resto de la artillería pesada; con su mano suave me empujó por el pecho hasta quedar totalmente recostado al espaldar; sonreía mientras se encajaba los ojales de las pequeñas tijeras entre los dedos pulgar e índice de la mano derecha; cuando con los mismos dedos, pero de su mano izquierda, me aprisionó el meñique indefenso y sentí la punta de la tijera acercándose a la uña, se desató una descarga eléctrica desde el centro de terror de mi cerebro hasta la extremidad cautiva, echando chispas y disparando por los aires pinzas, alicates, limas, cremas, cepillos, piedras pómez y, claro, la taza.

La taza de agua caliente se elevó por los aires, ingrávida, sin un ápice de inclinación, como gobernada por los invisibles hilos de un talentoso e invisible duende titiritero y llegó hasta la altura de mis ojos. Luego algo sucedió con el duende, se le extraviaron los hilos y se activaron en cambio los hilos, invisibles también, que todo lo halan hacia el núcleo de la tierra y en la siniestra dinámica de los fluidos el perfecto centro de gravedad perdió el equilibrio, situándose en la única posición posible para que todo el contenido de la taza se derramara sobre la cabeza de mi madre. Si no se controlan, las leyes físicas pueden llegar a ser fatales.

Enfurecida en silencio, ella; aterrado en silencio, yo; no articuló palabra alguna; bastó con que señalara la puerta de la casa; salí corriendo despavorido; atravesé el solar de cada tercer sábado.

Allí encontré a mi padre bajo un sol inclemente, en un terreno que no era apto ni para que pasara un tractor, una tierra dura y árida, un salitre de canales profundos, sin sombra cercana, sin vendedores, sin agua, intentando jugar a la pelota con un grupo de jugadores que no alcanzaban a completar los mínimos necesarios; algo inconcebible para un hombre amante del buen béisbol.

Luego comprendí que él aceptaba participar de esa abominación cada tercer sábado, si acaso no era él mismo quién la organizaba, para poder librarse de que mi madre le cortara también las uñas de los pies. Su abdicación era, por ende, mi tortura. Pero con lo que mi padre no contaba ese día, es que aquella taza de agua caliente sobre la cabeza de mi madre no quedaría impune; la verdugo respiraba amoníaco, transpiraba veneno, ya tenía sus armas afiladas, nos esperaba impaciente y el ejecutado, por esa vez, no sería yo...

lunes, 11 de febrero de 2013

Eruditos de cartón


Hay dos cosas que me molestan en los hombres. Fueron más o menos las palabras que me dijo la bella y aguda observadora.

La primera, más o menos en sus palabras, es que los hombres viven los viajes por tierra en términos de kilómetros por hora, de cantidad de combustible, de peajes, de policías en la vía, del estado de la carretera y, sobre todo, de cuánto se demoran en ir de un sitio a otro; la velocidad. Nunca detallan, agrego yo, en aspectos como el paisaje, los pueblos, transeúntes o habitantes; estos son simplemente otros elementos ineludibles en la ruta.

La segunda, más o menos en sus palabras, es que en cuanto a la música, a los hombres les parece muy importante conocer los datos biográficos del intérprete, el álbum, el compositor, el año de grabación e incluso las historias secretas detrás de cada canción. 

Estoy de acuerdo, sobre todo con la segunda afirmación. Yo he caído varias veces en ambas conductas y creo que no he sido el único. Ahora caigo en la cuenta: no veo cómo puede mejorar (o empeorar) la obra de García Márquez el hecho de conocer el origen de la palabra Macondo; no veo cómo puede mejorar (o empeorar) la obra de Bela Bartok el hecho de que sea el compositor favorito del Nobel Colombiano; no veo cómo puede embellecer (o estropear) Las Cuatro Estaciones de Vivaldi el hecho de saber a qué estación corresponde cada movimiento; no veo cómo puede mejorar (o empeorar) los arreglos de trompetas de Richie Ray el hecho de saber su nombre de pila completo; no veo cómo La Cuna Blanca de Raphy Leavitt puede ser una mejor (o peor) canción por el hecho de que sea inspirada en Luisito Maisonet, trompetista fallecido en un accidente que tuvo con Raphy. no veo cómo.

Muchos de los que decimos ser conocedores, al escuchar una canción de nuestro interés podemos citar la información del álbum, cantante, arreglista y hasta la nómina completa de la Orquesta que la interpreta. Es decir nos conviertimos en conocedores de las arandelas, de los detalles adjuntos, pero no de la obra misma; eruditos de la envoltura. Saber la cifra exacta de las copias que vendió el álbum Thriller de Michael Jackson, no lo hace a él mejor artista (o peor) ni a usted un mejor conocedor de la música. El contexto histórico, sentimental, económico o social si bien son los elementos inspiradores de la obra (la musa, si se quiere), hay que convenir que no hacen parte del lienzo o de la partitura; es decir, son elementos externos a la obra, y aunque en plena medida son inseparables de ella no implica que esto necesariamente le agregue o le quite valor estético, porque una obra de arte -cualquiera que sea y por encima del mensaje- es ante todo una expresión estética.

Por ello considero inadmisible que el valor estético de una pieza musical o de una pintura dependa de los elementos que menciono, o de cualquier otro elemento. Una obra de arte debe defenderse por sí misma, mostrarse con la sinceridad desnuda de lo que no necesita explicación ni motivos, hablar por sus propios medios, sin interlocutores. No puede ser que un observador o un escucha no halle todo lo que necesita sólo con ver la pintura o con sólo escuchar la música. 

Descuidando así lo importante, nos hemos vuelto eruditos de lo externo, de la envoltura, del empaque. En fin, eruditos de cartón.

martes, 15 de enero de 2013

La vez que la vida se detuvo. (Anécdotas de infancia)


En el amague de pisar el acelerador y luego el freno inmediato y brusco  -con el afán de seguir embarcando pasajeros en donde no cabía uno más-  el conductor dictaba en la gente el ritmo hipnótico de resignación de aquel que sabe que de nada vale protestar ni pedir celeridad. Tan lento íbamos que podía ver a los transeúntes adelantar frente a mi ventana con la amarga sensación de que estábamos retrocediendo. Era de verdad una jornada agónica en mi desespero inútil; pero no había más alternativa, porque toda la zona era una larga procesión de buses repletos como en un entierro sin luto y sin muerto. Y así era a diario. 

Eran las seis y cuarenta de la mañana y yo iba muerto de sueño y de calor en un bus ruidoso, lento y lleno de gente y, como siempre, tarde.

Al llegar al final de la avenida Pedro Romero, que marca el inicio del mercado de Bazurto, la situación empeoró: el tráfico se detuvo por completo; pero en aquella ocasión era diferente porque no sólo el tráfico estaba detenido sino que la vida también lo estaba. Nada se movía, nadie respiraba, los conductores estaban impávidos fuera de sus vehículos, los vendedores ambulantes silenciaron sus pregones, no hervía el aceite en los calderos de las fritangueras y hasta en los puestos de agáchate del mercado los compradores permanecían erguidos. Sólo el reloj implacable y monótono seguía su marcha y, con él, mi desespero en aumento.

Todos miraban hacia el mismo lado, a la izquierda y hacia arriba convergiendo en una escalera de mano apoyada sobre un poste de luz. En el peldaño más alto se equilibraba un negro descamisado y con la piel brillante de sudor por los rayos de un sol incipiente que se alzaba enorme sobre el cielo como una gigantesca arepa de huevo. Con una mano se aferraba al poste de luz y con la otra sostenía por uno de los extremos una vara larga de madera que tenía enganchada, en el otro extremo, una jaula que encerraba un canario en uno de sus tres compartimentos. Los otros dos compartimentos de la jaula eran trampas de las cuales el hábil cazador ya tenía preparada una, con el objetivo de atrapar a un segundo canario que trinaba sereno y libre sobre la lámpara que corona al poste.

Era una danza de movimientos lentos, fluidos y acompasados, como una especie de Tai Chi Chuan tropical, cuyo objetivo era acercarse paulatinamente pero sin alertar al desprevenido canario. Era una danza serena de hamaca en trance, de lumbalú minimalista, moviendo sólo los músculos necesarios, goteando el sudor por el codo y con las venas a reventar en el brazo con que sostenía la vara. 

En un acertado movimiento final y ayudado por la persuación del canto del canario cautivo, el negro pudo atrapar al segundo canario que trinaba sereno y libre sobre la lámpara y esto desató un júbilo general, una lluvia de aplausos, una confusión de carros y gente, una algarabía omnipresente, una disonante sinfonía de cornetas de buses. En resumen la vida había vuelto, porque en el caribe lo asombroso nunca es suficiente sino que además las cosas, para hacerlas creíbles, hay que agrandarlas y mitificarlas, de tal forma que, a pesar de que todos habíamos visto la proeza, a los pocos segundos ya se manejaban segundas y terceras versiones dentro del bus en que íbamos. Que el negro era un experto hipnotizador de aves; que sostenía la vara con la boca; que ya no había capturado uno sino que en realidad fueron dos canarios; que en lugar de trampa lo agarró con sus propias manos; que yo sé dónde vive; que es el pretendiente de mi hermana; que no es tan bueno como creen; que no sabe tanto de pájaros; que yo cazo canarios también; que no fueron dos sino uno solo; que ese negro no fue sino aquel otro; que el segundo canario siempre estuvo en la jaula; que yo no vi a ningún canario ni a ningún negro...

Al final ni yo mismo estuve seguro si todo eso que vimos en realidad sucedió. Pero el reloj avanza y con él la vida, y yo aún iba tarde. Al bajarme del bus al final del recorrido lento y tortuoso, tuve que resolver el laberinto diario que son las callejuelas del centro de Cartagena de Indias; al alcanzar el final de la calle del Tejadillo, me encontré con que el blanco y frío portón de la entrada del colegio de la esperanza ya estaba cerrado, y no hubo forma, tal como me sucede hoy día, de que el celador me dejara entrar. Sin embargo me dio la opción de hablar con el rector para exponer las excusas de mi retraso.

A Don Jorge de Irisarri siempre lo recordaré por ese perfume inconfundible que no le puede pertenecer a nadie más. Sacó de su guayabera un pañuelo blanco con su monograma bordado, se quitó las gafas y limpió suavemente los lentes bifocales sin pronunciar palabra alguna. Se acomodó nuevamente las gafas y fue entonces que levantó la mirada, con la cabeza ligeramente inclinada y mirando por encima del marco de las gafas. Sudé frío. Quedé petrificado. Finalmente me dijo con voz cansada: joven, si viene con la misma historia del canario con que me han venido todos, mejor no diga nada y siga rapidito a su salón de clases.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Wilbo

Wilbor

Al regresar en una noche fresca, como de aquellos tiempos anteriores, apoyé mis brazos sobre la verja fría cuyo ilusorio propósito inicial era el de defendernos de los ladrones y bandidos, y que al final sólo sirvió de tendedero de ropa recién lavada para secarse al sol.

Apoyé mis brazos esa noche sobre la verja en la misma forma en que lo había hecho 20 años atrás cuando la felicidad aún era descalza y sencilla como un pan de queso. Entonces lo vi cruzar caminando por el frente echándome una mirada rápida y extraviada, pero dos pasos más adelante se detuvo súbitamente y, en un giro repentino por un chispazo de viejas sinapsis escasas ya en su cabeza saturada de humo y sin pensarlo siquiera, disparó con su voz gastada y rasposa mi nombre en el diminutivo con el que me llaman aquellos que me conocen desde niño.

A él lo habían bautizado Teodoro, como su papá, pero nunca se llamó así. Dentro de sus muchos nombres destacan tres: el que su madre le puso en la cuna, “El Pololo”; el que le pusieron sus primeros amigos, “El Wilbo”; y el que adquirió con los malos pasos, “El Palmerita”. Según la hora del día y el estado de ánimo podía ser cualquiera de los 3. Los suyos aspiraban a que fuera siempre “El Pololo”, pero era un ser más sincero y colorido cuando era “Wilbo”, que es como más lo recuerdo.

Me ofreció la mano con el puño cerrado para que me conectara en un típico saludo caribe; me ofreció la mano derecha porque, según sus propios códigos, él no era ningún torcido para saludar con la zurda. Y es cierto, pues de todos los calificativos que le habían tirado encima, el que menos le encajaba era el de torcido porque, dentro de su propia ética flexible y que yo le acepto flexible, es el más recto de los bandidos que conozco.

Yo no estoy loco, me dijo antes de hacer el cálculo rápido de cuántos años tenía mi hija; se quedó corto en una unidad, pero me dijo que había nacido en Octubre. Me pareció increíble que acertara ese dato sin buscar adivinarlo. Cuando le dije que su cálculo era correcto se le iluminó en la boca una sonrisa coja de dos dientes ausentes y se llevó el índice derecho hasta la sien: “yo te dije, por aquí creen que estoy loco... que me hago el loco es otra cosa”. Me relató entonces la vez aquella, hace 22 años, en que nos caímos de mi bicicleta y me abrí una herida en la cabeza; se burló, rememorando, de la reacción de mi madre en esa ocasión; recordó la vez en que me pidió una gorra prestada y que luego le robaron en el barrio Olaya; me confesó, con una sonrisa de niño arrepentido, que en realidad se la había fumado, como si yo no lo hubiera sabido nunca; me dijo que le gustaba su baretica y que así vivía feliz, sin tantas pretensiones y que al fin y al cabo esa gorra le había servido más a él que a mí porque el anaranjado y el amarillo, juntos, son colores de champetúo. Nos reímos. Me reí. Lo evoqué con nostalgia, con esa nostalgia rancia y mezquina con que los hombres ausentes recuerdan.

Pudo haber sido un genio reconocido. Lo sé por su memoria prodigiosa y su ingenio agudo, pero eso no le interesaba; los grandes genios en realidad no tienen tiempo de vivir; y a Wilbo lo que le gusta es vivir, pero a su manera, tocando apenas el piso, atemporal, con sus diversas realidades particulares. Aprovechó la conversación que sosteníamos, como frecuenta hacer cada vez que me ve, para que yo le regalara para una botella de Coco Chévere, un aguardiente barato y residual, porque “ese es el que me gusta y tu sabes que yo no necesito de mucho”.

No soy nadie para negarle un litro de alegría a Wilbo. Antes de irse, feliz, me invita a que le mire los zapatos. Unos zapatos deportivos de lujo rojos y blancos adornados con el logo de Nike. “¿Tu crees que me voy a ir con estos?” y en seguida se contestó a sí mismo: “¡nada!, ni que estuviera loco; ahora me pongo unas chancletas cauchosol”.

Lo seguí hasta que entró a su casa que está justo al lado de la mía; sentí el adormecimiento de mis brazos sobre la reja; esa misma que nos había servido más de tendedero de ropa que de protección, porque en ese aspecto nos había resultado más útil vivir al lado de Wilbo que tener a un batallón a nuestro servicio. Hay veces en las que es mejor contar con un bandido inofensivo, cercano y noble que con la autoridad oficial, prepotente y distante; y mucho menos con una reja legendaria de metro y medio de alto de intrincados arabescos forjados.

Cuando salió lo vi con los mismos finos zapatos deportivos de lujo. Se detuvo en seco llevándose la mano a la frente. Me lanzó una mirada furtiva. Se acordó de las cauchosol. Se acordó de que no estaba loco. No consideró dar la reversa. Siguió su camino diciéndome desde el otro lado de la calle: “que va, si los compré fue pa’ ponérmelos”.