viernes, 10 de octubre de 2014

La soledad de Concha Buika

Desde este rincón oscuro veo a la negra espléndida que brilla descalza bajo los reflectores. Entró por el costado izquierdo; el mismo por el que saldrá, dentro de dos horas, cuando termine su presentación. En escena la acompañan tres músicos, pero ella es la única que permanece de pie. Antes de acercarse al micrófono bebe un trago pausado y luego deja el vaso desechable en una mesita al fondo del escenario. Cuando empieza la música el aplauso del público le despierta una sonrisa de niña pícara. Todos aclaman a Concha Buika, la cantante de voz desgarradora, pero nadie ve a María Concepción, la que en dos horas bajará del escenario y llegará al hotel sin que haya nadie que la espere.
Es tan potente el canto que desde aquí puedo escuchar su voz de dos maneras distintas y simultáneas: una, la que brota amplificada de los altavoces del teatro y, la otra, la que le nace del diafragma y llega nítida hasta mi butaca sin intermediarios electrónicos. Esta dualidad acústica permite ver el detalle de su mecánica involuntaria: al final de cada fraseo, que prolonga con una delicada sucesión de melismas flamencos, tiene que halar con fuerza el aire para llenar de nuevo sus pulmones. En ese breve instante casi imperceptible, el de su respiración, es que se hace vulnerable; pues, parece que mientras permanezca cantando nada malo puede ocurrirle a Concha Buika; pero cuando el aire se hace escaso en su sistema, revelando así su pequeña humanidad corruptible, es María Concepción la que sale por él.
Concha Buika es monumental; María Concepción, menuda. Cuesta creer que se ajusten al mismo vestido; que habiten la misma piel. La primera es vivaz y dueña de su público; la otra, tímida y melancólica. Y ha dicho durante toda la presentación, de forma velada, después de cada canción, con cada trago, que se siente sola; pero el auditorio, embriagado por sus canciones y su timbre, quizá sin entender, le celebra con júbilo estas sutiles pero crudas revelaciones como otro componente de su genio artístico. Y ella ─no sé cuál de las dos─ por toda respuesta les da otra sonrisa que, pienso yo, es más de resignación que de gratitud.
Su canto es una cinta de seda trenzada con hilo de cobre; su interpretación es fuerza demoledora en el escenario; pero, si cabe el oxímoron, tanto brillo la opaca. La entristece. La reduce a una máquina de despertar emociones ajenas. Porque piensa que no existe una persona que sea capaz de aguantar sus ausencias, esperándola todo el tiempo en casa, mientras ella reparte alegría por el mundo. Pero es lo que ha escogido, dice, y por eso vale la pena y se siente regocijada mientras tenga un público al frente.
Es natural entonces que luego de cantar por dos horas aún no quiera irse. El auditorio tampoco quiere que se vaya. Es el perfecto complemento que le da forma y razón a su vida. Ha dicho, en una frase bellísima, que «si fuimos nosotros quienes inventamos el tiempo, qué sentido tiene preocuparse ahora por lo que pase con los relojes». Entonces canta dos canciones más. Al terminar hace una venia, acepta los elogios, agita las dos manos para decir adiós, suelta la última sonrisa y, mientras se van apagando las luces, sale por el costado izquierdo. Cuando todos aclamaban a Concha Buika, la cantante de voz desgarradora, desde este rincón oscuro yo estuve observando el perfil que escribiré más tarde de María Concepción, la negra monumental y menuda que, tal vez, a la medianoche, estará a punto de meterse entre las sábanas frías de una cama solitaria.

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