lunes, 22 de abril de 2013
Al Cuchilla
domingo, 17 de marzo de 2013
Mi padre: el hombre que le ganó al campeón mundial
Fue así como me vi, debajo de uno de los arcos de la torre del reloj público del centro de Cartagena, regateando con una vieja librera por cuatro folletos destartalados y piratas de Los Diálogos de Platón que narran los razonamientos de Sócrates. Cada uno costaba 2200 pesos y yo en el bolsillo sólo tenía 8 mil representados por un billete de 5 y un ejército de monedas.
El improbable argumento de la librera para no ceder en el precio era que los conservaba desde 1963. Pero justamente con ese mismo argumento yo me apoyaba para persuadirla de qué tanto podrían representar 800 pesos a la vuelta de 30 años de estar archivados en esos anaqueles de polvo. Después de regatear por una media hora finalmente me recibió los 8 mil pesos y ni se molestó en contarlos siquiera.
Crucé la avenida Venezuela y me senté en uno de los escaños del parque del centenario a hojear los tesoros recientemente adquiridos. El Banquete fue el primero de los diálogos que leí; sin embargo menos por el bullicio de la convocatoria de público que a viva voz hacían los comediantes criollos Cuchilla Geles y El Zorro que por el hostigamiento del sol de las 3 de la tarde, decidí refugiarme en las sombras del parque de Bolívar -en el centro amurallado- que era más propicio para mis introspecciones filosóficas de cartón.
Sólo se oían las ráfagas atropelladas de movimientos de fichas sobre el tablero en el vertiginoso ajedrez de a 5 minutos. Jaque, jaque, jaque. Y yo sonreía porque si me hubiera jugado esos 8 mil pesos al ajedrez con los pensionados eternos, seguro me hubieran despojado hasta el último peso, como era costumbre y además, como era costumbre también, les habría tocado regalarme lo del pasaje del bus para devolverme a mi casa. Esa vez fue distinto y me sentía henchido de orgullo por mi decisión de haber comprado los libros.
Al terminar La Apología de Sócrates, los pensionados eternos me invitaron a jugar. Decliné el ofrecimiento. Se rieron: especularon que tal vez ya había perdido la plata en algún otro lado; en el dominó tal vez. Y fue justo allí que caí en la cuenta de que esos 8 mil pesos que había pagado de buena gana en la torre del reloj era el único dinero que llevaba encima. No tenía con qué devolverme a mi casa. La gota fría de Emiliano empezó a bajar por mi columna vertebral. No tenía presentación volver donde la vieja librera después de haber regateado tanto. Me senté abatido, apoyé la cabeza contra las tablas de la banca y me perdí un momento entre ramas de árboles y nubes.
El plan B era ir hasta el paradero de buses cerca de la India Catalina y esperar a que alguno de los choferes me llevara gratis; el plan C era pedirle desvergonzadamente a un transeúnte cualquiera que me regalara lo del pasaje; el plan A era seguir esperando sentado hasta que me decidiera por alguno de los otros dos planes.
“Siempre me pueden encontrar en el camellón de los mártires después de las 3 de la tarde para lo que necesiten”, reaccioné al recordar aquellas palabras que Rodrigo Valdez, El Rocky, había pronunciado en una conferencia. Y yo estaba a unos metros del camellón de los mártires. El Rocky Valdez, dos veces campeón mundial de boxeo en los años 70, es un hombre apacible, vistoso y generoso que lo mismo regala almuerzos en el mercado de Bazurto, inaugura obras en la ciudad de la mano del alcalde o se queda a conversar largamente con quién quiera sentarse junto a él. Era de los míos, pues El Rocky había vivido en la misma calle del barrio Olaya que mi padre, cerca del centro de recreación para adultos fogosos, Sanssoucie, que yo atravesaba dos veces por semana para ir a visitar a mi abuela en la calle contigua.
Con algo de inseguridad por mi timidez crónica me dirigí entonces al camellón de los mártires, que está ubicado junto al muelle de los pegasos, caminando con paso deliberadamente lento y buscando ansioso en el piso algún billete o moneda que me salvara de la angustia. No encontré nada en todo el trayecto. A lo lejos vi al Rocky. Rodeado de sus amigos de siempre y gesticulando jabs de izquierda, rectos de derecha y ganchos al aire. Me acerque temeroso pero decidido. Antes de pronunciarlas calculé bien mis palabras para que no me dijera que no. Hay ocasiones en las que las palabras son lo único con lo que se cuenta y hay que escogerlas bien y pronunciarlas con el tono preciso. Y le dije: “Hey Rocky, compré estos libros y me quedé sin plata; regálame para coger un bus de Olaya”. Dejó de lanzar golpes al aire, suspendió la charla, el silencio se hizo y yo no tenía más palabras que esas.
Me preguntó incrédulo: “¿Compraste esos cuatro libritos y te quedaste sin plata para el bus?”. Yo asentí con la cabeza sin decir palabra alguna porque ya las había dicho todas. Antes de darme lo del pasaje me dijo con su voz atropellada de vocablos escasos: “a mí me sirvieron más estos puños que los hijueputas libros”. Sus contertulios y él rieron a carcajadas y yo había quedado como el tonto intelectual de cartón que compra libros y luego no tiene ni para el bus. Era completamente cierto lo que decía El Rocky, pero ese toque burlón típico del Cartagenero que sabe que lleva la ventaja, me había sembrado una espina de ira inmadura y adolescente. Cuando tuve los 1000 pesos en la mano, que fácilmente me alcanzaban para dos trayectos o más, y ya aliviado de toda angustia, entonces le riposté con un jab tímido: “Yo soy el hijo de Guido”. El Rocky esquivó el golpe con un leve movimiento de cintura: “¿Cuál Guido?”. Entonces fue cuando le mandé el recto de derecha: “Guido, el que te levantó a trompadas allá en Olaya lo mismo que al gordo Danilo”. Lo conecté en el arco superciliar. Y antes de que tuviera tiempo de reaccionar le tire el uppercut a la mandíbula: “con ese no te sirvieron los puños”. Aquella había sido una pelea que me contó mi abuela de cuando ambos, mi padre y El Rocky, aún eran muchachos; dónde ni el uno sabía que iba a ser campeón mundial ni el otro sabía que iba a ser mi padre.
El Rocky esbozó una sonrisa pícara dejando ver su nombre de combate grabado en letras de oro sobre sus dientes y me dijo en tono burlón: “Nojoda si lo sé, no te doy nada; de esa pelea no me acuerdo, no está en mi record”. y al final apuntó: “Dios lo tenga en su gloria; pegaba duro ese hijueputa”.
sábado, 23 de febrero de 2013
Un ovni en el litoral
Era ese el único día del año en que los niños son los dueños de la madrugada. Gruesas y paquidérmicas lágrimas de parafina verdes y rojas y azules descienden del ojo amarillo de las velas trasnochadas y gastadas de tanto arder y divertir. No sé si lengua ardiente diminuta o cíclope de brillo simplificado. No sé si copa que se contiene a sí misma: transmutando su tamaño, cada vez más disminuido, en su propio contenido que juguetea en el borde y que al final se derrama en gruesas y paquidérmicas lágrimas de parafina. Y así de nuevo, y así en un espeso ciclo de llanto cada vez más tenue, y así hasta agotar la materia prima que es su propia existencia, quedando resumidas, a la postre, en un coral de colores blandos y asimétricos. Un siete de diciembre de madrugada y de niños y de hileras de velas encendidas.
Unos, más osados, atraparon el brillo entre faroles, como encarcelando al sol para poderlo tocar, con la misma ilusión del que guarda el mar dentro de un caracol. Otros, por no tener la costumbre de jornadas de tan fresca brisa, para calentarse tomaron el chocolate que preparó María; un chocolate que no era chocolate sino maíz, pero que sabe igual: un triunfo de la alquimia culinaria del caribe. Otros, recogieron voraces los restos apagados de lo que horas antes habían sido mini novas verticales, con la intención de recrear, más tarde y fuera de la vista de los mayores, una miniatura de volcán echando dichos restos dentro de una tapa de gaseosa que, sostenida por los pilares marchitos de dos bengalas infantiles, se avivaba desde abajo con una llama sobreviviente; a ese ingenioso conjunto le llamaban el caldero del diablo; al final, un acertado escupitajo en el centro de la tapa de gaseosa desataba la revancha volcánica y desde el fondo de la tapa ascendía, de vuelta, una larga lengua de fuego que quemaba pestañas, espantaba sueños y anticipaba la aurora. Y algunos otros, acostando el cansancio bocarriba, nos quedamos mirando el firmamento.
Álvaro fue el primero que lo vio. Ya acostumbrados a su imaginación surrealista, no le creímos. Una estrella le sacó ventaja a las demás. Ya no era un punto insignificante dentro de un conglomerado majestuoso. El cometa Halley ya había pasado el año anterior mientras yo compraba un litro de leche que me había encargado mi madre, y me resulta curioso ahora que nuestra galaxia se llame precisamente la vía láctea. No era el Halley. Decúbito dorsal silente y ojos cada vez más abiertos por una estrella que se aproximaba justo a la calle nuestra, la última del barrio, justo sobre nosotros.
El progreso era lento, pero sin duda se estaba acercando. Porque a nuestros pueblos todo llegaba lento, incluso los fenómenos estelares. Emprendió una tosca trayectoria de primer boceto a mano alzada; de ahí sospechamos que no era una estrella. El grito de avión en la boca de Ana Milena fue silenciado por el susurro anónimo de que por aquí nunca antes había cruzado uno. El veredicto entonces lo dio su descubridor: un ovni. Aunque el resto de nosotros desconocía el significado de la palabra, nos pareció que ciertamente no se parecía a ninguna otra cosa que se haya visto antes; debía, entonces, ser un ovni.
Una vez que descendió hasta la altura de nuestro entendimiento, pudimos ver un cubo perfecto, de caras iluminadas de colores y que giraba sobre su propio eje, con parsimonia, como dando el tiempo para registrarlo bien en la memoria de un litoral típicamente amnésico. Así se sostuvo un momento, balanceándose en el aire, como canoa de pesca en el mar adentro, como cadera en la cumbia; pero un minuto después, en una marejada inesperada de brisa, se perdieron los controles, se ofuscaron las aristas, se desdibujaron los bordes; y entonces la decisión, imagino, fue la de descender del todo: en maniobra agresiva el cubo viró a estribor y cruzando en parábola descendente por el techo de las casas se nos perdió de vista aterrizando en el solar baldío detrás de las paredes de los patios.
Al llegar corriendo a la vuelta del solar, alcanzamos a ver, entre la candela, lo que quedaba de la nave: unas delgadas varillas de caña brava atadas con hilo rojo formando el esqueleto de un poliedro maltrecho y abrazándose a ellas unos jirones de papel silueta que buscaban evitar ser alcanzados por la llamas de un mechero malherido; los tripulantes ya habían huido. A nuestro ovni, los adultos le dieron el sorprendente nombre de cajón aerostático, y trataron de convencernos de que había sido fabricado por algún niño de algún barrio cercano. Hábil artesano o cubo galáctico. En esa discusión se fue lo que quedaba de la madrugada.
Cuando el sol se levantaba en luz, supe que ya no podría olvidar aquella madrugada de diciembre, porque cubo galáctico y cajón aerostático, en el recuerdo de una infancia feliz, vienen siendo la misma cosa.
domingo, 17 de febrero de 2013
Cada tercer sábado
lunes, 11 de febrero de 2013
Eruditos de cartón
martes, 15 de enero de 2013
La vez que la vida se detuvo. (Anécdotas de infancia)
viernes, 30 de noviembre de 2012
Wilbo
Al regresar en una noche fresca, como de aquellos tiempos anteriores, apoyé mis brazos sobre la verja fría cuyo ilusorio propósito inicial era el de defendernos de los ladrones y bandidos, y que al final sólo sirvió de tendedero de ropa recién lavada para secarse al sol.
Apoyé mis brazos esa noche sobre la verja en la misma forma en que lo había hecho 20 años atrás cuando la felicidad aún era descalza y sencilla como un pan de queso. Entonces lo vi cruzar caminando por el frente echándome una mirada rápida y extraviada, pero dos pasos más adelante se detuvo súbitamente y, en un giro repentino por un chispazo de viejas sinapsis escasas ya en su cabeza saturada de humo y sin pensarlo siquiera, disparó con su voz gastada y rasposa mi nombre en el diminutivo con el que me llaman aquellos que me conocen desde niño.
A él lo habían bautizado Teodoro, como su papá, pero nunca se llamó así. Dentro de sus muchos nombres destacan tres: el que su madre le puso en la cuna, “El Pololo”; el que le pusieron sus primeros amigos, “El Wilbo”; y el que adquirió con los malos pasos, “El Palmerita”. Según la hora del día y el estado de ánimo podía ser cualquiera de los 3. Los suyos aspiraban a que fuera siempre “El Pololo”, pero era un ser más sincero y colorido cuando era “Wilbo”, que es como más lo recuerdo.
Me ofreció la mano con el puño cerrado para que me conectara en un típico saludo caribe; me ofreció la mano derecha porque, según sus propios códigos, él no era ningún torcido para saludar con la zurda. Y es cierto, pues de todos los calificativos que le habían tirado encima, el que menos le encajaba era el de torcido porque, dentro de su propia ética flexible y que yo le acepto flexible, es el más recto de los bandidos que conozco.
Yo no estoy loco, me dijo antes de hacer el cálculo rápido de cuántos años tenía mi hija; se quedó corto en una unidad, pero me dijo que había nacido en Octubre. Me pareció increíble que acertara ese dato sin buscar adivinarlo. Cuando le dije que su cálculo era correcto se le iluminó en la boca una sonrisa coja de dos dientes ausentes y se llevó el índice derecho hasta la sien: “yo te dije, por aquí creen que estoy loco... que me hago el loco es otra cosa”. Me relató entonces la vez aquella, hace 22 años, en que nos caímos de mi bicicleta y me abrí una herida en la cabeza; se burló, rememorando, de la reacción de mi madre en esa ocasión; recordó la vez en que me pidió una gorra prestada y que luego le robaron en el barrio Olaya; me confesó, con una sonrisa de niño arrepentido, que en realidad se la había fumado, como si yo no lo hubiera sabido nunca; me dijo que le gustaba su baretica y que así vivía feliz, sin tantas pretensiones y que al fin y al cabo esa gorra le había servido más a él que a mí porque el anaranjado y el amarillo, juntos, son colores de champetúo. Nos reímos. Me reí. Lo evoqué con nostalgia, con esa nostalgia rancia y mezquina con que los hombres ausentes recuerdan.
Pudo haber sido un genio reconocido. Lo sé por su memoria prodigiosa y su ingenio agudo, pero eso no le interesaba; los grandes genios en realidad no tienen tiempo de vivir; y a Wilbo lo que le gusta es vivir, pero a su manera, tocando apenas el piso, atemporal, con sus diversas realidades particulares. Aprovechó la conversación que sosteníamos, como frecuenta hacer cada vez que me ve, para que yo le regalara para una botella de Coco Chévere, un aguardiente barato y residual, porque “ese es el que me gusta y tu sabes que yo no necesito de mucho”.
No soy nadie para negarle un litro de alegría a Wilbo. Antes de irse, feliz, me invita a que le mire los zapatos. Unos zapatos deportivos de lujo rojos y blancos adornados con el logo de Nike. “¿Tu crees que me voy a ir con estos?” y en seguida se contestó a sí mismo: “¡nada!, ni que estuviera loco; ahora me pongo unas chancletas cauchosol”.
Lo seguí hasta que entró a su casa que está justo al lado de la mía; sentí el adormecimiento de mis brazos sobre la reja; esa misma que nos había servido más de tendedero de ropa que de protección, porque en ese aspecto nos había resultado más útil vivir al lado de Wilbo que tener a un batallón a nuestro servicio. Hay veces en las que es mejor contar con un bandido inofensivo, cercano y noble que con la autoridad oficial, prepotente y distante; y mucho menos con una reja legendaria de metro y medio de alto de intrincados arabescos forjados.
Cuando salió lo vi con los mismos finos zapatos deportivos de lujo. Se detuvo en seco llevándose la mano a la frente. Me lanzó una mirada furtiva. Se acordó de las cauchosol. Se acordó de que no estaba loco. No consideró dar la reversa. Siguió su camino diciéndome desde el otro lado de la calle: “que va, si los compré fue pa’ ponérmelos”.